El Banco de Inglaterra frena nuevas bajadas y mantiene el 3,75%
La decisión se tomó por un margen mínimo y envía un mensaje nítido a los mercados: todavía no ha llegado la hora de relajar de verdad el coste del dinero. El Banco de Inglaterra ha decidido mantener el tipo de referencia en el 3,75%, con una mayoría de cinco miembros frente a cuatro que pedían otro recorte de 25 puntos básicos, hasta el 3,5%. La votación, extraordinariamente dividida, se produce con una inflación aún en torno al 3,4%, pero con previsiones casi unánimes de un descenso rápido hacia el objetivo del 2% a partir de la primavera.
Un giro más dovish en la City
La decisión de mantener el tipo en el 3,75% llega tras una bajada en diciembre desde el 4%, que a su vez culminaba un ciclo de recortes iniciado después del techo del 5,25% alcanzado en 2023. En apenas año y medio, el precio del dinero en el Reino Unido se ha reducido en 150 puntos básicos, un giro notable desde el shock inflacionista posterior a la pandemia y a la crisis energética.
Lo relevante ahora no es sólo el nivel del tipo, sino el tono del mensaje. El propio Bailey ha deslizado que ve “margen para una mayor relajación” de la política monetaria a medida que se consolida la desinflación. Dicho de otro modo: el Banco reconoce que la fase más dura de la lucha contra la inflación ha quedado atrás. Pero se resiste a firmar una senda rápida de recortes para evitar reavivar presiones de precios o alimentar burbujas de activos.
Este matiz explica la etiqueta de “dovish, pero no tanto como esperaba el mercado” que varios analistas han colocado a la decisión. La institución busca un delicado equilibrio: ofrecer visibilidad a hogares y empresas, sin comprometer de antemano un calendario de recortes que pueda volverse en su contra si los datos sorprenden al alza.
Un voto dividido que inquieta a los mercados
Si algo ha sorprendido a los inversores ha sido el apretado 5-4 de la votación. Cinco miembros del Comité —entre ellos Bailey y las economistas Megan Greene, Clare Lombardelli, Catherine Mann y Huw Pill— defendieron mantener el 3,75%. Los otros cuatro, encabezados por Sarah Breeden, Swati Dhingra, Dave Ramsden y Alan Taylor, apostaron por rebajar ya el tipo al 3,5%.
Este hecho revela una división de diagnóstico sobre el grado de restricción actual de la política monetaria. Para la mayoría, el tipo real —descontando la inflación esperada— sigue siendo suficientemente contractivo como para empujar la inflación hacia el 2% sin necesidad de más estímulos. Para la minoría, en cambio, mantener el freno demasiado tiempo puede agravar un crecimiento que ya se mueve en el filo de la recesión técnica.
Los mercados suelen recelar de estos equilibrios tan ajustados. Una mayoría sólida ofrece una señal clara sobre el rumbo del banco central. Un 5-4, en cambio, abre la puerta a giros relativamente rápidos si unos pocos datos adicionales inclinan a uno o dos miembros. En la práctica, eleva la sensibilidad de la curva de tipos y del tipo de cambio a cada nuevo dato de inflación o de salarios que se publique en los próximos meses.
Inflación a las puertas del 2%: el argumento central
El principal argumento de los partidarios del recorte inmediato es aritmético: la inflación está cayendo y lo seguirá haciendo por factores en gran parte mecánicos. Tras situarse en torno al 3,4%, varios servicios de análisis —desde ING a Capital Economics— prevén que el IPC británico se acerque o incluso baje puntualmente del 2% en abril, apoyado en la rebaja de tarifas reguladas y en bases comparativas muy favorables.
Si esa foto se confirma, el tipo real podría rozar el 1,5% positivo, un nivel que muchos economistas consideran claramente contractivo para una economía de bajo crecimiento. La minoría del Comité ha querido adelantarse a ese escenario, evitando que la política monetaria llegue a ser innecesariamente restrictiva sólo por inercia.
La mayoría, sin embargo, mira más allá de los próximos meses. Su preocupación se centra en la persistencia subyacente: qué ocurre con los precios de servicios y con las expectativas de inflación a medio plazo una vez se agote el efecto de la energía y de los ajustes regulados. El diagnóstico es inequívoco: antes de dar por ganada la batalla, el Banco quiere ver varios trimestres con inflación en torno al objetivo sin sobresaltos.
Crecimiento anémico y salarios en desaceleración
Todo este debate se produce sobre un fondo macroeconómico frágil. El último ejercicio cerró con una caída marginal del PIB y las previsiones para 2026 apuntan a un crecimiento en torno al 0,9%, según el informe de invierno de EY, que rebaja además la proyección de inversión empresarial a terreno ligeramente negativo (-0,2%).
