El fin del experimento extremo del Banco de Japón reabre el debate sobre deuda infinita

El experimento monetario japonés concluye: ¿Qué significa el despertar del ‘Godzilla financiero’?

El experimento monetario japonés concluye: ¿Qué significa el despertar del ‘Godzilla financiero’?

La placa tectónica de las finanzas mundiales se ha movido en Tokio. Tras casi dos décadas de tipos cercanos a cero y ocho años con tipos de interés negativos, el Banco de Japón empieza a desmontar el mayor experimento monetario del planeta. El país que durante años sostuvo el coste del dinero artificialmente bajo, alimentando el famoso carry trade global, insinúa ahora que esa era toca a su fin. Los mercados lo han entendido como un mensaje nítido: el “Godzilla financiero” se ha despertado. No se trata solo de una subida de tipos o de un ajuste técnico en la curva de rendimientos. Es la señal de que el ancla que mantenía estable —y barata— la financiación en medio mundo ya no es tan fiable como antes.

Los mercados lo han entendido como un mensaje nítido: el “Godzilla financiero” se ha despertado. No se trata solo de una subida de tipos o de un ajuste técnico en la curva de rendimientos. Es la señal de que el ancla que mantenía estable —y barata— la financiación en medio mundo ya no es tan fiable como antes.

Mientras el rendimiento del bono japonés a diez años ha pasado de moverse en torno al 0,2% a superar el 1% en apenas año y medio, en las pantallas de los traders aparece una misma idea: si Japón se retira, el resto del sistema tendrá que reordenarse deprisa. Desde el dólar hasta el euro digital, pasando por el oro, todo vuelve a ponerse en cuestión.

La pregunta que recorre despachos y bancos centrales es incómoda y directa: si hasta el gigante japonés ha decidido frenar, ¿quién queda dispuesto a sostener un modelo basado en deuda infinita y dinero casi gratuito?

Un giro en el paradigma monetario global

Lo que está en juego va mucho más allá de Japón. Durante años, la combinación de tipos cero, compras masivas de deuda y un yen deliberadamente débil convirtió a Tokio en el gran proveedor de liquidez barata para el sistema. El balance del Banco de Japón se ha disparado hasta rondar el 130% del PIB, el nivel más alto entre las grandes economías desarrolladas.

Ese modelo permitió financiar déficits, sostener valoraciones bursátiles y mantener bajo control un coste de la deuda que, de otro modo, habría sido políticamente inmanejable. El carry trade en yenes —tomar prestado barato en Japón para invertir en activos más rentables en otros países— ha movido, según estimaciones de mercado, entre 3 y 4 billones de dólares en la última década.

Ahora, el giro en Tokio rompe varias certezas. En primer lugar, cuestiona la idea de que la deuda pública puede crecer sin límite mientras un banco central esté dispuesto a comprarla sin pestañear. En segundo lugar, introduce volatilidad en un sistema que se había acostumbrado a que siempre existiera un proveedor de liquidez de último recurso.

Este hecho revela algo más profundo: el paradigma monetario posterior a 2008 se agrieta. Los bancos centrales han quemado buena parte de la munición que usaron frente a la crisis financiera y la pandemia. Y, al retirar estímulos, dejan al descubierto economías muy endeudadas, mercados adictos al dinero barato y gobiernos acostumbrados a refinanciarse a coste casi cero.

El ‘Godzilla financiero’: mito, realidad y riesgos

La metáfora del “Godzilla financiero” funciona porque exagera lo justo. Durante años, Japón fue visto como un gigante inofensivo: enorme en tamaño monetario, pero controlado por una clase política reacia al riesgo y un banco central dispuesto a sostener el sistema a toda costa. Ese supuesto equilibrio se resquebraja cuando la inflación, aunque moderada, reaparece y la presión social por el encarecimiento de la vida aumenta.

La realidad es que Japón ya no puede mantener indefinidamente un régimen de tipos ultrabajos y control férreo de la curva sin asumir costes crecientes. Las tensiones en el mercado de bonos, el cuestionamiento de su credibilidad y la depreciación acumulada del yen han ido construyendo un escenario difícil de sostener políticamente.

El “despertar” del Godzilla no es un evento puntual, sino un proceso: cada pequeña corrección en la política japonesa desencadena movimientos abruptos en divisas, bolsas y deuda global. Cuando el Banco de Japón relaja sus límites a los rendimientos de los bonos, los inversores internacionales recalculan de inmediato dónde colocar su dinero, qué riesgos merecen prima y qué activos ya no están tan protegidos por el paraguas monetario.

Lo más grave es que la salida no tiene un manual claro. El precedente de la Reserva Federal con el taper tantrum de 2013 muestra cómo la sola insinuación de menos estímulos puede provocar ventas masivas y turbulencias en emergentes. En el caso japonés, el volumen acumulado es mayor, la interconexión con la deuda global es más intensa y el margen de error, mucho menor.

Europa y el auge del euro digital

Mientras el gigante asiático ajusta su experimento, Europa juega su propia partida. Christine Lagarde y el Banco Central Europeo impulsan el proyecto de euro digital, que llegará al Parlamento Europeo con una propuesta legislativa que puede redefinir la relación entre ciudadanos, bancos y autoridad monetaria.

