Dow Jones cae 1.3%, Wall Street también por miedo a la disrupción de la IA
La sesión del jueves en Nueva York dejó un mensaje claro: el entusiasmo por la inteligencia artificial se ha convertido en temor a su factura. Los principales índices de Wall Street dieron un giro brusco a media jornada y cerraron cerca de mínimos intradía, con el Nasdaq cayendo en torno a un 2%, el S&P 500 retrocediendo un 1,6% y el Dow Jones perdiendo alrededor de un 1,3%, en su primer cierre por debajo de los 50.000 puntos en días recientes.
La corrección se concentró en tecnología, pero se extendió como una mancha de aceite hacia financieras, transportes, logística e inmobiliario comercial, precisamente los sectores que el mercado ve ahora más vulnerables a ser “canibalizados” por la nueva ola de automatización.
Al mismo tiempo, la rentabilidad del bono del Tesoro a diez años cayó hasta el entorno del 4,10%, reflejando una huida defensiva hacia la deuda en la víspera del dato clave de inflación de enero en Estados Unidos.
Un giro brusco tras un arranque en verde
La sesión comenzó con un tono razonablemente positivo. Los futuros ya apuntaban a una apertura al alza tras conocerse que las peticiones semanales de desempleo bajaban ligeramente hasta unas 227.000 solicitudes, algo peor de lo esperado pero sin señales de deterioro brusco del mercado laboral.
Sin embargo, ese impulso inicial duró poco. A medida que avanzó la jornada, las ventas en valores tecnológicos se intensificaron y el mercado fue perdiendo niveles de soporte de manera escalonada.
Lo más significativo no fue tanto el porcentaje de caída —moderado para los estándares de Wall Street— como la amplitud del movimiento. Los inversores vendieron no solo software o semiconductores, sino también bancos muy expuestos a servicios de alto valor añadido, compañías de transporte que podrían ver comprimidos sus márgenes por la automatización y gestores de inmuebles comerciales que temen oficinas aún más vacías en un entorno de trabajo remoto impulsado por la IA.
Este patrón confirma un cambio de narrativa: del entusiasmo por los “ganadores de la IA” se pasa a la pregunta incómoda de quiénes serán los perdedores y cuánto se reducirá su negocio. La consecuencia es clara: la volatilidad deja de ser un fenómeno puntual para convertirse en un rasgo estructural del mercado en 2026.
La oleada de dudas sobre la revolución de la IA
No es la primera vez que Wall Street se inquieta por la disrupción tecnológica, pero la intensidad del debate sobre la IA generativa está alcanzando un nuevo nivel. En los últimos días, varias grandes firmas de análisis han rebajado su recomendación sobre el sector tecnológico estadounidense, precisamente por el riesgo de que nuevas herramientas de IA erosionen los modelos de negocio de software y servicios profesionales antes de que se consoliden nuevas fuentes de ingresos.
La sesión del jueves se interpreta como un capítulo más de este reajuste. Los gestores empiezan a compartir un diagnóstico inequívoco: no todas las compañías ligadas a la digitalización sobrevivirán a la revolución de la IA. Algunas verán cómo sus productos quedan obsoletos, otras tendrán que invertir cantidades masivas para adaptar sus plataformas sin garantía de retorno, y unas pocas capturarán la mayor parte de las ganancias de productividad.
Este hecho revela un cambio de enfoque: los inversores ya no compran “tecnología” como bloque homogéneo, sino que discriminan entre fabricantes de infraestructuras, proveedores de nube, grandes plataformas de datos y negocios de nicho altamente expuestos al reemplazo por algoritmos. El contraste con el rally casi indiscriminado de 2023 y 2024 resulta demoledor. Ahora, la palabra de moda no es “crecimiento”, sino “sostenibilidad del modelo de ingresos en un mundo de IA barata”.
Cisco se hunde y enciende las alarmas del sector
En este contexto, el desplome de Cisco Systems actuó como catalizador del pesimismo. La compañía, uno de los gigantes históricos del equipamiento de red, se dejó en torno a un 12% en una sola sesión, a pesar de haber presentado unos resultados trimestrales mejores de lo esperado.
Lo que castigó el mercado fue su guía para el trimestre en curso, claramente por debajo de las previsiones de los analistas. La lectura fue inmediata: si incluso un proveedor clave de infraestructura digital admite un enfriamiento de la demanda, la ola inversora ligada a la IA podría no ser tan lineal como se había descontado.
El índice de compañías de redes cayó alrededor de un 3%, arrastrado por las ventas en todo el segmento.
Más allá del caso individual, el mensaje que muchos gestores trasladaban a sus clientes era simple: “cuando una empresa como Cisco te dice que las cosas se complican, conviene escuchar”. La consecuencia es un repunte de la aversión al riesgo en uno de los sectores que hasta ahora se habían beneficiado del relato de la “economía del dato” y de la explosión del tráfico en la nube.
Transportes, finanzas e inmobiliario: los nuevos candidatos al castigo
Si algo distingue esta corrección de otras anteriores es que los sectores tradicionalmente considerados “reales” se han colocado en el punto de mira. El índice de transportes estadounidense llegó a caer alrededor de un 4%, reflejando el temor a que la automatización y la optimización algorítmica aprieten aún más los márgenes de aerolíneas, navieras y operadores logísticos.
En paralelo, los bancos y grandes grupos financieros sufrieron nuevas ventas, con descensos próximos al 3–4% en varias entidades sistémicas.