En el mercado laboral los síntomas de enfriamiento son claros, aunque no dramáticos. El desempleo ronda el 5,1%, ligeramente por encima de los mínimos de la década, mientras que el crecimiento salarial privado se modera desde el 4% hacia el entorno del 3,3%-3,4% anual. El propio Banco ha señalado que una tasa de incremento de sueldos de en torno al 3,25% es compatible con el objetivo de inflación del 2%.
Este cuadro respalda el argumento de quienes reclaman una normalización más rápida de los tipos. “Si esperamos a que los daños en actividad y empleo sean evidentes, llegaremos tarde”, es la crítica recurrente de los economistas más dovish. Sin embargo, la experiencia de 2021-2022, cuando la inflación se disparó mucho más de lo previsto, pesa todavía en la memoria del Comité y actúa como freno ante cualquier movimiento que pueda interpretarse como precipitado.
Impacto inmediato en la libra, la deuda y la Bolsa
La reacción de los mercados ha sido tan rápida como elocuente. La libra esterlina se ha depreciado alrededor de un 0,7% frente al dólar tras conocerse la votación y el tono del comunicado, hasta niveles no vistos desde finales de enero. El mensaje que lee el mercado es un giro más dovish de lo esperado, aun con el tipo sin cambios.
En la deuda pública, los rendimientos de los gilt a dos y cinco años han retrocedido unos pocos puntos básicos, reflejando una menor prima por riesgo de tipos altos prolongados. La parte larga de la curva, sin embargo, apenas se ha movido: los inversores descuentan que el tipo neutral de la economía británica se sitúa ya en torno al 3%, lo que limita el recorrido de los recortes sin volver a encender las brasas inflacionistas.
En Bolsa, el efecto ha sido mixto. Las entidades financieras han cedido terreno, penalizadas por la perspectiva de márgenes de intermediación algo más estrechos, mientras que los valores intensivos en financiación —como inmobiliarias y utilities— han recibido con alivio el mensaje de que el siguiente movimiento seguirá siendo a la baja, no al alza.
Qué significa para hipotecas, empresas y familias
Para los hogares británicos, la decisión no implica un cambio inmediato en la cuota de la hipoteca, pero sí consolida una tendencia. Los nuevos préstamos a tipo fijo a dos y cinco años se están cerrando ya por debajo del 4%, frente a niveles del 6% que se llegaron a ver tras el mini-presupuesto de 2022. El mantenimiento del tipo oficial refuerza la competencia entre bancos y da algo más de visibilidad a quienes deben refinanciar deuda este año.
Las empresas, especialmente las pymes, respiran aliviadas ante la ausencia de sorpresas. El verdadero alivio llegará cuando el tipo oficial descienda de forma sostenida hacia la zona del 3%-3,25%, pero la señal de que el Banco no contempla nuevas subidas reduce la incertidumbre a la hora de planificar inversiones y plantillas.
No obstante, el coste acumulado del ciclo restrictivo es notable. Tras casi tres años con tipos muy por encima de la media de la década anterior, muchas compañías de baja rentabilidad han agotado su colchón financiero. El riesgo es que, si la demanda interna no repunta al ritmo esperado una vez caiga la inflación, la economía británica se enfrente a un periodo prolongado de crecimiento débil con tipos todavía relativamente altos.
El contraste con el BCE y la Fed
El movimiento del Banco de Inglaterra se analiza inevitablemente en comparación con otros grandes bancos centrales. El Banco Central Europeo mantiene sus tipos en el 3,75% de la facilidad de depósito, también con un discurso de paciencia y dependencia de los datos, mientras que la Reserva Federal estadounidense ha optado por pausar las bajadas tras el fuerte ciclo de recortes de 2024.
En este contexto, la institución británica se sitúa en una posición intermedia: ha empezado antes el ciclo de bajadas que el BCE, pero muestra más cautela que la Fed a la hora de enviar señales contundentes al mercado. El contraste resulta demoledor si se mira el margen de maniobra fiscal: Londres no dispone del colchón presupuestario de Washington ni del paraguas institucional del euro, lo que refuerza el papel de la política monetaria como principal ancla de credibilidad.
Para España y el resto de la eurozona, el caso británico ofrece una lección evidente: salir del episodio inflacionista será más lento y complejo de lo que muchos anticipaban. Los bancos centrales prefieren pecar de prudencia antes que reabrir la caja de Pandora de una inflación descontrolada.