El Brent y el WTI se disparan más de un 3% por la tensión geopolítica
Los precios del petróleo volvieron a recordar este lunes que la geopolítica sigue mandando en los mercados de materias primas. El West Texas Intermediate (WTI) para entrega en marzo llegó a subir un 3,6%, hasta los 64,82 dólares por barril, mientras que el Brent para abril avanzó un 3,35%, hasta los 69,39 dólares. Un movimiento brusco en una sola sesión que los analistas vinculan a un doble frente de riesgo: el Estrecho de Ormuz, epicentro de las tensiones entre Estados Unidos e Irán, y el endurecimiento de las sanciones europeas al petróleo ruso.
Miedo en el Estrecho de Ormuz
El primer detonante de la subida ha llegado por mar. Washington ha enviado una advertencia a los buques con bandera estadounidense para que se mantengan “lo más lejos posible” de aguas iraníes al transitar por el Estrecho de Ormuz y el Golfo de Omán. No es un simple matiz técnico: por esa franja de apenas 40 kilómetros de ancho transita cerca de un 20% del petróleo que se comercia en el mundo. Cada vez que la tensión se eleva en la zona, la prima de riesgo del crudo se dispara.
Este aviso reaviva el temor a incidentes con petroleros, bloqueos temporales o inspecciones agresivas que retrasen los flujos. Lo más grave es que el mercado llega a este episodio con almacenes de crudo relativamente ajustados y una oferta marcada por los recortes voluntarios de la OPEP+. Cualquier ruido adicional se traduce casi de inmediato en un aumento del precio spot y de los futuros más cercanos.
En este contexto, los operadores aplican un patrón conocido: cierran posiciones bajistas, recompran contratos y elevan las coberturas de riesgo. El resultado es un salto rápido de más del 3% en pocas horas, sin necesidad de que se produzca todavía ningún corte físico de suministro. El diagnóstico es inequívoco: basta la amenaza creíble de un incidente en Ormuz para que el mercado del crudo cambie de nivel.
Washington eleva la tensión con Irán
La advertencia de Estados Unidos a sus navieras no se produce en el vacío. Llega tras semanas de fricciones con Irán, con acusaciones cruzadas sobre ataques a barcos comerciales y apoyo a grupos armados en la región. Washington busca prevenir un incidente que obligue a una respuesta militar y, al mismo tiempo, enviar una señal de firmeza a Teherán.
En términos de mercado, el mensaje se interpreta como un reconocimiento implícito de que la situación puede deteriorarse. No se trata solo de si Irán podría intentar interferir el paso de petroleros, sino también de la posibilidad de nuevas sanciones o controles adicionales a su venta de crudo. Aunque el país opera desde hace años bajo restricciones, los flujos indirectos han crecido y el mercado los ha incorporado como válvula de escape.
“Cuando Estados Unidos emite una alerta formal a buques propios, el mercado asume que el riesgo de un incidente sube uno o dos escalones de golpe”, resumen en una gran casa de análisis europea. De ahí que parte del repunte de este lunes se explique más por la sensación de vulnerabilidad del sistema logístico que por una alteración efectiva de la oferta. Sin embargo, si la escalada continúa, el precio actual de 65-70 dólares podría ser solo el primer peldaño.
Bruselas endurece el cerco al petróleo ruso
El segundo frente se abre en Bruselas. La Unión Europea ha dejado entrever que, en su próxima vuelta de tuerca a las sanciones sobre el crudo ruso, abandonará el esquema del tope de precios y avanzará hacia un veto más amplio a los servicios marítimos: transporte, seguros y financiación para los cargamentos que no cumplan sus condiciones.
Hasta ahora, el llamado price cap permitía que parte del petróleo ruso siguiera fluyendo a mercados de Asia o África siempre que se declarase por debajo de un determinado precio. En la práctica, Moscú había construido una “flota en la sombra” para sortear una parte de estas restricciones, mientras algunas navieras y aseguradoras occidentales seguían operando en el margen. Si Bruselas endurece el régimen y limita más el acceso a seguros europeos, el riesgo de interrupciones puntuales aumenta.
