Estados Unidos dispara sus reservas de crudo con un aumento de 11,4 millones de barriles
La última estimación del American Petroleum Institute (API) ha sacudido al mercado del petróleo. Según los datos preliminares, las reservas de crudo en Estados Unidos habrían aumentado en 11,4 millones de barriles en la semana terminada el 20 de febrero, muy por encima de lo que descontaban los analistas. Al mismo tiempo, los inventarios de gasolina y destilados han caído, un patrón que complica la lectura de fondo sobre la demanda. El resultado ha sido inmediato: el barril de West Texas Intermediate (WTI) se ha deslizado hacia los 66 dólares, presionado por el exceso de oferta y por la relajación de las tensiones geopolíticas en Oriente Medio. La fotografía que dibujan estos datos va más allá de un simple movimiento semanal. El giro simultáneo en crudo, gasolina, destilados y el ‘hub’ de Cushing obliga a replantear los escenarios sobre la economía estadounidense, el pulso del consumo y la estrategia futura de la OPEP+. Para Europa y para España, el mensaje es doble: alivio potencial en precios energéticos, pero también una señal de moderación en la mayor economía del mundo.
Un aumento de inventarios que descoloca a los analistas
El dato adelantado por el API ha sorprendido tanto por su magnitud como por su composición. El mercado trabajaba con escenarios de incrementos mucho más moderados —en el entorno de 2 a 3 millones de barriles— y se ha encontrado con un salto de 11,4 millones, casi cuatro veces por encima de las previsiones más prudentes, según recogen distintas casas de análisis estadounidenses.
El API es un indicador privado que suele adelantarse en 24 horas a la publicación de las cifras oficiales del Departamento de Energía (EIA). No siempre coinciden al detalle, pero marcan la pauta del sentimiento de mercado. Un repunte de este calibre suele interpretarse como señal de debilitamiento de la demanda, aumento de la producción o una combinación de ambas variables.
En paralelo, la producción de crudo en Estados Unidos se mantiene cerca de máximos históricos, en torno a 13 millones de barriles diarios, según las series semanales de la propia EIA. Este hecho revela que el país sigue actuando como gran amortiguador de la oferta global, con la industria del ‘shale’ respondiendo con rapidez a los estímulos de precio de los últimos meses.
El diagnóstico es inequívoco: si los inventarios siguen acumulándose a este ritmo, el discurso de escasez de oferta quedará en segundo plano y el foco se desplazará hacia la solidez real del consumo, tanto en Estados Unidos como en Asia.
Gasolina y destilados: la otra cara del mercado energético
El comportamiento de los productos refinados introduce matices importantes. Mientras el crudo almacenado sube con fuerza, las reservas de destilados habrían caído en 2,8 millones de barriles y las de gasolina en 1,5 millones, según las mismas cifras preliminares. Este patrón sugiere que el problema no está tanto en la demanda final de combustibles como en la dinámica de refino y logística.
En pleno invierno en el hemisferio norte, los destilados —sobre todo diésel y fuel para calefacción— sirven como termómetro de la actividad industrial y de la movilidad pesada. Un descenso de casi 3 millones de barriles es consistente con un consumo relativamente robusto, pese al impacto de los tipos de interés altos y de la desaceleración en algunos sectores.
La gasolina, por su parte, refleja tanto la movilidad interna como la confianza del consumidor. Una caída de 1,5 millones de barriles no apunta a un desplome de la actividad, sino más bien a un ajuste normal antes de la temporada de mayor demanda que se abre en primavera y culmina en la “driving season” del verano estadounidense.
Sin embargo, la combinación de crudo al alza y productos a la baja abre la puerta a otro diagnóstico: las refinerías habrían recortado ligeramente sus tasas de utilización, ya sea por tareas de mantenimiento programadas o por prudencia ante la evolución económica. Ese freno parcial reduce la conversión de crudo en productos, alimenta el aumento de inventarios de petróleo y genera las distorsiones observadas esta semana.
