Asia se hunde: el Nikkei se desploma un 7%

El shock de petróleo por la guerra en Oriente Medio desata una ola vendedora en las bolsas asiáticas y alimenta el miedo a una nueva estanflación global.

Asia se hunde: el Nikkei se desploma un 7%
Asia se hunde: el Nikkei se desploma un 7%

La semana ha arrancado con modo pánico en los mercados asiáticos. El índice Nikkei 225 se hundía alrededor de un 7% en Tokio, arrastrado por un desplome sincronizado en toda la región: el Kospi surcoreano cedía más de un 7%, el S&P/ASX 200 australiano cerca de un 4% y el Hang Seng de Hong Kong en torno al 3%. En China continental, el Shanghai Composite caía alrededor de un 1,5% y el Shenzhen casi un 3%. Al mismo tiempo, el dólar se apreciaba un 0,5% frente al yen, hasta la zona de ¥158,7 por dólar, uno de los niveles más débiles para la divisa japonesa en décadas. Detrás de este movimiento no está un simple ajuste técnico, sino un doble shock: guerra abierta en Oriente Medio, petróleo disparado por encima de los 110 dólares y un nuevo repunte de la inflación en China que complica aún más el tablero. 

Nikkei 225

Un arranque de semana en modo pánico

La sesión asiática de este lunes ha funcionado como una llamada de atención brutal para los inversores globales. En Japón, el Nikkei 225 llegó a caer en torno al 7%, borrando en horas buena parte de las ganancias acumuladas en los últimos meses y situándose de nuevo por debajo de los 52.000 puntos. Corea del Sur, todavía más expuesta al ciclo tecnológico y a la energía importada, veía cómo el Kospi se desplomaba más de un 7%, en línea con los descensos que ya provocaron la activación de cortocircuitos de negociación (circuit breakers) días atrás.

ndice Korea Composite Stock Price

Australia, tradicional barómetro del ciclo global, no escapaba a la presión: el S&P/ASX 200 cedía cerca de un 4%, con las ventas concentradas en bancos, tecnología y consumo, mientras solo el sector energético resistía gracias al repunte del crudo. En Hong Kong, el Hang Seng retrocedía cerca de un 3%, lastrado por la banca, inmobiliarias altamente endeudadas y los grandes valores tecnológicos chinos; en la China continental, las caídas se repartían entre un -1,5% en Shanghái y casi un -3% en Shenzhen.

Índice S&P/ASX 200

No se trata de un episodio aislado. Desde finales de la semana pasada, la volatilidad ha aumentado de forma casi exponencial a medida que la guerra en Oriente Medio se ha intensificado y los precios del petróleo han roto niveles psicológicos clave. Este hecho revela que el mercado ya no descuenta un shock transitorio, sino un riesgo real de cambio de régimen macroeconómico, con crecimiento a la baja e inflación al alza.

El petróleo desbocado reaviva el fantasma de la estanflación

Detrás del giro violento de las bolsas está el nuevo salto del crudo. El barril de Brent ha llegado a superar los 114-116 dólares, con el West Texas acercándose a los 110 dólares, marcando sus niveles más altos en casi catorce años. El detonante inmediato ha sido el cierre de facto del estrecho de Ormuz por parte de Irán, paso por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial y cuya interrupción ha disparado las primas de riesgo sobre el transporte marítimo y el aseguramiento de cargamentos.

El resultado es un shock de oferta clásico: menos crudo disponible y más caro, justo cuando muchas economías aún no han digerido el encarecimiento energético de los últimos años. La consecuencia es clara: la estanflación vuelve al centro del debate, con el riesgo de combinar crecimiento débil con inflación persistentemente alta. Cada tramo adicional de 10 dólares en el precio del Brent se traduce, según múltiples estimaciones, en varias décimas adicionales de inflación para las economías importadoras y en un golpe directo a los márgenes empresariales.

Para Europa y, por extensión, para España, el encarecimiento del crudo llega en el peor momento: con el BCE aún sin margen claro para bajar tipos, con la deuda pública en máximos históricos y con un tejido empresarial que todavía arrastra el impacto de los últimos ciclos de subida de tipos. Lo más grave es que el mercado empieza a descontar que los bancos centrales tendrán que tolerar más inflación durante más tiempo, prolongando un entorno de tipos reales elevados que presiona tanto a la deuda como a la renta variable.

Japón y Corea, las grandes víctimas del shock energético

Si hay una región especialmente vulnerable al shock actual, es Asia desarrollada. Japón importa cerca del 90% de su petróleo desde Oriente Medio, mientras que el conjunto de Asia depende de la región para entre el 60% y el 90% de su suministro de crudo, según varios análisis recientes. El diagnóstico es inequívoco: cada dólar adicional de petróleo es un coste directo para sus balanzas comerciales.

