Exanalista del Banco de Inglaterra pide blindar la City ante los extraterrestres
Una exanalista sénior del Banco de Inglaterra ha escrito al gobernador Andrew Bailey para pedirle que diseñe planes de emergencia ante un escenario que, hasta ahora, solo figuraba en la cultura pop: una crisis financiera provocada por el anuncio oficial de que existe vida inteligente no humana. Helen McCaw, que trabajó una década en la institución, advierte de que un mensaje desde la Casa Blanca confirmando la existencia de una “inteligencia no humana tecnológicamente avanzada” podría desencadenar hundimientos bursátiles, colas en los cajeros y quiebras bancarias en cadena. Su carta llega en pleno auge del debate sobre los llamados UAP (fenómenos anómalos no identificados), tras documentales, testimonios de altos cargos estadounidenses y propuestas legislativas en el Congreso para desclasificar archivos.
La carta que pone a los extraterrestres en la agenda del banco
Según ha revelado la prensa británica, Helen McCaw —antigua analista de seguridad financiera del Banco de Inglaterra— ha enviado una carta formal a Andrew Bailey instándole a preparar contingencias específicas para un anuncio oficial de vida extraterrestre por parte de Estados Unidos. McCaw, que participó en la elaboración de escenarios de crisis teóricas durante su etapa en la institución, sostiene que ya no es defendible “reírse” del tema mientras gobiernos y parlamentos tratan los UAP como un asunto de seguridad nacional.
En su misiva, describe un posible “día uno” tras el anuncio: sesiones bursátiles suspendidas, desplomes históricos de los índices, cuestionamiento súbito del valor de los activos financieros tradicionales y fuga hacia cualquier forma de refugio percibido como “real” o “fuera del sistema”. “Si el público interpreta que estamos ante una inteligencia más avanzada que cualquier Estado y con capacidades tecnológicas desconocidas, el riesgo no es solo militar o filosófico, sino de confianza radical en las instituciones económicas”, viene a alertar.
Lo más delicado para el Banco de Inglaterra es que el aviso no procede de un bloguero conspiranoico, sino de una profesional que estuvo diez años dentro de la casa, dedicada precisamente a imaginar crisis improbables… pero posibles.
Un escenario de pánico: colas en cajeros y desplome bursátil
La exanalista plantea una cadena de acontecimientos que recuerda a los manuales de “cisne negro”. En las primeras horas tras un anuncio desde la Casa Blanca, millones de ciudadanos podrían intentar convertir sus depósitos en efectivo por puro reflejo de supervivencia. Un porcentaje relativamente pequeño de retiradas simultáneas —del orden del 5%-10% de los depósitos— bastaría para tensionar la liquidez de muchas entidades.
El Reino Unido acaba de elevar su garantía de depósitos hasta 120.000 libras por persona y entidad, un aumento del 40% frente al límite anterior de 85.000 libras, precisamente para reforzar la confianza tras episodios como la caída de Silicon Valley Bank UK. Ese escudo cubre a la inmensa mayoría de los ahorradores, pero no impide las escenas de pánico ni evita que la presión de liquidez obligue al banco central a desplegar líneas de emergencia masivas.
En paralelo, los mercados de acciones podrían reaccionar con caídas violentas. La capitalización del mercado bursátil mundial supera los 120 billones de dólares; una corrección inmediata del 10% supondría borrar del mapa más de 12 billones, algo equivalente a aproximadamente un 11% del PIB mundial anual. La consecuencia es clara: aun sin “invasión”, el simple shock de información podría convertirse en una crisis financiera de primer orden.
Por qué un anuncio desde Washington sacudiría a la City
El epicentro del hipotético anuncio no estaría en Londres, sino en Washington. No obstante, el peso de Estados Unidos en los mercados globales convierte cualquier decisión de la Administración norteamericana en un terremoto financiero inmediato. Las bolsas estadounidenses concentran cerca de la mitad de la capitalización bursátil del planeta, y la economía del país representa en torno a una cuarta parte del PIB mundial.
Además, el debate sobre los UAP ya no es patrimonio de foros marginales. El Senado estadounidense ha escuchado a testigos como el exoficial de inteligencia David Grusch, que habló de “biológicos no humanos”, y ha tramitado enmiendas para forzar la desclasificación progresiva de archivos sobre fenómenos anómalos. Documentales como The Age of Disclosure han dado voz a militares e investigadores que denuncian décadas de opacidad, mientras senadores como Marco Rubio reclaman transparencia sobre objetos detectados cerca de instalaciones nucleares.
Todo ello crea un caldo de cultivo en el que un eventual mensaje presidencial, aunque escueto y prudente, tendría un eco amplificado por redes sociales, algoritmos de trading y canales informativos 24/7. La reacción de la City no la marcaría tanto el contenido científico del anuncio como la percepción de que se abre una era radicalmente nueva e incierta.
Lecciones de otras crisis inesperadas
McCaw subraya que el sistema financiero ya ha demostrado su fragilidad ante shocks inesperados. En 2008, los principales índices bursátiles perdieron cerca de la mitad de su valor entre máximos y mínimos; solo en 2008 se evaporaron alrededor de 14 billones de dólares en capitalización bursátil global. No hizo falta una señal desde el espacio: bastó una combinación de hipotecas basura, opacidad y desconfianza.