Cushing vuelve a engordar: alivio para el ‘hub’ clave del WTI
Otro dato que vigilan de cerca los operadores es el de los inventarios en Cushing, Oklahoma, el gran centro logístico del petróleo estadounidense y punto de entrega física de los futuros de WTI. En la última semana, las reservas allí habrían crecido en 1,8 millones de barriles, reforzando la sensación de holgura en el sistema.
Hace apenas unos meses, los niveles de Cushing habían caído a zonas consideradas “críticamente bajas” por varios analistas, disparando los temores a cuellos de botella físicos que pudieran distorsionar las referencias de precio. Ahora, el repunte acumulado ofrece cierto margen de seguridad y reduce el riesgo de tensiones de disponibilidad a corto plazo.
Lo más llamativo es el contraste con los mensajes que llegaban del lado geopolítico. Mientras se hablaba de posibles interrupciones de suministro en Oriente Medio, los tanques de almacenamiento estadounidenses han ido recuperando colchón. El contraste con otras regiones resulta demoledor: Europa sigue dependiendo de un equilibrio delicado entre importaciones marítimas, diversificación de proveedores y gestión de reservas estratégicas, mientras Estados Unidos refuerza su posición como productor y almacenador de último recurso.
Este giro en Cushing actúa además como ancla psicológica para los precios del WTI. A mayor inventario disponible en el punto de entrega, menor riesgo de tensiones físicas y, por tanto, mayor resistencia a subidas bruscas de precio.
El impacto inmediato en el precio del crudo
La reacción en los mercados no se ha hecho esperar. El WTI se sitúa en torno a los 66 dólares por barril, con caídas en la sesión de este miércoles, mientras el Brent ronda los 70-71 dólares, presionado también por la fortaleza del dólar y por la impresión de que el riesgo geopolítico se ha moderado en las últimas jornadas.
Estos movimientos llegan tras semanas en las que el crudo había incorporado una prima de riesgo ligada a la escalada de tensión entre Estados Unidos e Irán y a la amenaza de interrupciones en rutas clave. A medida que el mercado percibe que, de momento, no se han producido cortes significativos de suministro, esa prima se erosiona.
“Los operadores han pasado de comprar historias de riesgo a vender barriles reales”, ironiza un analista de una firma europea de inversión. Más allá de la frase, el mensaje es claro: los datos físicos han vuelto a tomar el mando frente al relato geopolítico.
Si los próximos informes oficiales del Departamento de Energía confirman la magnitud del aumento de inventarios, no puede descartarse que el WTI ponga a prueba de nuevo la zona de 60-62 dólares, niveles que muchos productores estadounidenses consideraban hasta hace poco como el umbral de incomodidad para mantener los ritmos actuales de perforación.
Lo que revela este dato sobre la economía de Estados Unidos
La lectura macroeconómica es más compleja. Un aumento fuerte de inventarios puede interpretarse como señal de desaceleración de la demanda interna, pero también como consecuencia de un impulso de producción anticipando una demanda futura que no termina de materializarse.
En los últimos meses, los indicadores de actividad en Estados Unidos han mostrado un patrón mixto: consumo privado aún resistente, industria más débil y un sector servicios que modera su ritmo. A ello se suma un invierno relativamente benigno en términos meteorológicos en varias regiones clave, lo que ha reducido el tirón de los combustibles de calefacción.
En paralelo, los tipos de interés siguen en niveles restrictivos y las expectativas de recortes por parte de la Reserva Federal se han ido posponiendo. Este entorno enfría las decisiones de inversión, especialmente en sectores intensivos en energía. El resultado es un crecimiento más moderado de la demanda de combustibles, compatible con caídas en productos refinados pero con capacidad para generar acumulaciones temporales de crudo en los centros de almacenamiento.
La consecuencia es clara: el mercado del petróleo se convierte en un barómetro adelantado de la economía estadounidense. Si las próximas semanas confirman esta tendencia, los bancos centrales y los grandes inversores tendrán un argumento adicional para justificar un escenario de “aterrizaje suave” pero con un riesgo creciente de enfriamiento.