La decisión de bloquear reembolsos en uno de sus fondos estrella destapa tensiones de liquidez en un mercado que ya roza los 1,8 billones de dólares

Blue Owl declara un corralito en Wall Street y sacude al capital riesgo: Blackstone y Apollo se desploman

Blue Owl declara un corralito en Wall Street y sacude al capital riesgo: Blackstone y Apollo se desploman

La semana en Wall Street ha dejado una imagen incómoda: un gestor de crédito privado, Blue Owl, aplicando un corralito de facto en uno de sus vehículos para inversores acomodados, mientras sus acciones se desplomaban cerca de un 10% y arrastraban a gigantes como Blackstone y Apollo. El movimiento llega en un contexto en el que el petróleo Brent ha repuntado en torno a un 6% y el oro vuelve a situarse con holgura por encima de los 2.000 dólares la onza, reflejando el nerviosismo por la tensión geopolítica en torno a Irán. Pero lo verdaderamente relevante no está en las materias primas, sino en el corazón del crédito privado, un mercado que distintas estimaciones sitúan ya entre 1,7 y 1,8 billones de dólares a escala global. La decisión de Blue Owl de bloquear de forma permanente las salidas en su fondo Blue Owl Capital Corp II, orientado a clientes minoristas de alto patrimonio, ha encendido todas las alarmas. No sólo ha obligado al gestor a vender de forma acelerada unos 1.400 millones de dólares en préstamos para devolver liquidez —cerca de 600 millones y alrededor del 30% del propio fondo—, sino que ha despertado el fantasma de una restricción de reembolsos en cadena en otros vehículos similares.

Un corralito en pleno corazón de Wall Street

Hablar de corralito remite inevitablemente a economías emergentes y crisis bancarias, no a un gestor de crédito privado que cotiza en Nueva York. Sin embargo, en la práctica, eso es lo que han sufrido los inversores de Blue Owl Capital Corp II: un cierre de la ventanilla de salida que convierte en ilíquida una inversión que se vendió con la promesa de reembolsos periódicos, aunque fuesen limitados.

La firma ha pasado de anunciar una fusión de este fondo no cotizado con su vehículo bursátil principal —una operación que ya generaba malestar por el riesgo de pérdidas cercanas al 20% para algunos partícipes— a bloquear redenciones, cancelar la fusión y diseñar un proceso de devolución “episódica” de capital a medida que vaya vendiendo activos. La consecuencia inmediata ha sido un castigo bursátil: la acción ha llegado a retroceder en torno a un 10% en las últimas jornadas, mientras en paralelo se desataba una oleada de dudas sobre la verdadera liquidez de este tipo de fondos.

Lo más revelador es que el golpe no se ha quedado en Blue Owl. Las cotizaciones de Blackstone y Apollo, dos de los grandes nombres del capital riesgo y del crédito alternativo, registraron descensos de entre el 3% y el 5% intradía, reflejo de una inquietud que va más allá de un único gestor. El mensaje del mercado es inequívoco: si un actor de este tamaño se ve obligado a cerrar la puerta de salida, otros podrían estar más cerca de lo que parece de la misma situación.

La chispa geopolítica: Irán, el crudo y el oro

El movimiento de Blue Owl no se produce en el vacío. Llega tras varias semanas de repunte en las tensiones internacionales, con el foco puesto en Irán y Oriente Medio, que han disparado de nuevo las primas de riesgo geopolítico. El Brent ha repuntado alrededor de un 6% en pocos días y el oro, refugio clásico en momentos de incertidumbre, se consolida holgadamente por encima de los 2.000 dólares. Estos movimientos no sólo encarecen la factura energética global; también reavivan el temor a un choque sobre el crecimiento y los beneficios empresariales.

En este contexto, los activos percibidos como “seguros” ganan atractivo, mientras las estrategias más complejas —como el crédito privado ilíquido— quedan bajo el microscopio. Lo paradójico es que muchos de estos fondos se comercializaron precisamente como refugio frente a la volatilidad de los mercados cotizados. Hoy, sin embargo, la rigidez de sus estructuras de liquidez se convierte en su principal talón de Aquiles.

Este hecho revela una contradicción incómoda: se vendió a miles de inversores acaudalados un producto que prestaba a empresas de riesgo medio-alto, con vencimientos largos, pero que al mismo tiempo decía ofrecer ventanas periódicas de salida. Cuando las tensiones geopolíticas elevan la percepción de riesgo global, esos inversores intentan salir todos a la vez… y descubren que la puerta es mucho más estrecha de lo que parecía en el folleto.