Los inversores empiezan a preguntarse cuánto negocio de gestión de activos, asesoramiento y análisis de riesgo puede ser absorbido por herramientas de IA, al tiempo que se mantiene la presión regulatoria y de capital sobre el sector.
Tampoco se libró el inmobiliario comercial, una industria que ya arrastraba dudas por la subida de tipos y los cambios en los usos de las oficinas. La perspectiva de empresas que automatizan procesos y reducen plantilla refuerza el temor a espacios vacíos durante más tiempo. La corrección cercana al 7% en los valores ligados al oro, penalizados por la caída de casi un 3% en el precio del metal, recordó además que tampoco las coberturas clásicas están libres de sobresaltos.
Los bonos hablan: caída de rentabilidades y búsqueda de refugio
Mientras las acciones se teñían de rojo, el mercado de deuda lanzaba un mensaje diferente. Los bonos del Tesoro de EE. UU. registraron subidas significativas, con la rentabilidad del diez años cayendo casi 7 puntos básicos hasta algo más del 4,10%, mínimos de dos meses.
Este movimiento tiene varias lecturas. Por un lado, refleja una búsqueda de refugio clásica: los inversores reducen riesgo en renta variable y se reubican en activos percibidos como más seguros. Por otro, sugiere que el mercado sigue confiando en que la Reserva Federal tendrá margen para bajar tipos a lo largo de 2026, aunque el calendario exacto siga en discusión.
La caída de los rendimientos se vio reforzada por una fuerte subasta de deuda a 30 años, que se resolvió con una demanda sólida y tipos algo más bajos de lo que anticipaban las pantallas. El diagnóstico es inequívoco: el mercado de bonos sigue comprando el relato de una inflación bajo control a medio plazo, incluso cuando los datos laborales continúan mostrando una economía resistente.
El dato de IPC: el examen que puede cambiar la narrativa
Toda esta volatilidad se produce en la víspera del índice de precios al consumo (IPC) de enero en Estados Unidos, que se publicará este viernes antes de la apertura de Wall Street. Buena parte del mercado mira menos al dato general y más a la cifra de inflación subyacente, descontando que podría situarse en torno al 2,5% interanual, lo que supondría un mínimo de casi cinco años en la medida preferida por la Fed para evaluar la tendencia de precios.
Daniela Hathorn, analista de Capital.com, resume la encrucijada: “un dato de inflación más suave mantendría los recortes de tipos plenamente descontados y podría devolver el impulso a los activos de riesgo”. Pero si la cifra sorprende al alza, el mercado tendría que recalibrar de nuevo el número y el ritmo de bajadas de tipos, prolongando la corrección en los activos más sensibles a los tipos de interés.
En este contexto, la sesión del jueves se interpreta como una descarga preventiva de riesgo. Los gestores prefieren reducir exposición en los segmentos más caros y expuestos a la disrupción antes de un dato que puede reforzar o desmontar el consenso benigno sobre el ciclo de inflación.
Reacción global: Asia y Europa toman nota del giro de Wall Street
El nerviosismo no se limitó a Estados Unidos. En Asia-Pacífico, los mercados ofrecieron un comportamiento mixto: el Kospi surcoreano llegó a subir más de un 3%, impulsado por fabricantes de chips e historias locales de IA, mientras el Hang Seng de Hong Kong retrocedió cerca de un 1% y el Nikkei 225 japonés se movió prácticamente plano.
En Europa, el mensaje fue también de creciente cautela. El STOXX 600 terminó con una caída en torno al 0,5%, con la mayoría de los índices regionales girando a la baja tras un arranque positivo. El CAC 40 francés logró aguantar con un avance cercano al 0,3%, mientras el DAX alemán acabó prácticamente plano y el FTSE 100 británico cedió alrededor de un 0,7%.
La consecuencia es clara: el temor a la disrupción de la IA y al calendario de la Fed se ha convertido en un factor global, que ya no solo afecta a las grandes tecnológicas estadounidenses, sino también a bancos europeos, fabricantes de automóviles y grupos industriales muy dependientes de la cadena de valor digital.
El punto de partida para la próxima semana será el dato de IPC de este viernes. Si la inflación subyacente confirma la moderación hacia el entorno del 2,5%, el mercado tendrá argumentos para recuperar parte de las caídas y reabrir la narrativa de recortes de tipos en la segunda mitad de 2026. En ese escenario, es probable que veamos un rebote selectivo en tecnológicas de calidad y en sectores cíclicos que se benefician de unos tipos algo más bajos.
Sin embargo, un dato por encima de lo esperado podría desencadenar una segunda pata de ventas, especialmente en compañías con valoraciones muy exigentes o modelos de negocio más vulnerables a la IA. El contraste con episodios anteriores de corrección resulta claro: esta vez no se discute la viabilidad de la tecnología, sino quién paga la factura de la transición.
Para los inversores, la lección es doble. Primero, la diversificación vuelve a ser esencial en un entorno en el que los ganadores y perdedores de la IA se decidirán empresa a empresa, no por sector. Segundo, conviene prestar tanta atención al mercado de bonos como al de acciones: cuando la deuda empieza a descontar un crecimiento más moderado y una inflación contenida, cualquier decepción en los datos puede amplificar la volatilidad.
En suma, Wall Street ha pasado en pocas semanas de la euforia al escrutinio. El examen de la IA ya no es una promesa lejana, sino un ajuste de beneficios que los índices empiezan a descontar con crudeza.