El FTSE 100 aguanta, Europa tiembla: el 25% de Stellantis sacude las bolsas

CAC y FTSE
El FTSE 100 aguanta gracias a la banca mientras Bruselas carga contra TikTok y el desplome del grupo automovilístico reabre el debate sobre la transición eléctrica

Europa cerró la semana bursátil atrapada entre la resiliencia de los índices y un ajuste cada vez más duro en sectores clave. En Londres, el FTSE 100 logró sumar en torno a un 0,6%, apoyado en el rebote de la gran banca británica, mientras las tecnológicas y las firmas de datos seguían bajo presión. Al mismo tiempo, en Bruselas, la Comisión Europea pasó de las palabras a los hechos y acusó formalmente a TikTok de explotar el diseño adictivo de su aplicación para enganchar a los menores, con el riesgo de una multa de hasta el 6% de la facturación mundial y la obligación de rediseñar su interfaz.
Pero el golpe más contundente llegó desde el sector del automóvil: las acciones de Stellantis se hundieron alrededor de un 25% después de anunciar un cargo contable de unos 26.000 millones de dólares para “resetear” su apuesta eléctrica. Un índice que sube, una red social en el punto de mira regulatorio y un gigante de la automoción tambaleándose: la consecuencia es clara, el mercado europeo entra en una fase en la que el relato cómodo de la transición ordenada salta por los aires.

FTSE 100: la banca sostiene el relato de resiliencia

En la City, la foto de cierre fue mejor de lo que sugerían las jornadas anteriores. El FTSE 100 consiguió “arañar” ganancias gracias al impulso de la gran banca, mientras el resto del mercado seguía digiriendo el castigo reciente a los valores de software y datos. Las acciones de Barclays, NatWest y Lloyds Banking Group avanzaron entre un 1% y un 1,6%, reflejando un cambio de percepción sobre el futuro de los tipos en Reino Unido.

Las señales procedentes del Banco de Inglaterra apuntan a que los recortes de tipos están cada vez más cerca si la desinflación continúa, y el mercado de deuda ya descuenta un giro más dovish para los próximos trimestres. La caída de las rentabilidades de los gilts a dos años a mínimos de varias semanas refuerza la idea de que el pico de la política monetaria ha quedado atrás.

Sin embargo, lo más relevante es la brecha que se abre dentro del propio FTSE: la banca tradicional empieza a ser percibida como refugio relativo frente a sectores percibidos como vulnerables a la disrupción de la inteligencia artificial. El resultado es un índice que aguanta, pero con una composición interna cada vez más polarizada entre ganadores y grandes cuestionados.

RELX, símbolo del miedo a la disrupción de la IA

En el lado opuesto del mercado se situó RELX, que volvió a liderar las caídas en el índice londinense. Sus títulos se dejaron en torno a un 3,5% adicional, encadenando cuatro semanas consecutivas de descensos, en medio de un ajuste global que ha borrado miles de millones en capitalización a compañías de datos y software profesional.

El detonante directo ha sido el lanzamiento de nuevas herramientas de IA por parte de Anthropic, cuyo modelo Claude ha empezado a ofrecer funciones avanzadas para automatizar tareas legales, de análisis y documentación. Los inversores temen que este tipo de agentes conversacionales recorten de forma drástica la ventaja competitiva de plataformas de información jurídica y analítica, justo el corazón del negocio de RELX y otros gigantes como Thomson Reuters o Wolters Kluwer.

«El mercado está disparando primero y haciendo preguntas después», resume un gestor. Lo más grave es que no se trata de un profit warning clásico, sino de un cambio de percepción sobre la propia supervivencia del modelo de negocio. El contraste con la banca, que se beneficia de un entorno regulatorio estable y de un marco competitivo claro, resulta demoledor: mientras los bancos suben por expectativas de tipos, las firmas de datos caen por una disrupción tecnológica que aún no se ha materializado del todo.

Bruselas acusa a TikTok de explotar la adicción

En paralelo al ruido bursátil, Bruselas abrió un frente de enorme calado regulatorio. La Comisión Europea comunicó cargos formales contra TikTok al considerar que la plataforma vulnera la Ley de Servicios Digitales (DSA) mediante un diseño específicamente orientado a fomentar la adicción, en especial entre menores.

El expediente se centra en el uso combinado de scroll infinito, reproducción automática y notificaciones “agresivas”, así como en un sistema de recomendación hiperpredictivo que alimenta lo que Bruselas define como “mecánicas de madriguera de conejo”, capaces de mantener durante horas a los usuarios en bucles de contenido. Según la investigación preliminar, TikTok no habría evaluado de forma adecuada el impacto de estas decisiones de diseño sobre la salud mental ni implementado salvaguardas eficaces como una verificación de edad robusta o límites de tiempo significativos.

Para su matriz, ByteDance, el riesgo es mayúsculo. La DSA permite imponer sanciones de hasta el 6% de la facturación global y exigir cambios estructurales en el funcionamiento del servicio. «Mandar apagar el scroll infinito en Europa es tocar el ADN del producto», advertía un regulador comunitario. Aunque la empresa tilda las acusaciones de “infundadas”, el mensaje de Bruselas es inequívoco: el tiempo de mirar hacia otro lado ante los efectos adictivos de las plataformas ha terminado.

