El Banco Mundial rebaja el crecimiento global al 2,5% en 2026
La guerra en Oriente Próximo y el shock energético reordenan las previsiones: el escenario adverso lleva el mundo al 1,3% y al Brent en 94 dólares.
La economía mundial se encamina a un 2,5% de crecimiento en 2026, el registro más bajo desde la pandemia.
El Banco Mundial recorta en una décima su previsión frente a enero y admite que el conflicto en Oriente Próximo ya ha entrado en la contabilidad macro: más inflación, más costes de financiación y menos margen político.
El rebote de 2027 existe —2,8%—, pero llega con una cicatriz estructural: la década se está cerrando con convergencia bloqueada para buena parte del mundo en desarrollo.
La advertencia, además, no es retórica: si el shock energético se prolonga y se mezcla con estrés financiero, el crecimiento podría desplomarse.
La consecuencia es clara: el “aterrizaje suave” global depende ahora de un estrecho.
Un mundo clavado en el 2,5%
Que el Banco Mundial hable de “mínimo post-Covid” no es un titular para consumo interno: es un diagnóstico sobre la pérdida de tracción del ciclo global. El salto desde 2,9% en 2025 a 2,5% en 2026 no parece dramático en la superficie, pero sí lo es en un contexto de deuda elevada y tipos todavía restrictivos. La propia institución reconoce que dos tercios de las economías han sido revisadas a la baja desde enero, un patrón de degradación sincronizada que suele anticipar recortes de inversión y un endurecimiento del crédito.
Lo más relevante es la comparación histórica: incluso con la mejora prevista hasta 2,8% en 2027, el crecimiento seguirá 0,4 puntos por debajo de la media de los años 2010. En ese diferencial se esconde la erosión de productividad, el coste de la fragmentación geopolítica y el retorno de la energía como variable de primer orden.
El estrecho de Ormuz como variable macro
El conflicto ha puesto nombre y apellidos al riesgo: el cierre del Estrecho de Ormuz. Para el Banco Mundial, la disrupción ya ha desordenado el mercado energético y amenaza con trasladarse a toda la cadena de precios. El Brent promediaría 94 dólares/barril en 2026, un 36% más que en 2025, asumiendo que lo peor se disipe en verano.
A partir de ahí, el contagio es automático. Fertilizantes al alza, alimentos más caros y una inflación global que repunta hasta el 4,0% frente al 3,3% de 2025. “Si las interrupciones del suministro energético resultan más graves de lo previsto y van acompañadas de un estrés financiero sustancial, el crecimiento mundial podría caer hasta el 1,3% en 2026”, avisa el informe.
El riesgo no es sólo el precio, sino la volatilidad: cuando la energía se convierte en shock, la política monetaria se queda sin brújula.
Europa, importadora neta y sin colchón
La Eurozona aparece como el eslabón débil del tablero. El Banco Mundial sitúa su crecimiento de 2026 en apenas 0,8%, por debajo de lo que estimaba en enero, en un entorno en el que el encarecimiento energético se combina con financiación más cara y consumo contenido. En términos prácticos, significa menos margen para absorber un nuevo golpe de costes sin trasladarlo a competitividad o empleo.
Este hecho revela una vieja asimetría: Europa paga la energía dos veces, en la factura y en la política. Con industrias intensivas en energía aún adaptándose y cadenas logísticas sensibles a disrupciones, cualquier prolongación del conflicto multiplica el impacto. Además, el rebrote inflacionario global obliga a mantener una prudencia monetaria que enfría la demanda justo cuando el continente necesita inversión.
El contraste con Estados Unidos resulta demoledor: ser importador neto vuelve a ser un problema macro, no una nota a pie de página.
Estados Unidos aguanta, pero no inmuniza
Washington resiste mejor en el papel. El Banco Mundial mantiene para Estados Unidos un 2,2% de crecimiento en 2026, apoyado en su condición de gran productor energético y en la inversión asociada a la IA. Esa mezcla aporta estabilidad cuando el resto del mundo se recalienta por el petróleo: menos dependencia exterior y más capacidad de absorber subidas de precios sin colapso inmediato del saldo exterior.
Pero la resiliencia no equivale a inmunidad. Con la inflación mundial repuntando y los costes de financiación escalando, la economía estadounidense se enfrenta al dilema de siempre: sostener el ritmo sin reavivar presiones internas de precios. Además, si el escenario adverso se materializa —crecimiento global al 1,3%—, la demanda externa se enfría y la aversión al riesgo se contagia al crédito.
La IA puede sostener márgenes y productividad. No puede, por sí sola, abrir rutas marítimas.
China desacelera y el mundo lo nota
China también pierde velocidad. El Banco Mundial recorta su previsión de 2026 al 4,2%, una señal de que el motor asiático entra en una fase menos exuberante justo cuando el ciclo global necesita tracción. El ajuste importa por dos vías: por el comercio —menos demanda de bienes intermedios— y por las materias primas, donde una China más lenta suele amplificar la volatilidad de precios.
El informe sugiere que parte del golpe queda amortiguado por reservas estratégicas, mayor peso de renovables y una inflación doméstica más contenida, pero el rumbo es inequívoco: el “rebote fácil” se agota. Para Europa, además, implica un doble freno: menos demanda externa y más competencia en precios si el gigante asiático busca exportar crecimiento.
Cuando China baja una marcha, el mundo no se detiene. Pero sí recalcula su punto de equilibrio.
Deuda, costes de financiación y la década que se pierde
El gran daño colateral recae en los emergentes. El Banco Mundial prevé que el crecimiento de las economías en desarrollo caiga a 3,6% este año, mínimo pospandemia, antes de recuperar algo de pulso. El problema es el suelo: con deuda más alta y financiación más cara, el ajuste se convierte en un círculo vicioso.
El organismo pone cifras a esa fragilidad: la deuda pública agregada en economías en desarrollo ha pasado de menos del 40% del PIB en 2010 a más del 70% hoy. En ese contexto, cualquier shock se traduce en prima de riesgo y recorte de inversión productiva. Por eso el Banco Mundial dice estar listo para movilizar hasta 100.000 millones de dólares en 15 meses para países afectados.
El diagnóstico es incómodo: hacia 2028, muchos países —excluidas China e India— habrán acumulado “casi una década” sin avanzar en convergencia de renta.