EEUU abre el dólar a cuatro bancos venezolanos

Dólares Foto de Colin Watts en Unsplash

El Tesoro flexibiliza las sanciones para que el Banco Central y otras tres entidades vuelvan a operar con normalidad en el sistema financiero global.

Washington ha movido la pieza más sensible del tablero venezolano: la banca. Estados Unidos ha autorizado transacciones con cuatro instituciones financieras estatales, incluido el Banco Central de Venezuela, en una decisión que permite a los bancos usar legalmente dólares y canalizar pagos que llevaban años bloqueados. El giro llega con la economía aún frágil —inflación cercana al 500% en 2025, según estimaciones recogidas por analistas— y con un nuevo poder político que busca estabilizarse tras meses de turbulencias. Lo más relevante no es el gesto diplomático, sino su mecánica: las licencias de la OFAC reabren la puerta a remesas, nóminas y, sobre todo, al dinero del petróleo.

El giro del Tesoro que cambia el circuito del dinero

La medida no es un “perdón” general, sino una recalibración quirúrgica. El Departamento del Tesoro, a través de la OFAC, ha emitido licencias que autorizan operaciones con el Banco Central de Venezuela y otras tres entidades estatales, desmontando parte del cerrojo que impedía a Caracas relacionarse con la banca internacional.

El contexto explica el timing. En 2019, las sanciones financieras limitaron el acceso a dólares y empujaron al Estado venezolano a mecanismos opacos para mover fondos. Ahora, la Administración Trump vende el cambio como una apuesta por “reintegrar” al país en el sistema financiero global. Un funcionario citado por Axios lo resumió así: el objetivo es devolver a los venezolanos un canal bancario “normal” bajo liderazgo estadounidense.

Dólares, remesas y nóminas: el alivio inmediato

El impacto práctico empieza por lo cotidiano. Las licencias permiten operaciones amplias: transferencias, cambio de divisas, pagos y movimientos vinculados a nóminas, abriendo un carril para que el dinero entre y circule sin quedar atrapado en revisiones interminables.

Esto es clave en un país donde el Estado paga sueldos y proveedores con márgenes mínimos y donde buena parte de la actividad se ha “dolarizado” de facto. La consecuencia es clara: si el sistema bancario puede manejar dólares sin miedo a sanciones secundarias, se reduce la fricción de pagos y se estabiliza —al menos parcialmente— el mercado cambiario. En un escenario de precios disparados, cortar la financiación por emisión y sustituirla por ingresos reales en divisa puede frenar picos de inflación, aunque no resuelve el problema estructural.

Petróleo: la llave que vuelve a encajar en la cerradura

La lectura estratégica está en el crudo. Varios medios coinciden: la flexibilización busca que los ingresos petroleros lleguen a destino y no queden varados por el laberinto sancionador. Bloomberg ya adelantó que EE UU valoraba el alivio para facilitar el flujo de miles de millones de dólares, con al menos 1.000 millones ya canalizados hacia el Banco Central en operaciones previas que luego tropezaban con controles de cumplimiento bancario.

Axios va más allá: el paso permitiría a Venezuela acceder directamente a ingresos del petróleo y usar la banca como tubería, no como cuello de botella. En términos de negocio, esto abre un incentivo para empresas energéticas y comerciales estadounidenses: menos riesgo jurídico, más previsibilidad operativa y una contraparte con capacidad real de pagar y cobrar.

El problema de fondo: normalizar sin credibilidad institucional

Sin embargo, el diagnóstico es inequívoco: la confianza no se decreta con una licencia. El propio debate en Venezuela vuelve al mismo punto: ¿quién gobierna el Banco Central y con qué independencia? El País subraya que la reapertura del sistema financiero puede facilitar acceso futuro a financiación de organismos internacionales, pero condicionada a credibilidad técnica y gobernanza.

Ahí aparece el riesgo reputacional. La banca internacional no solo mira la letra de la OFAC; también examina controles internos, trazabilidad de fondos y exposición a corrupción. Por eso, aunque la medida “da oxígeno” a la nueva etapa política, no implica una alfombra roja automática: los bancos corresponsales pueden seguir exigiendo auditorías, garantías y procedimientos que Venezuela lleva años sin poder ofrecer de forma convincente.

Delcy Rodríguez y el incentivo de la calle

El movimiento estadounidense también es una respuesta a la presión social. El relato que acompaña a la decisión habla de economía “battered”, salarios hundidos y protestas de empleados públicos. Para el Gobierno interino de Delcy Rodríguez, la prioridad es comprar tiempo: estabilizar el tipo de cambio, financiar importaciones críticas y recomponer una mínima red de pagos.

Pero el contraste con otras transiciones resulta demoledor: sin un plan de estabilización creíble —reglas fiscales, independencia monetaria, estadísticas fiables—, el dólar entra… y sale. La banca ayuda a ordenar el flujo, sí, pero también expone la realidad: si el dinero se usa para tapar agujeros sin reformas, el efecto se evapora. En ese punto, la licencia se convierte en termómetro político: mide capacidad de gestión, no solo voluntad de Washington.

Una decisión reversible y un mensaje a la región

La arquitectura elegida —licencias generales, no levantamiento total— deja una advertencia implícita: se puede revertir. El País recuerda que el alivio no elimina todas las sanciones y mantiene la presión individual sobre figuras señaladas, un diseño que permite a EE UU apretar o aflojar según evolucione la situación.

Para América Latina, el efecto dominó es doble. Primero, marca el retorno de Venezuela al radar financiero formal, con implicaciones para remesas, comercio y energía. Segundo, fija un precedente: el acceso al dólar vuelve a ser palanca geopolítica. Si el nuevo ciclo venezolano avanza hacia estabilidad, Washington gana un activo regional; si deriva en opacidad, la banca internacional se retirará por prudencia, aunque la OFAC haya abierto la puerta. Y en ese contraste —entre licencia y confianza— se juega el verdadero partido.