Bitcoin y metales preciosos bajo la lupa: Iturralde desmonta mitos y analiza la reciente volatilidad
Alberto Iturralde, responsable de Operativa DAX, explica en Negocios TV por qué la reciente caída de Bitcoin y las criptomonedas refleja su naturaleza especulativa, mientras que la corrección en oro y plata responde a un sobrecalentamiento del mercado. Además, revela cómo el miedo puede ser una señal positiva para los inversores.
En medio de un escenario financiero sacudido por movimientos bruscos e inesperados, Alberto Iturralde, responsable de Operativa DAX en Negocios TV, pone cifras y contexto a las últimas caídas en oro, plata y, sobre todo, Bitcoin. En el último fin de semana, la principal criptomoneda llegó a perder en torno a un 15%-20% en cuestión de horas, arrastrando al resto del universo cripto y borrando de un plumazo decenas de miles de millones de capitalización.
Para Iturralde, estas sacudidas no son un accidente aislado, sino la consecuencia lógica de un mercado construido sobre una promesa que nunca llegó a materializarse: la de una “nueva moneda” llamada a sustituir al sistema financiero tradicional. Frente a esa narrativa, el analista contrapone el comportamiento de los metales preciosos, que también han corregido —tras un rally cercano al 200% en apenas dos años—, pero conservan un rol estructural en las carteras de bancos centrales e inversores institucionales, ¿estamos ante una caída puntual o ante un recordatorio de que el miedo y la especulación siguen moviendo los mercados mucho más que la tecnología o los discursos políticos?
La caída que desnuda al Bitcoin
Iturralde es tajante: Bitcoin y el resto de las criptomonedas no tienen hoy una utilidad real equiparable a la de una moneda o un activo financiero maduro. Su único motor, sostiene, es la expectativa de que otro comprador pagará más caro en el futuro. La última sacudida del mercado cripto refuerza, a su juicio, esta lectura.
Durante el fin de semana, el desplome de la principal criptomoneda se produjo sin un detonante macro claro, sin anuncios regulatorios y sin una crisis bancaria de fondo. Lo que sí hubo fue la activación en cadena de órdenes apalancadas, liquidaciones forzosas y ventas masivas en las principales plataformas, un patrón que ya se ha visto en otras ocasiones. En pocas horas, volúmenes diarios superiores a los 80.000 millones de dólares cambiaron de manos.
Para el analista, el episodio funciona como radiografía de un ecosistema donde la liquidez es abundante cuando los precios suben y desaparece en cuanto se rompe la inercia alcista. «Esto no es un sistema monetario alternativo, es una máquina de trasladar dinero del pequeño inversor hacia quien entra y sale a tiempo», viene a decir.
La especulación como único argumento de fondo
El discurso oficial que acompañó al auge del Bitcoin —reforzado tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y su retórica contra los bancos centrales— vendió la criptomoneda como refugio frente a la inflación, escudo frente a la “impresión de dinero” y alternativa a un sistema “corrupto”. Iturralde desmonta esa narrativa con un dato: en los últimos cinco años, el precio de Bitcoin ha alternado subidas del 300% con caídas del 70%, una volatilidad incompatible con la función de reserva de valor.
Según su análisis, lo que ha prevalecido es un gigantesco experimento especulativo alimentado por redes sociales, marketing financiero agresivo y un relato político que necesitaba símbolos contra el establishment monetario. Cuando las condiciones financieras se endurecen y los bancos centrales suben tipos, el espejismo se resquebraja: el dinero busca activos con flujos de caja, no promesas abstractas.
Iturralde recuerda que ninguna de las grandes crisis de los últimos años se ha resuelto pagando en cripto: ni rescates bancarios, ni emisiones de deuda soberana, ni financiación empresarial. «Si en una emergencia nadie quiere cobrar en ese activo, probablemente no estamos ante una moneda», resume. El desplome reciente sería, así, una llamada de atención para quienes confundieron discurso ideológico con realidad económica.
La manada y el engaño de ir "todos a una"
Uno de los puntos más incisivos del análisis de Iturralde tiene que ver con la psicología de masas. El mensaje político que ensalzaba a Bitcoin como emblema de libertad financiera generó una “manada” que entró en tromba en el mercado, convencida de que “esta vez es diferente”.
