La crisis con Irán reanima la presión sobre la deuda de EE.UU.

Fachada del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, con sus imponentes columnas clásicas y la entrada principal del edificio en primer plano, EPA/JIM LO SCALZO
Los rendimientos del Tesoro repuntan sobre el 4% mientras el petróleo y el gas se disparan por la escalada bélica, reduciendo el margen de la Fed para bajar tipos

Los rendimientos del Tesoro estadounidense han vuelto a cruzar este lunes la barrera simbólica del 4% en el bono a diez años, en plena escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán. El repunte —con subidas de 4,4 puntos básicos hasta el 4,006% en el tramo a diez años, 6,1 puntos básicos hasta el 3,44% en el dos años y 3,8 puntos básicos hasta el 4,667% en el treinta años— llega justo cuando los mercados daban casi por descontado un ciclo agresivo de recortes de la Reserva Federal.

Al mismo tiempo, el petróleo y el gas registran subidas de doble dígito tras los últimos ataques y contraataques en Oriente Medio, alimentando el temor a un nuevo shock de oferta energética que se sume a las tensiones de los últimos años. La consecuencia es clara: los inversores empiezan a cuestionar si el banco central podrá abaratar el precio del dinero al ritmo que descontaban las pantallas hace apenas unas semanas.

Este giro en la curva estadounidense llega, además, con un telón de fondo explosivo: Teherán ha lanzado ataques de represalia contra objetivos en la región tras una serie de bombardeos estadounidenses e israelíes sobre su territorio, elevando de golpe la prima de riesgo geopolítico. Lo que hoy parece un simple movimiento intradía en los bonos puede convertirse en el primer aviso serio de que el “sueño” de dinero barato en 2026 empieza a desvanecerse.

Un giro brusco en la curva estadounidense

El arranque de la sesión del lunes en Wall Street deja una señal nítida: la complacencia en el mercado de deuda se ha terminado, al menos por ahora. A las 9:02 hora de Nueva York, el rendimiento del diez años subía 4,4 puntos básicos, hasta el 4,006%, rompiendo al alza una zona psicológica que el mercado utiliza como referencia para valorar el coste de financiación global. El dos años, el tramo más sensible a la política monetaria de la Fed, avanzaba 6,1 puntos básicos hasta el 3,44%, mientras que el treinta años se colocaba en el 4,667% tras sumar 3,8 puntos básicos.

Son movimientos modestos en términos absolutos, pero cargados de mensaje por el contexto. Llegan tras varias semanas de relajación de las tires, en las que muchos inversores habían empezado a posicionarse para un ciclo de recortes más rápido y profundo. En las últimas jornadas, el diez años había coqueteado con niveles por debajo del 4%, respaldado por la idea de una “desinflación ordenada” y una economía encaminada hacia un aterrizaje suave.

Este rebote corta esa narrativa. La subida de la parte larga de la curva sugiere que el mercado vuelve a exigir prima por riesgo de inflación futura y por incertidumbre fiscal y geopolítica. La parte corta, por su parte, empieza a descontar que la Fed podría entregar menos recortes de los previstos —o escalonarlos más— precisamente cuando hogares y empresas ya contaban con un alivio en sus costes financieros.

El combustible geopolítico: petróleo, gas y el cuello de botella de Hormuz

El detonante inmediato del movimiento en los bonos está en la energía. Tras los últimos ataques de Estados Unidos e Israel sobre objetivos iraníes y la posterior represalia de Teherán, el precio del crudo ha llegado a dispararse entre un 10% y un 13% intradía, mientras que el gas natural europeo ha registrado subidas de en torno al 40% tras interrupciones en infraestructuras clave de suministro.

El estrecho de Hormuz, por donde transita en torno al 20% del petróleo y del gas natural licuado que se comercia en el mundo, vuelve a situarse en el centro de las preocupaciones. Cualquier señal de bloqueo —incluso parcial— actúa como multiplicador: tensiona la energía, eleva fletes y seguros, y se traslada en cascada a materias primas industriales y costes de producción.

«El mercado empieza a descontar que el conflicto en Irán no será un episodio aislado, sino un régimen de riesgo más permanente en Oriente Medio», resume el responsable de renta fija de una gran gestora europea. Para los bancos centrales, y especialmente para la Fed, el cóctel es tóxico: un shock energético llega cuando la batalla contra la inflación aún no está cerrada y cuando los salarios en Estados Unidos mantienen un crecimiento por encima del 3%.

El problema de fondo es que este repunte de la energía irrumpe tras meses en los que la caída del petróleo y del gas había funcionado como freno sobre el índice de precios, ayudando a moderar la inflación subyacente. Esa “ayuda externa” puede evaporarse en semanas si la crisis se prolonga.

October 14, 2023: Logo y sello de la Reserva Federal de Estados Unidos,Image: 813709118, License: Rights-managed, Restrictions: * Central and South America Rights OUT *, Model Release: no, Credit line: La Nacion / Zuma Press / ContactoPhoto

La Fed, atrapada entre la inflación y los recortes de tipos

La reacción de los rendimientos expone la nueva trampa para la Reserva Federal. Hasta ahora, el guion base del mercado contemplaba varios recortes a lo largo de 2026, apoyados en una inflación en descenso y en una economía que se enfría sin caer en recesión. Un shock energético de esta magnitud reabre el riesgo de que las presiones inflacionistas resurjan.

En la práctica, la Fed puede llegar tarde haga lo que haga. Si recorta según lo previsto, corre el riesgo de alimentar una segunda ola inflacionista vía energía y expectativas, con un coste directo para su credibilidad. Si, por el contrario, frena o pospone recortes, endurece condiciones financieras en un momento en el que consumo, hipotecas e inversión ya acusan el impacto de dos años de tipos elevados.