El eslabón débil del crédito privado estadounidense

El estallido de desconfianza llega en un momento en el que el crédito privado estaba en pleno boom, impulsado por tipos de interés más altos y por el repliegue de la banca regulada tras la crisis financiera de 2008. Grandes gestoras como Blue Owl, Ares, Blackstone o Apollo han levantado vehículos que, en conjunto, manejan más de 1,7 billones de dólares en préstamos directos a empresas no cotizadas, con rendimientos atractivos sobre el papel.

Sin embargo, las cifras de reembolsos empiezan a mostrar grietas. Sólo en el cuarto trimestre de 2025, los inversores de los grandes BDC —los vehículos de crédito listados que invierten en este tipo de préstamos— solicitaron retiradas por más de 2.900 millones de dólares, un aumento del 200% respecto al trimestre anterior. Hasta ahora, la mayoría de las gestoras habían conseguido atender esas peticiones dentro de los límites establecidos, a costa de restringir nuevas suscripciones o de vender activos a cuentagotas.

El caso Blue Owl, con un fondo de unos 20.000 millones de dólares viéndose obligado a suspender redenciones y a vender 1.400 millones en préstamos casi a la par para devolver un 30% de su valor liquidativo, marca un punto de inflexión. La consecuencia es clara: si las peticiones de salida continúan acelerándose, la narrativa de “activos estables, valorados a coste amortizado y poco volátiles” se irá resquebrajando, y con ella la confianza en la arquitectura entera del crédito privado.

La sombra de la inteligencia artificial sobre las empresas apalancadas

Más allá de la coyuntura geopolítica, hay un elemento estructural que preocupa a los analistas: el impacto de la inteligencia artificial (IA) sobre los modelos de negocio de las empresas financiadas por estos fondos. Buena parte del universo de crédito privado está expuesto a compañías de servicios intensivas en capital humano —back office, soporte al cliente, análisis de datos, tareas administrativas— que son justamente las más vulnerables a la automatización acelerada.

El problema no es sólo tecnológico, sino financiero. Muchos de estos préstamos se concedieron con hipótesis de crecimiento ambiciosas y múltiplos elevados, en un entorno de dinero barato. Si la IA comprime márgenes y reduce la necesidad de plantilla en sectores enteros, es probable que una parte de esas proyecciones de ingresos —y, con ellas, los planes de repago de la deuda— quede obsoleta mucho antes de lo previsto. Como ha advertido Mohamed El-Erian, podríamos estar ante “una señal temprana de estrés en un sector que ha crecido demasiado rápido, bajo supuestos demasiado optimistas”.

Esto abre la puerta a un escenario en el que empresas muy apalancadas reconozcan que sus planes de expansión ya no son realistas, forzando reestructuraciones de deuda, ventas de activos o incluso impagos selectivos. El contraste con la narrativa oficial de los últimos años —crédito privado como “nuevo core” de las carteras institucionales— resulta demoledor.

Lecciones de otros ‘gates’: de BREIT a los fondos inmobiliarios británicos

El episodio de Blue Owl recuerda a otros momentos en los que productos vendidos como “alternativos” acabaron aplicando frenos bruscos a las salidas. Blackstone vivió su propio “momento corralito” con BREIT, su gigantesco fondo inmobiliario para clientes ricos, cuando tuvo que activar límites a los reembolsos en 2022 y 2023. En Reino Unido, varios fondos inmobiliarios abiertos suspendieron ventanas de salida tras el referéndum del Brexit y la pandemia, al no poder vender activos con la suficiente rapidez y a precios razonables.

La diferencia ahora es que el foco no está en el ladrillo, sino en el crédito corporativo. La mecánica, sin embargo, se repite: estructuras diseñadas para invertir en activos ilíquidos, pero empaquetadas para inversores que creen tener liquidez regular. Mientras las entradas superan a las salidas, el modelo funciona; cuando el flujo se invierte, el sistema se tensiona y el gestor se ve obligado a elegir entre vender activos a descuentos o cerrar la ventanilla.

El diagnóstico es inequívoco: el riesgo de liquidez en productos complejos sigue infravalorado. La etiqueta “no cotizado” se ha vendido como sinónimo de estabilidad, cuando en realidad es, sobre todo, sinónimo de precio opaco y puerta estrecha. Blue Owl no ha hecho sino poner en pantalla grande una fragilidad que el mercado prefería no mirar de frente.