La AIE prepara liberación récord: más de 182 millones de barriles

La AIE prepara liberación récord: más de 182 millones de barriles

La agencia coordina a sus países miembros para usar reservas estratégicas frente al cierre del Estrecho de Ormuz y la escalada bélica entre Estados Unidos, Israel e Irán.

Más de 182 millones de barriles de crudo podrían salir de los depósitos de emergencia de las grandes economías en los próximos días. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha planteado a sus 32 países miembros la mayor liberación de reservas de su historia para frenar una escalada de precios alimentada por la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán y por el casi cierre del Estrecho de Ormuz, principal cuello de botella del petróleo mundial.

La propuesta, adelantada por el Wall Street Journal, supera el volumen liberado en 2022 tras la invasión rusa de Ucrania y llega en un momento en que el Brent ha llegado a superar los 115-120 dólares por barril antes de moderarse de nuevo por debajo de los 90 dólares tras conocerse los planes de intervención coordinada.

La votación se celebrará este miércoles y requiere unanimidad. En juego no solo está el precio de la gasolina o el gasóleo en las próximas semanas, sino la capacidad de las economías avanzadas para demostrar que aún controlan las palancas de la seguridad energética en plena tormenta geopolítica.

Un shock de oferta sin precedentes

Lo que la AIE tiene sobre la mesa no es una operación rutinaria. Desde finales de febrero, el conflicto con Irán ha provocado el mayor shock de oferta de crudo en décadas, con estimaciones de entre 15 y 20 millones de barriles diarios bloqueados o redirigidos por la interrupción del tráfico en el Estrecho de Ormuz y los recortes anunciados por varios productores del Golfo.

En apenas unos días, las cotizaciones del petróleo han llegado a dispararse cerca de un 30 %, llevando el Brent por encima de los 120 dólares antes de que los anuncios de una posible liberación de reservas devolvieran algo de calma a los mercados. La volatilidad es extrema: los traders descuentan a la vez un escenario de guerra larga con rutas marítimas cerradas y otro de conflicto corto con un acuerdo político improvisado.

Para la AIE, el diagnóstico es inequívoco: el shock actual combina disrupción física de suministros, riesgo de escalada militar en una zona clave y un nivel de reservas comerciales en manos de las petroleras mucho más ajustado que en 2022. De ahí que el organismo haya pasado en cuestión de días de afirmar que no veía necesario usar los stocks, a impulsar ahora la mayor operación de liberación coordinada jamás diseñada.

El Estrecho de Ormuz, cuello de botella del 20% del crudo

Detrás de la urgencia está un punto concreto del mapa: el Estrecho de Ormuz. Entre Irán y Omán, un canal de apenas 33 kilómetros de ancho concentra el paso de alrededor del 20 % del petróleo que se comercia por mar en el mundo, unos 20 millones de barriles diarios de crudo y condensados, además de volúmenes clave de gas natural licuado.

Las hostilidades han reducido prácticamente a cero el tránsito de grandes petroleros por la zona. Decenas de buques permanecen fondeados a la espera de instrucciones, y las principales navieras han suspendido sus operaciones. Los productores intentan desviar parte de su flujo por oleoductos hacia el mar Rojo o el Mediterráneo, pero no existe capacidad alternativa suficiente para compensar completamente el cierre del estrecho.

“Es el peor escenario posible para el mercado: un cuello de botella físico que no se puede sustituir con facilidad y que deja fuera de juego a varios de los grandes exportadores del planeta”, resume un gestor de materias primas de una gran gestora europea. La consecuencia es inmediata: cualquier rumor sobre ataques o negociaciones se traslada al minuto a las pantallas de precios y a las expectativas de inflación a corto plazo.

La estrategia de reservas: 1.800 millones de barriles en juego

Frente a este shock, la AIE recurre a su herramienta más potente: las reservas estratégicas de petróleo. Los países miembros acumulan alrededor de 1.200 millones de barriles en depósitos públicos y unos 600 millones adicionales en stocks comerciales obligatorios, que pueden movilizarse en caso de emergencia bajo coordinación del organismo con sede en París.

La propuesta actual implica liberar un volumen superior a los 182 millones de barriles que se pusieron en el mercado en 2022, cuando la invasión rusa de Ucrania disparó los precios energéticos. Entonces, las dos decisiones coordinadas de marzo y abril supusieron la mayor operación de la historia de la AIE. Ahora, el listón se vuelve a subir.

Sin embargo, no se trata de abrir el grifo sin límites. Las experiencias previas muestran que la capacidad de inyectar crudo desde reservas tiene topes logísticos importantes: en episodios anteriores, el ritmo máximo de liberación apenas ha superado los 1,2 millones de barriles diarios de forma sostenida, muy por debajo de la pérdida potencial que implicaría un cierre prolongado de Ormuz.

Por eso, más que sustituir totalmente la oferta perdida, la AIE aspira a dar tiempo al mercado: suavizar la subida de precios en las próximas semanas mientras se estabiliza la situación militar y se reabren las rutas marítimas.

Lecciones del precedente de 2022 y de la Guerra del Golfo

La jugada de la AIE se apoya en la experiencia de 2022, cuando la liberación de reservas coincidió con otras medidas —como los topes al gas en Europa o los descuentos fiscales a los carburantes— para frenar una escalada inflacionaria que amenazaba con desbordar a los bancos centrales. Entonces, la combinación de estos instrumentos ayudó a contener el Brent por debajo de los 130 dólares y a evitar un escenario de racionamiento generalizado en Europa.

Más atrás en el tiempo, el precedente de la Guerra del Golfo de 1991 ya demostró que las liberaciones coordinadas pueden tener un efecto psicológico decisivo sobre los mercados: la sola señal de que los grandes consumidores están dispuestos a usar su “seguro” reduce las apuestas alcistas más agresivas. Hoy la situación es distinta —la demanda es más diversificada y las energías renovables pesan más—, pero el patrón se mantiene: la política energética sigue teniendo un componente de guerra de nervios.

La diferencia clave es que, a diferencia de 2022, el shock actual no se limita a un país exportador concreto, sino que afecta al chokepoint por el que pasa buena parte del crudo de Arabia Saudí, Irak, Emiratos o Qatar. La sensación de vulnerabilidad es mayor, y el margen de error, menor.

Inflación, tipos de interés y riesgo de recesión energética

En el plano macroeconómico, cada movimiento del barril se traduce en décimas de inflación. Diversos servicios de estudios estiman que un petróleo estabilizado en torno a 110 dólares durante varios meses podría sumar entre 0,5 y 0,7 puntos porcentuales a la inflación de la zona euro y algo más a la de Estados Unidos, donde los combustibles pesan más en la cesta del IPC.

Después de dos años de lucha contra la subida de precios, bancos centrales como el BCE o la Reserva Federal se enfrentan a un escenario incómodo: si el shock se percibe como temporal, la tentación será “mirar a través” y no volver a subir tipos; si se enquista, la presión política por nuevas alzas será inmediata. La línea que separa ambos escenarios depende, en buena medida, de la eficacia de la operación de la AIE y de la duración del conflicto en Irán.

Para las economías emergentes importadoras netas de energía, el golpe puede ser aún más duro. Muchas salieron de la crisis energética de 2022 con niveles de deuda elevados y monedas debilitadas; un nuevo episodio de petróleo caro podría obligarlas a elegir entre subsidiar combustibles —con impacto fiscal— o dejar que los precios se trasladen a una población ya golpeada por la inflación de los últimos años.