Un escenario ideal para la bolsa: ¿por qué la inflación por debajo del 4% motiva al mercado?
Peter van der Vele, economista y estratega en Robeco, analiza en Negocios TV por qué una inflación por debajo del 4% favorece el mercado bursátil, abordando la recuperación global, la política monetaria de la Fed y los desafíos en activos y diversificación financiera en 2026.
Un inicio de 2026 marcado por la volatilidad “constructiva”
El arranque de año ha sido todo menos lineal. Los índices bursátiles alternan subidas sólidas con correcciones bruscas, en un entorno que muchos gestores describen como “volatilidad constructiva”: movimientos intensos, sí, pero apoyados en cambios reales de expectativas macro y de beneficios.
La recuperación cíclica comienza a asomar en varias economías desarrolladas, con previsiones de crecimiento global que se mueven en torno al 2,5%–3% para este año, lejos de un boom pero claramente por encima del escenario de estancamiento que dominaba los temores hace apenas doce meses. Este hecho revela que el mercado ha dejado de descontar un aterrizaje duro y ha pasado a valorar un “aterrizaje suave” como escenario central.
Sin embargo, la consecuencia es clara: cada dato de inflación, cada indicador adelantado y cada mensaje de los bancos centrales provoca reacciones sobredimensionadas. El diagnóstico es inequívoco: el mercado quiere creer en la recuperación, pero no está dispuesto a ignorar los riesgos de errores de política monetaria o de choques geopolíticos que puedan desestabilizar el tablero en cuestión de semanas.
Por qué el 4% se convierte en el nuevo umbral clave
La cifra de inflación por debajo del 4% se ha convertido en el nuevo punto de referencia psicológico y técnico para los mercados. No se trata de un objetivo formal, pero sí de un nivel que permite a los bancos centrales, y en particular a la Reserva Federal, empezar a hablar de normalización sin perder credibilidad en la lucha contra la subida de precios.
Con tasas en el entorno del 3,5%–3,8%, la política monetaria puede pasar de ser abiertamente restrictiva a “menos contractiva”, abriendo la puerta a recortes graduales de tipos si el crecimiento se mantiene. Para la renta variable, esto se traduce en múltiples de valoración algo más generosos y en un alivio notable en el coste de financiación de las empresas, especialmente en sectores intensivos en capital.
Como resume van der Vele, «una inflación sostenida por debajo del 4% permite que el mercado deje de temer a la Fed y vuelva a mirar al ciclo de beneficios». El contraste con la etapa de inflación por encima del 6% es demoledor: entonces, cada subida de tipos era un mazazo para las valoraciones; ahora, cada décima que baja la inflación se interpreta como espacio adicional para el crecimiento sin estrangular la demanda.
La Reserva Federal ante la tentación de recortar tipos
La Fed se mueve ahora en un terreno políticamente y económicamente delicado. Con la inflación acercándose al rango del 3%–3,5% y un mercado laboral que sigue mostrando fortaleza, el margen para recortar tipos existe, pero cualquier movimiento prematuro podría reavivar las presiones inflacionistas y alimentar nuevas burbujas de activos.
El próximo presidente del banco central se enfrentará a una tesitura complicada: decidir si es preferible pecar de prudencia y mantener tipos altos durante más tiempo, o iniciar recortes de 25 puntos básicos en los próximos trimestres para aliviar la carga sobre familias, empresas y Estados altamente endeudados. Lo más grave, desde el punto de vista de los mercados, sería un giro errático: subir, pausar y bajar sin una narrativa coherente.
En este contexto, las expectativas de los inversores se han vuelto extremadamente sensibles. «El mercado no necesita recortes agresivos, necesita previsibilidad», subraya van der Vele. Un calendario de flexibilización gradual y bien comunicado podría convertirse en el catalizador que consolide el rally de renta variable y reduzca la volatilidad implícita, hoy todavía por encima de los niveles medios de la última década.
Rotación sectorial: del software a los semiconductores
Uno de los elementos más visibles de este nuevo entorno es la rotación sectorial. El dinero se mueve con rapidez entre segmentos del mercado tecnológico, alternando fases de fuerte entrada en valores de software con episodios de protagonismo para los semiconductores. La inteligencia artificial, lejos de ser una moda pasajera, sigue actuando como gran narrativa de fondo, pero con un matiz: crece el escepticismo sobre algunas valoraciones extremas.