El problema, recuerda, es que en los mercados “cuando muchos están entrando, es porque otros tantos ya están saliendo”. Cada comprador entusiasta tiene, al otro lado, un vendedor que ve llegado el momento de materializar plusvalías. Esa asimetría se vuelve dramática cuando la manada empieza a retroceder: los mismos canales que difundieron entusiasmo a gran velocidad amplifican ahora el miedo, acelerando las órdenes de venta y la búsqueda desesperada de salidas.
Este comportamiento explica por qué la volatilidad en el universo cripto se mantiene sistemáticamente por encima de la renta variable tradicional. Movimientos diarios del 8%-10% son tratados como normales, algo impensable en índices consolidados. Para el pequeño inversor, el riesgo es evidente: entrar tarde a un juego que no está diseñado para que todos ganen, sino para que unos pocos liquiden posiciones a costa del resto.
Oro y plata tras un rally del 200%
Frente al ruido del Bitcoin, el comportamiento de los metales preciosos exige una lectura más fría. Iturralde recuerda que oro y plata venían de un rally cercano al 200% en apenas dos años, impulsado por la combinación de tipos reales negativos, crisis geopolíticas y compras récord de bancos centrales. En ese contexto, la corrección actual tiene mucho de pausa técnica y de purga de excesos especulativos.
Las últimas semanas han visto retrocesos del entorno del 10%-12% desde máximos históricos en el oro y algo más pronunciados en la plata, tradicionalmente más volátil. Para el analista, no se trata del fin de una era alcista, sino de un movimiento de limpieza tras varios meses en los que cualquier noticia se interpretaba en clave compradora.
El contraste con las criptos es importante: mientras Bitcoin depende casi exclusivamente del apetito minorista y de fondos especializados, el oro sigue siendo un activo central en las reservas de los bancos centrales, que en la última década han aumentado sus posiciones netas en torno a un 25%-30%. Esta base estructural introduce una demanda que, aunque no elimina las caídas, sí tiende a estabilizar el precio a medio plazo.
El papel estabilizador de los metales
Iturralde subraya que el oro no es un activo perfecto ni mucho menos lineal, pero sí cumple una función que las criptomonedas aún no han podido imitar: actúa como contrapeso cuando las monedas fíat pierden credibilidad o se producen shocks geopolíticos severos.
Los recortes abruptos, explica, forman parte del comportamiento normal de un mercado sobrecalentado. Tras meses en los que el metal subía casi sin descanso, cualquier cambio de expectativas sobre los tipos de interés o una mejora temporal en los datos de inflación puede desencadenar recogidas de beneficio. Eso no invalida su rol como seguro parcial frente a escenarios extremos.
En su visión, el sistema financiero —en sus “mejores jugadas”— aprovecha estos retrocesos para encontrar nuevos compradores dispuestos a sostener la tendencia alcista de largo plazo, especialmente en renta variable y activos reales. Quien interprete cada corrección como el fin del mundo, advierte, corre el riesgo de vender justo cuando los actores más informados están entrando.
Cuando el miedo se convierte en combustible alcista
La reflexión más incómoda del análisis llega cuando Iturralde aborda el papel del miedo. Paradójicamente, sostiene, las caídas que generan “miedo inmediato” suelen ser las que refuerzan el sistema. El pánico masivo, amplificado por titulares y redes, crea un entorno en el que los inversores más experimentados encuentran precios de entrada atractivos y pueden comprar a descuento aquello que antes estaba sobredimensionado.
Esta dinámica es visible tanto en el mundo cripto como en los metales y la renta variable. Cuando el inversor minorista reacciona a los titulares más dramáticos, muchos gestores profesionales ya están calculando niveles de soporte, volúmenes y zonas de acumulación. Menos del 20% de los participantes, según estimaciones habituales, mueve más del 80% del dinero en momentos de estrés.
«El mercado necesita miedo para seguir subiendo», sintetiza el propio Iturralde en otras ocasiones. No porque el miedo sea bueno en sí mismo, sino porque obliga a transferir activos de manos nerviosas a manos pacientes. El episodio actual vuelve a mostrar esa lógica: mientras unos venden criptos y metal por pánico, otros observan si la corrección ofrece puntos de entrada razonables para el siguiente tramo del ciclo.