Oficialmente, el argumento es modernizar el sistema de pagos, ofrecer una alternativa pública a las plataformas privadas y garantizar la soberanía monetaria en un entorno dominado por grandes tecnológicas y divisas digitales privadas. Sin embargo, el diseño que se baraja va mucho más allá de un simple salto tecnológico.

El euro digital abre la puerta a que el BCE tenga acceso directo al ciudadano, sin necesidad de intermediación bancaria para ciertas funciones básicas. Eso implica que, en una situación extrema, podría imponer límites de uso, aplicar tipos de interés específicos a distintos colectivos o incluso establecer caducidades a ciertos saldos para incentivar el gasto.

El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Japón trata de salir de un experimento de liquidez sin precedentes, Europa se prepara para entrar en una fase en la que el dinero será más programable, más trazable y potencialmente más controlable. El mensaje de fondo es claro: la batalla del futuro no será solo por el tipo de cambio, sino por el propio diseño del dinero.

Represión financiera y nuevo control monetario

La llamada “represión financiera” —mantener tipos reales negativos para licuar la deuda y forzar a los ahorradores hacia determinados activos— no es nueva. Lo que cambia ahora es su capacidad de afinarse cuando el dinero se vuelve digital. Un euro programable permite, en teoría, aplicar tipos de interés diferenciados, modular incentivos casi en tiempo real y limitar ciertas operaciones con una precisión impensable en el sistema actual.

En un contexto de deuda pública elevada —la media de la zona euro ronda ya el 88% del PIB, con grandes economías por encima del 110%— la tentación de usar estas palancas será fuerte. Tipos nominales bajos, inflación moderadamente elevada y restricciones indirectas al ahorro en efectivo componen una receta clásica de represión financiera, actualizada ahora con tecnología.

La consecuencia es clara: el ahorro conservador se convierte en el gran perdedor. Depósitos que rinden menos que la inflación, bonos públicos con tipos reales negativos y una presión creciente para asumir más riesgo en busca de rentabilidad. El euro digital podría convertirse en la herramienta que consolide este entorno durante más tiempo de lo que admitiría una sociedad acostumbrada a la libertad total en el uso del efectivo.

Las preguntas clave son incómodas. ¿Qué precio se pagará en privacidad, autonomía y resiliencia del sistema si todo el dinero es trazable y potencialmente bloqueable? El diagnóstico es inequívoco: el diseño del euro digital será uno de los campos de batalla políticos y económicos de la próxima década.

Tensiones geopolíticas y la fragilidad del dólar

Ningún cambio monetario relevante se entiende al margen de la geopolítica. El dólar sigue siendo la principal divisa de reserva, pero su peso en las reservas globales ha caído desde niveles en torno al 70% hace dos décadas a algo por debajo del 60%. No es un desplome, pero sí una tendencia persistente en un mundo más fragmentado.

Las sanciones financieras a Rusia, la creciente rivalidad con China y la utilización del sistema de pagos como arma de presión han enviado un mensaje a muchas capitales: depender en exceso del dólar puede ser un riesgo estratégico. En paralelo, el endeudamiento crónico de Estados Unidos —con una deuda federal que ya supera el 120% del PIB— alimenta el debate sobre la sostenibilidad a largo plazo de su liderazgo.

En este tablero, el movimiento japonés añade otra capa de incertidumbre. Si Tokio eleva tipos y deja de ser una fuente de financiación ultra barata, muchos flujos que hoy se canalizan en dólares podrían reordenarse. Al mismo tiempo, China impulsa acuerdos bilaterales en yuanes y explora su propio modelo de moneda digital de banco central, buscando reducir la dependencia del billete verde.

La pregunta de fondo es si estamos ante el inicio del fin del “dólar hegemónico” o solo ante una adaptación a un mundo más multipolar. Por ahora, la inercia institucional, la profundidad de los mercados estadounidenses y su peso militar siguen sosteniendo al dólar. Pero la fragilidad percibida es mayor que hace una década y el margen de error de Washington, mucho menor.

Qué puede pasar ahora si Tokio pisa el freno

El desenlace del experimento japonés marcará el tono de la próxima fase del ciclo financiero global. Un ajuste gradual, bien comunicado y acompañado de reformas estructurales podría convertirse en un modelo de salida ordenada de la era del dinero gratis. Pero un giro brusco, forzado por la inflación o por la presión política interna, tendría un impacto muy distinto.

Un escenario de subida de tipos más rápida y reducción acelerada del balance del Banco de Japón podría desencadenar pérdidas significativas en carteras globales muy expuestas a deuda japonesa, presionar al alza las rentabilidades en otros mercados y provocar ventas en activos de riesgo, desde bolsas hasta inmobiliario. El efecto dominó afectaría especialmente a aquellas economías que han usado el dinero barato japonés para financiar posiciones apalancadas.

Por el contrario, si Tokio opta por mantener una parte de su experimento y solo introduce cambios marginales, el riesgo es otro: prolongar durante años una situación de zombificación, con empresas poco productivas sostenidas por financiación artificialmente barata y un Estado cada vez más endeudado. Es la versión prolongada del “día de la marmota” monetario.

En ambos casos, el resultado es el mismo: la era de estímulos sin costes aparentes ha terminado. Los inversores tendrán que distinguir con más rigor entre riesgo público y privado, entre deuda sostenible y artificios contables, entre bancos centrales capaces de normalizar su política y otros atrapados en su propia trampa.