El director de la IEA avisa de un encarecimiento “significativo” del petróleo si Ormuz sigue cerrado

Petróleo Foto de Atik sulianami en Unsplash

El cierre prolongado del Estrecho de Ormuz —por donde circula cerca de un tercio del comercio mundial de crudo— amenaza con convertir una crisis geopolítica en un shock económico global.

La advertencia llega desde la Agencia Internacional de la Energía: si la arteria del Golfo no se reabre, los precios energéticos pueden subir con fuerza y durante más tiempo del que descuentan los mercados. Lo más inquietante no es el primer golpe, sino la persistencia del daño: reconstruir capacidad, logística y confianza puede llevar 24 meses. Y, mientras tanto, la factura se colará en inflación, transporte y competitividad.

El cuello de botella que mueve el petróleo del planeta

Ormuz no es un símbolo: es un “choke point” con números que explican el nerviosismo. En 2025 atravesaron la ruta casi 15 millones de barriles diarios de crudo, alrededor del 34% del comercio mundial de crudo, con destino mayoritario a Asia. A escala más amplia, los flujos por Ormuz en 2024 y el primer trimestre de 2025 representaron más de un cuarto del comercio marítimo global de petróleo y cerca de una quinta parte del consumo mundial de petróleo y derivados.

Esa concentración convierte cualquier interrupción en un impuesto instantáneo sobre la economía. No solo por el barril: también por el flete, los seguros y la prima de riesgo que se instala en futuros, refinados y gas. La consecuencia es clara: aunque Europa importe físicamente menos crudo del Golfo que Asia, paga el precio global del marginal. Y cuando el marginal se encarece, todo lo demás se reordena a la baja.

“Volátil por un tiempo”: el mensaje de la IEA

Fatih Birol, director ejecutivo de la IEA, ha elevado el tono: si Ormuz permanece cerrado, los precios energéticos aumentarán “de forma significativa” y el mercado seguirá moviéndose en un régimen de alta volatilidad. En una síntesis difundida este viernes, el organismo asume un horizonte incómodo: harían falta aproximadamente dos años para que la producción petrolera recupere niveles previos al conflicto.

La clave está en lo que el mercado suele ignorar en los primeros días: el daño acumulativo. Los barriles no reaparecen con un comunicado, y la infraestructura no se repara al ritmo de un titular. Por eso el diagnóstico resulta tan corrosivo para la narrativa del “shock temporal”. “Si no se reabre, prepárense para precios mucho más altos”. El aviso no es un pronóstico de pánico; es una advertencia sobre elasticidades: cuando falta oferta en un punto estrecho, el mundo compite por el mismo litro.

Reservas estratégicas: la bala que nadie quiere gastar

La tentación inmediata es recurrir a reservas estratégicas. Pero ahí aparece la política: gastar stock hoy es comprar calma, sí, a cambio de quedarse sin munición mañana. Birol lo verbaliza con cautela: “No estamos ahí todavía… pero se está considerando”. En paralelo, varias capitales han mostrado reticencias a activar de forma agresiva los inventarios de emergencia, conscientes de que una liberación coordinada exige, además, una salida creíble del bloqueo.

Este hecho revela una tensión clásica: el mercado pide volumen; los gobiernos piden visibilidad. La liberación de barriles puede suavizar el pico, pero no reabre una ruta marítima ni evita que la prima de riesgo se incruste en el coste del dinero y en la cadena logística. Y, si la interrupción se alarga, la discusión cambia: ya no es “cuándo” usar reservas, sino “cuánto tiempo” pueden sostener el consumo sin comprometer seguridad energética. Es el tipo de dilema que recuerda a las crisis de suministro: el recurso existe, pero su uso masivo tiene precio político y estratégico.

Inflación importada y el golpe a Europa

Europa, aun con menor exposición física a Ormuz, está atrapada por el mecanismo de transmisión: precios internacionales, refino, jet fuel y gas. La IEA ha advertido incluso de un riesgo de suministro de combustible de aviación: el continente podría tener alrededor de seis semanas de margen si la disrupción se prolonga, con impacto potencial en vuelos y costes turísticos.

En el gas, la lectura es aún más delicada: los contratos de referencia europeos han llegado a duplicarse desde el inicio del conflicto, un recordatorio de que la energía vuelve a ser la variable que ordena la inflación subyacente. El paralelismo con 2022 aparece solo: tras la invasión de Ucrania, Europa aprendió a sustituir moléculas rusas a un coste enorme; ahora se enfrenta a una ruta marítima cuya interrupción encarece, simultáneamente, materias primas, transporte y fertilizantes. Cuando la energía sube, sube todo: del pan al crédito. Y esa es la clase de contagio que los bancos centrales temen, porque obliga a elegir entre crecimiento y control de precios.

Asia, el epicentro: el rebote que paga Occidente

El mapa del daño tiene un centro de gravedad: Asia. China e India absorben conjuntamente el 44% del crudo que atraviesa Ormuz, según la propia IEA. Eso significa que, cuando el paso se interrumpe o se encarece, la puja por alternativas se intensifica: más demanda en África Occidental, en América Latina, en el Mar del Norte… y un efecto dominó que vuelve a Europa en forma de precios más altos, incluso si el barril físico no viene del Golfo.

La experiencia histórica sugiere que la desorganización de flujos puede ser tan dañina como la pérdida neta de producción. En los setenta, el mundo perdió en torno a cinco millones de barriles diarios en cada shock petrolero; ahora el desajuste se percibe como mayor, y eso explica por qué Birol lo compara con las grandes crisis energéticas del pasado. La consecuencia es clara: el mercado no solo paga por escasez, paga por incertidumbre. Y la incertidumbre, en energía, se traduce en inversión aplazada, inflación persistente y un crecimiento que se vuelve frágil.

El giro estructural: más nuclear, más renovables y un seguro caro

La paradoja de la crisis es que acelera cambios que, en tiempos normales, tardan años. Birol ha sugerido que el empuje hacia el vehículo eléctrico podría intensificarse más rápido de lo previsto: cuando el precio del combustible se vuelve políticamente tóxico, la sustitución tecnológica gana atractivo. También ha apuntado a una transformación del sistema energético, con más inversión en alternativas y una revalorización del concepto de “seguridad” por encima del precio mínimo.

Pero ese giro no es gratis. Requiere redes, almacenamiento, permisos, materiales críticos y, sobre todo, tiempo. En el corto plazo, el seguro se paga en forma de primas: fletes más caros, pólizas más altas, inventarios más grandes y contratos más rígidos. Incluso organismos multilaterales advierten de que Ormuz arrastra no solo crudo, sino volúmenes relevantes de LNG y mercancías estratégicas para la industria y la agricultura. El resultado es un mundo más “caro” por diseño: menos eficiente, sí, pero más consciente de que la energía no es un mercado perfecto, sino una frontera geopolítica.