«Pasamos de la narrativa del “aterrizaje suave” a la del “riesgo de estanflación” en cuestión de días», advierte otro analista. La combinación de crecimiento débil, inflación alta y tipos reales positivos es corrosiva para los activos de riesgo y para gobiernos con elevada carga de deuda. Y el frente fiscal añade presión: el Tesoro estadounidense debe seguir emitiendo para financiar un déficit que ronda el 6% del PIB, elevando el listón que exige el mercado en la parte larga de la curva.

Por qué suben los rendimientos cuando todos buscan refugios

El movimiento de este lunes incorpora un componente que desconcierta al inversor menos especializado: en episodios de máxima tensión geopolítica lo habitual es que la deuda de EE.UU. actúe como refugio, haciendo caer los rendimientos. Esta vez, la búsqueda de seguridad convive con un repunte de las tires.

La clave está en la composición del tipo a largo plazo. El diez años se descompone en tres piezas: tipo oficial esperado de la Fed, expectativas de inflación y prima de plazo —la remuneración adicional por asumir la incertidumbre de mantener un bono a largo plazo—. En las últimas semanas, diversos análisis vienen señalando un aumento de esa prima, en parte por el deterioro fiscal, en parte por el ruido geopolítico y electoral.

Cuando el mercado teme un conflicto prolongado, un petróleo acercándose o superando los 100 dólares por barril y una inflación volviendo a sorprender al alza, la conclusión es simple: exige más rendimiento para financiar al Tesoro a largo plazo. Por eso puede coexistir compra de deuda a corto por refugio con presión vendedora en la parte larga, elevando el tipo del diez y del treinta años, como se ha visto este lunes.

Impacto en bolsas, crédito y tipos hipotecarios

El repunte de las tires no ocurre en el vacío. La misma sesión llega acompañada de caídas generalizadas en las bolsas internacionales, descensos de en torno al 1%-2% en grandes índices estadounidenses y europeos, y un salto del VIX de volatilidad a máximos de varios meses.

Para las empresas, un diez años de nuevo por encima del 4% implica un encarecimiento del coste de financiación, especialmente en alto rendimiento y en compañías con rátings más débiles. En este entorno, los diferenciales tienden a ampliarse: menos apetito de riesgo, más prima exigida. Sectores como aerolíneas, turismo o transporte por carretera reciben un doble golpe: más combustible y más coste de financiación.

En el lado de los hogares, el canal es igualmente directo. En Estados Unidos, el rendimiento del diez años es la referencia clave para las hipotecas a tipo fijo a 30 años; cada 50 puntos básicos adicionales pueden encarecer en varios cientos de dólares al mes una nueva hipoteca media. El resultado es un mercado inmobiliario más frío y un consumidor más prudente, justo cuando parte del crecimiento reciente se apoyaba en el gasto privado.

El diagnóstico es inequívoco: si la crisis geopolítica se alarga, el canal financiero amplificará el shock energético, trasladando la tensión desde las materias primas al corazón del sistema crediticio.

El contraste con Europa y la deuda española

El contraste con Europa es especialmente incómodo. La UE es más dependiente de las importaciones de energía que Estados Unidos y aún digiere la crisis del gas de 2022-2023. Un nuevo repunte del 40% en el gas europeo y de doble dígito en el petróleo amenaza con reabrir la brecha de competitividad con EE.UU. y prolongar la inflación por encima del objetivo del BCE.

Para España, el movimiento de la deuda estadounidense no es un fenómeno lejano. El coste de financiación del Tesoro español se fija cada vez más en relación con el bono alemán, pero el ancla última del sistema sigue siendo el diez años de EE.UU. Si los rendimientos americanos se consolidan por encima del 4% y el mercado empieza a descontar menos recortes de la Fed y del BCE, la factura de intereses para la economía española puede aumentar en miles de millones en los próximos años.

Por cada subida sostenida de 100 puntos básicos en el coste medio de la deuda, el Tesoro estima —según cálculos internos y de organismos independientes— un incremento de más de 10.000 millones de euros en pagos de intereses a medio plazo. Este entorno deja poco margen para políticas fiscales expansivas y obliga a priorizar la calidad del gasto, un mensaje que los organismos fiscalizadores llevan años subrayando.

Los escenarios que manejan los mercados para los próximos meses

Gestores de renta fija y macroeconomistas han empezado a ordenar escenarios. En el más benigno, el conflicto se contiene, las infraestructuras energéticas críticas evitan daños irreversibles y el petróleo se estabiliza en 80-90 dólares por barril. En ese caso, la Fed podría mantener el guion de recortes graduales, aunque más espaciados de lo que hoy descuentan los futuros.

En un escenario intermedio, el barril supera de forma sostenida los 100 dólares, el gas europeo se mantiene alto y las cadenas logísticas sufren interrupciones periódicas. La inflación repuntaría uno o dos puntos porcentuales por encima de las previsiones y la Fed se vería obligada a recortar menos y más tarde, con un diez años cómodamente por encima del 4% e incluso acercándose al 4,5%.

El caso extremo implicaría una escalada regional prolongada, con afectación directa al estrecho de Hormuz y un shock energético comparable al de los años setenta. En ese contexto, la palabra estanflación dejaría de ser un fantasma académico para convertirse en escenario base en muchas mesas de análisis. No es el resultado principal que descuentan hoy los mercados, pero el simple hecho de que vuelva a entrar en los modelos explica buena parte del salto en primas de riesgo que se observa este lunes.