Salud mental de los menores y modelo de negocio en juego

Más allá de las cifras de la posible multa, el caso TikTok apunta al corazón del modelo de negocio de buena parte de las grandes plataformas. Los reguladores europeos sostienen que la adicción ya no es un efecto colateral, sino un resultado buscado de arquitecturas de diseño que premian el tiempo de pantalla por encima de cualquier otra métrica. La consecuencia es clara: si la DSA se aplica con todo su peso, no solo cambiarán las interfaces, también los incentivos económicos.

Bruselas ya ha multado en el pasado a gigantes como Meta y Google por cuestiones de privacidad y competencia, pero el expediente actual introduce un matiz cualitativo: se trata de cuestionar la propia lógica de los algoritmos de recomendación y de la economía de la atención. Una eventual obligación de introducir paradas obligatorias, ventanas de descanso o límites estrictos para menores podría recortar los minutos de uso, el inventario publicitario y, en última instancia, los ingresos.

El contraste con otras regiones resulta elocuente. Mientras en Estados Unidos el debate se mueve entre investigaciones estatales y demandas civiles, la Unión Europea ya dispone de un marco legal —la DSA— que puede traducirse en sanciones rápidas y exigencias concretas de rediseño. Si TikTok se ve forzada a cambiar su producto en Europa, la presión para extender esos cambios a otros mercados será enorme, tanto por coste como por reputación.

Un giro de 26.000 millones en la estrategia de Stellantis

El otro gran terremoto europeo llegó desde el parqué automovilístico. Stellantis anunció un cargo de alrededor de 22.000 millones de euros —unos 26.000 millones de dólares— ligado a una revisión radical de su estrategia de vehículo eléctrico, y sus acciones se desplomaron en torno a un 25%, hasta niveles no vistos desde 2020.

El grupo, que agrupa marcas como Jeep y Chrysler, admite haber “sobreestimado” la velocidad de la transición energética y anuncia un giro hacia modelos híbridos y de combustión interna allí donde la demanda no responde al despliegue de eléctricos puros. El ajuste incluye proyectos cancelados, reestructuración de la cadena de suministro y recorte de inversiones en plataformas que no alcanzan escala suficiente.

Su consejero delegado, Antonio Filosa, fue contundente: «Los mandatos no mueven metal; lo que mueve metal es la demanda del cliente», vino a decir al presentar la estrategia. Detrás de la frase hay una realidad incómoda: con los créditos fiscales agotados en algunos mercados y el endurecimiento del crédito, una parte relevante de la clase media no está dispuesta a pagar el sobreprecio de un eléctrico, por mucha regulación que empuje en esa dirección.

Stellantis. Foto: Stellantis.

El efecto dominó sobre la transición del automóvil europeo

El movimiento de Stellantis no se produce en el vacío. En los últimos meses, fabricantes estadounidenses como Ford y General Motors han anunciado también grandes ajustes en su ambición eléctrica, con recortes de inversión y aplazamientos de fábricas de baterías, tras constatar una demanda más fría de lo previsto.

En Europa, donde los objetivos climáticos y la prohibición de vender motores de combustión a partir de 2035 marcan el rumbo oficial, el giro de Stellantis abre un debate incómodo: ¿qué ocurre cuando la política y el mercado dejan de ir a la misma velocidad? Si las ventas de eléctricos se estancan, la presión comercial puede forzar una reinterpretación de los plazos, excepciones sectoriales o incluso modificaciones del calendario regulatorio.

El impacto potencial sobre el tejido industrial es enorme. Proveedores que apostaron por la electrificación masiva se encuentran ahora ante plantas sobredimensionadas, mientras proyectos de gigafactorías de baterías podrían revaluarse con otras cifras de demanda. Lo más grave es que, en apenas un año, se ha pasado de hablar de “boom eléctrico” a un escenario de transición más lenta, más cara y mucho más incierta. El contraste con el relato triunfal de hace dos o tres años resulta difícil de disimular.

Resiliencia aparente, riesgos crecientes para el inversor europeo

La imagen de cierre de semana es la de un mercado europeo que aparenta calma —índices en verde, volatilidad contenida— mientras por debajo se reordenan las placas tectónicas. La banca tradicional resiste e incluso se beneficia de la perspectiva de tipos más bajos en el futuro; las tecnológicas y las firmas de datos encajan el golpe de una nueva oleada de IA generativa; las plataformas digitales afrontan una ofensiva regulatoria sin precedentes; y la industria del automóvil descubre que la transición eléctrica no garantiza, por sí sola, beneficios.

Para el inversor, el diagnóstico es inequívoco: ya no basta con mirar el índice, hay que entender qué lo sostiene y qué lo lastra. Un FTSE 100 que sube un 0,6% puede ocultar caídas de doble dígito en compañías que hasta hace poco eran consideradas apuestas seguras de crecimiento estructural. Un gigante automovilístico puede perder una cuarta parte de su valor en una sesión si reconoce que ha corrido demasiado en la hoja de ruta eléctrica. Y una red social que domina el tiempo de pantalla de los adolescentes europeos puede verse forzada a reescribir su propio producto en cuestión de meses.

El contraste entre resiliencia agregada y fragilidad sectorial es, quizá, la gran lección de la semana. «La sensación de normalidad en los índices puede ser engañosa; por debajo, el mercado está reescribiendo qué modelos de negocio siguen teniendo sentido», señalaba un estratega. La consecuencia es clara: la selección de valores y la lectura fina del riesgo regulatorio y tecnológico vuelven a ser, en Europa, mucho más importantes que la dirección general del mercado.