Para el mercado, este giro supone reducir uno de los colchones de oferta que habían emergido tras la invasión de Ucrania. Rusia sigue aportando alrededor de un 8%-9% de las exportaciones mundiales de crudo, aunque redirigidas hacia Oriente. Cualquier movimiento que encarezca o complique esos flujos se traduce en un incremento de los costes de transporte y, por extensión, del precio final del barril. El contraste con la narrativa de un petróleo “definitivamente controlado” resulta demoledor.
Un mercado ya ajustado por la OPEP+
El repunte de más del 3% no se explica solo por la geopolítica del día. Llega después de meses en los que la OPEP+ ha defendido, con recortes coordinados, un rango de precios que considera “razonable”, pero que deja poco margen ante sobresaltos. Arabia Saudí y otros socios vienen retirando del mercado alrededor de 2 millones de barriles diarios respecto a los niveles previos, lo que ha reducido la capacidad de respuesta ante cualquier choque.
Además, las inversiones en nueva capacidad de producción se han ralentizado en varias regiones clave, mientras que el shale estadounidense avanza, pero a un ritmo más disciplinado que en la década pasada. Ese nuevo paradigma, más centrado en la rentabilidad que en el volumen, limita la rapidez con la que la oferta puede reaccionar a subidas de precio.
El diagnóstico es claro: un mercado estructuralmente más ajustado amplifica el impacto de cualquier riesgo político. Donde antes un incidente en Ormuz se traducía en subidas moderadas, ahora puede provocar saltos de varios dólares en cuestión de horas. Si a ello se suma un invierno todavía sin cerrar del todo en el hemisferio norte y un repunte de la demanda en Asia de alrededor del 2% anual, el margen de error se reduce al mínimo.
La factura energética para Europa y para España
Europa se encuentra en una situación especialmente delicada. Aunque ha reducido de forma drástica su dependencia del gas y del petróleo rusos, lo ha hecho a costa de importaciones más caras procedentes de otros proveedores. Un Brent en torno a 70 dólares implica ya una factura anual de importaciones de crudo para la UE superior a los 300.000 millones de euros, según estimaciones de mercado, una cifra que se dispara si el barril se estabiliza en niveles de 80-90 dólares.
Para España, país importador neto de hidrocarburos, el impacto es directo. Un incremento medio de 10 dólares por barril durante un año puede suponer más de 6.000 millones de euros adicionales en la balanza comercial energética y un traslado gradual a los precios de carburantes y transporte. La experiencia de 2022 demuestra que, con márgenes ajustados y alta volatilidad, las gasolineras y las empresas de logística repercuten estas subidas con rapidez.
Las consecuencias se sienten, además, en la competitividad de la industria, especialmente en sectores intensivos en energía como la química, el cemento o el transporte por carretera. Mientras tanto, economías exportadoras de crudo, desde Oriente Medio hasta América Latina, se benefician de un ingreso extra que refuerza sus cuentas públicas. El contraste entre países productores e importadores vuelve a ampliarse con cada escalada de precio.
Riesgos para la inflación y los bancos centrales
El repunte del crudo llega en un momento en que los bancos centrales trataban de consolidar la narrativa de una inflación bajo control. En la zona euro, una subida sostenida de los precios energéticos podría añadir entre 0,3 y 0,5 puntos porcentuales a la inflación general en el plazo de doce meses, según cálculos de varias casas de análisis. No se trata solo de gasolina o diésel: el impacto se extiende a los costes de producción, al transporte de mercancías y, en última instancia, al precio final de muchos bienes de consumo.
Lo más grave para los bancos centrales es el riesgo de que se reaviven las expectativas de inflación a medio plazo justo cuando empiezan a discutir recortes de tipos. Un petróleo en niveles elevados durante varias semanas podría retrasar la bajada del precio del dinero o forzar mensajes más duros por parte de los bancos centrales, con impacto inmediato en las bolsas y en los tipos de interés de la deuda.
“Cada vez que el crudo salta más de un 3% en una sesión por un motivo geopolítico, los bancos centrales toman nota: no pueden dar por ganada la batalla de la inflación”, apunta un gestor de renta fija. El resultado es un cóctel incómodo: más volatilidad en los activos de riesgo, dudas sobre el ritmo de bajadas de tipos y un nuevo foco de tensión para unas economías que todavía arrastran el golpe de la crisis energética de 2022.