Este hecho revela un mercado más selectivo. «Ya no vale comprar cualquier cosa que lleve la etiqueta ‘IA’», podría resumirse. Los inversores discriminan entre modelos de negocio rentables y promesas todavía embrionarias, penalizando con fuerza a las compañías que no logran demostrar flujos de caja sólidos.
Al mismo tiempo, sectores más cíclicos —industria, consumo discrecional, incluso ciertas utilities— empiezan a beneficiarse del nuevo escenario de inflación moderada y tipos a la baja. La consecuencia es clara: una cartera excesivamente concentrada en “mega tech” puede quedarse atrás si la recuperación se extiende a la economía real. La diversificación sectorial deja de ser una recomendación académica para convertirse en un requisito práctico.
Correlaciones en entredicho y el regreso del oro
El entorno actual está marcado por mayores riesgos fiscales y geopolíticos, desde el aumento de la deuda pública en las principales economías hasta los conflictos abiertos en distintos focos del mapa. En este contexto, la tradicional descorrelación entre bonos y acciones se ha estrechado: en episodios de estrés, ambos activos tienden a caer a la vez, como ya se vio en varios momentos de los últimos dos años.
Ante esta realidad, el oro ha recuperado protagonismo como activo diversificador. Con tipos reales que podrían estabilizarse e incluso retroceder si la inflación se mantiene en torno al 3% y los bancos centrales recortan de forma gradual, el metal precioso vuelve a encajar en carteras que buscan protección ante shocks extremos.
El contraste con la década anterior es significativo: entonces, la combinación de inflación baja y políticas ultraexpansivas restaba atractivo al oro frente a los activos de riesgo. Hoy, en cambio, su papel como seguro frente a errores de política fiscal, tensiones geopolíticas o un repunte inesperado de la inflación se valora de nuevo. El diagnóstico es inequívoco: la diversificación ya no puede construirse solo con renta fija soberana.
Renta fija y crédito: oportunidades con lupa
La renta fija se encuentra en un punto de inflexión. Tras años de tipos próximos a cero y rentabilidades reales negativas, el repricing de los últimos ejercicios ha dejado cupones más atractivos en deuda soberana y corporativa. Sin embargo, la aparente oportunidad esconde importantes matices.
En el tramo soberano, los bonos a 5–10 años ofrecen ahora rendimientos que, en muchos casos, superan el 3%, pero la sostenibilidad fiscal de algunos emisores y el riesgo de nuevas emisiones masivas para financiar déficits obligan a ser selectivos. En el crédito corporativo y el high yield, las primas de riesgo han repuntado, pero no siempre compensan la probabilidad de impago en un escenario de crecimiento moderado y costes financieros aún elevados.
En palabras del propio van der Vele, «la renta fija vuelve a ser invertible, pero no cualquier bono merece un hueco en cartera». El análisis fundamental —capacidad de generación de caja, estructura de capital, calidad de la gobernanza— se convierte en el elemento diferencial entre capturar un cupón razonable o acumular riesgos que estallen en la próxima fase de tensión del mercado.
Diversificación inteligente frente a un ciclo incierto
Si hay una conclusión que se impone en este nuevo entorno es que no es momento de tirar el dado al aire. La combinación de inflación moderada, tipos potencialmente a la baja y recuperación cíclica abre oportunidades, pero también genera una falsa sensación de seguridad.
La diversificación inteligente pasa por mezclar renta variable global —con peso relevante en sectores ligados a productividad y tecnología, pero sin olvidar industria y consumo—, renta fija de alta calidad, algo de crédito selectivo y activos reales o alternativos que ayuden a amortiguar episodios de estrés. El oro vuelve a ocupar un espacio en esta arquitectura, igual que ciertas estrategias de cobertura frente a caídas bruscas.
El contraste con carteras clásicas 60/40 es evidente: la correlación entre bonos y acciones obliga a introducir más fuentes de retorno y protección. La consecuencia es clara: el inversor en 2026 debe aceptar mayor complejidad si quiere mantener un perfil de riesgo controlado y, al mismo tiempo, aspirar a rentabilidades reales positivas en un mundo donde el dinero ha dejado de ser gratis.