Incluso antes, la historia del Banco de Inglaterra está jalonada de crisis detonadas por factores imprevistos: la crisis crediticia de 1772, la suspensión de pagos en oro durante el pánico de 1797, o la burbuja latinoamericana y el ficticio “reino de Poyais” que desembocaron en el pánico de 1825. Este hecho revela un patrón: los mercados no necesitan certezas, sino excusas plausibles para cambiar de régimen de forma abrupta.
La pandemia de Covid-19 ofreció otro ejemplo reciente de cómo un evento percibido inicialmente como remoto puede dejar en semanas a las economías sin liquidez, paralizar cadenas de suministro y obligar a los bancos centrales a desplegar programas de compras masivas. En ese contexto, plantear un escenario de revelación extraterrestre no parece, desde el punto de vista metodológico, tan extravagante como suena a primera vista.
Los activos refugio bajo amenaza
Uno de los puntos más heterodoxos del análisis de McCaw es su advertencia sobre la posible erosión del concepto tradicional de “activo refugio”. En una primera fase, es probable que los inversores huyan hacia el oro, la deuda pública de máxima calidad o incluso hacia el efectivo físico, siguiendo reflejos ya observados en otras crisis.
Sin embargo, si el relato público acabara vinculando la presencia de una inteligencia no humana con tecnologías capaces de alterar la escasez de recursos —por ejemplo, la minería de asteroides— la narrativa podría dar la vuelta: ¿seguiría el oro siendo un refugio si el mercado cree que podrá extraerse en cantidades gigantescas fuera de la Tierra? Algunos comentaristas ya han especulado con un repunte de criptomonedas como bitcoin en un escenario de desconfianza hacia las monedas fiduciarias y las instituciones estatales.
Lo más grave, desde la óptica de la estabilidad, no sería un movimiento puntual de precios, sino una crisis de anclajes mentales: si nadie sabe qué es seguro, todos intentan moverse a la vez. El resultado típico de esos episodios son mercados ilíquidos, spreads disparados y un coste de financiación que se dispara justo cuando empresas y Estados necesitan estabilidad.
Cómo se prepara un banco central para lo impensable
El Banco de Inglaterra no es ajeno a la gestión de riesgos extremos. En su último Informe de Estabilidad Financiera, la institución alertaba de vulnerabilidades en el auge del crédito privado, el uso intensivo de “repos” sobre deuda pública y la exposición a valoraciones infladas en sectores como la inteligencia artificial.
Nada de extraterrestres, pero sí un mensaje claro: el sistema está sometido a tensiones crecientes.
El banco ha reforzado su caja de herramientas con pruebas de resistencia, planes de resolución para infraestructuras críticas y un esquema de garantía de depósitos más generoso, ejecutado a través del Financial Services Compensation Scheme, que promete devolver el dinero a los depositantes cubiertos en menos de una semana si su entidad quiebra.
La carta de McCaw sugiere ir un paso más allá: incorporar a esos ejercicios un escenario explícito de anuncio sobre inteligencia no humana, evaluando impactos en liquidez, solvencia y confianza.
En la práctica, esto implicaría coordinar mensajes con el Gobierno y otros bancos centrales, preparar líneas de liquidez ilimitadas pero temporales, revisar los calendarios de subastas de deuda y establecer criterios claros para suspender o limitar la negociación de ciertos activos. No se trata de diseñar una respuesta a “invasiones”, sino de gestionar una crisis de expectativas sin precedentes.
El contraste con el BCE y la Fed
Mientras en Londres una exanalista pide prepararse para los extraterrestres, otros bancos centrales han centrado sus esfuerzos en riesgos más terrenales pero igualmente sistémicos. El Banco Central Europeo realizó en 2022 un gran test de estrés climático que concluyó que tanto los riesgos físicos (sequías, inundaciones) como los de transición tienen un impacto material en su balance, con pérdidas estimadas entre un 20% y un 30% superiores en escenarios de transición desordenada o “mundo invernadero”.
La Reserva Federal estadounidense, por su parte, llevó a cabo en 2023 un ejercicio piloto de análisis de escenarios climáticos con los seis mayores bancos del país, centrado en huracanes extremos y shocks sobre carteras inmobiliarias, sin consecuencias directas sobre los requisitos de capital pero con el objetivo de mejorar la medición del riesgo.
En ambos casos, los supervisores han optado por integrar en sus modelos riesgos a largo plazo que hace una década parecían “no financieros”.
El diagnóstico es inequívoco: los bancos centrales han ampliado su perímetro de vigilancia desde la inflación y el crédito hasta el clima, la geopolítica o la ciberseguridad. El escenario de McCaw lleva esa lógica un paso más lejos. La pregunta es si el Banco de Inglaterra quiere quedarse solo en ese terreno o si prefiere esperar a que otra autoridad, quizá el propio Consejo de Estabilidad Financiera, marque una pauta común para riesgos de tipo “socio-psicológico extremo”.