Japón acaba de registrar un déficit comercial en enero de unos 1,15 billones de yenes, el primero en tres meses, echando por tierra la breve racha de superávits impulsados por las exportaciones. Con el yen en mínimos de varias décadas y la factura energética disparada, el país encadena una combinación explosiva: importaciones más caras, menor poder adquisitivo interno y creciente incomodidad política ante la debilidad de la divisa.

Corea del Sur se encuentra en una posición similar. La caída de más del 7% del Kospi refleja no solo el miedo inmediato a la recesión, sino también la presión sobre sectores clave como la tecnología –altamente dependiente de insumos energéticos y químicos– y la automoción.

Un gestor de renta variable asiática resume así la situación: «Estamos viendo en días lo que normalmente tardaría meses en descontarse: el mercado está recalibrando, de golpe, el precio de la energía y el coste del capital para toda la región». El contraste con otras etapas de volatilidad resulta demoledor: esta vez, el shock llega con tipos aún elevados y mucha menos munición fiscal disponible.

La nueva señal desde China: inflación al alza y dudas de crecimiento

A la tensión geopolítica se suma un mensaje inquietante desde Pekín. La inflación en China ha vuelto a terreno claramente positivo, con un CPI que sube alrededor del 1,3% interanual en febrero, su ritmo más rápido en más de tres años, impulsado por el encarecimiento de la energía y el tirón del consumo asociado al Año Nuevo Lunar. Este giro confirma que el país sale poco a poco de la fase de deflación, pero lo hace justo cuando el shock del petróleo amenaza con erosionar el poder adquisitivo de los hogares.

Al mismo tiempo, los indicadores de actividad manufacturera muestran señales de fragilidad. Los últimos datos de PMI apuntan a una contracción de la industria oficial por segundo mes consecutivo, mientras los sondeos privados sugieren un crecimiento mucho más desigual, muy apoyado en las exportaciones y en sectores de alta tecnología.

Este contraste entre inflación al alza y crecimiento titubeante alimenta el temor a que la segunda economía del mundo entre en una fase de expansión más lenta y volátil. Para los mercados, el mensaje es doblemente preocupante: China no solo será menos capaz de actuar como motor de la demanda global, sino que además exportará inflación a través de los precios de sus productos y de su demanda de energía y materias primas.

El yen se hunde y el dólar vuelve a ser refugio

En un contexto de shock energético y guerra abierta en Oriente Medio, resultaría lógico esperar que el yen japonés actuase como refugio clásico. Sin embargo, está ocurriendo justo lo contrario. El dólar se revalorizaba alrededor de un 0,5% frente al yen, hasta la zona de ¥158,7, muy cerca de los niveles que en 2024 ya obligaron a Tokio a intervenir verbalmente y, en ocasiones, directamente en el mercado de divisas.

La razón es clara: mientras la Reserva Federal mantiene tipos elevados, el Banco de Japón apenas ha comenzado a abandonar su política de tipos negativos y control de la curva. La divergencia de políticas monetarias convierte al yen en la divisa ideal para las operaciones de carry trade, en las que los inversores se endeudan barato en yenes para comprar activos en dólares. En un entorno de volatilidad extrema, la amenaza es que un giro brusco del yen provoque un deshacer forzado de estas posiciones, amplificando las caídas en renta variable a escala global.

El fortalecimiento del dólar frente a la mayoría de divisas asiáticas añade otra capa de estrés: la deuda denominada en dólares emitida por empresas de la región se encarece, y los países con mayores necesidades de financiación externa se ven obligados a pagar primas de riesgo más altas. Para los inversores europeos, este movimiento implica, además, un riesgo de tipo de cambio adicional en carteras con fuerte exposición a Asia.

El impacto para Europa y España: energía más cara, bolsas en tensión

Aunque el epicentro del terremoto está en Asia, Europa no queda al margen. El nuevo shock del petróleo llega cuando el IPC de la zona euro apenas comenzaba a moderarse tras el pico inflacionista de 2022-2023. Un Brent estabilizado en el entorno de 115 dólares podría añadir varias décimas de inflación en los próximos meses, retrasando las bajadas de tipos que el mercado esperaba del BCE para 2026.

Para España, gran importador neto de energía, el impacto se verá primero en los carburantes y, con algo de retraso, en la factura eléctrica y en los costes logísticos de empresas de transporte, distribución y turismo. Sectores como aerolíneas, cadenas hoteleras, química y papel suelen ser los primeros en sufrir, mientras que compañías ligadas a renovables o a infraestructuras de red pueden verse como refugios parciales.

En bolsa, el escenario más verosímil es una apertura claramente bajista en los índices europeos, con el Ibex 35 penalizado por la exposición a Latinoamérica –también importadora de energía– y por la sensibilidad de la banca a los movimientos bruscos en el coste de financiación soberana. Sin embargo, hay un matiz importante: a diferencia de otras crisis, los balances corporativos llegan hoy más saneados y la regulación bancaria más estricta reduce el riesgo de un episodio sistémico inmediato.

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