El FMI alerta: 2026 se juega con un crecimiento del 3,3%
La última actualización del World Economic Outlook del Fondo Monetario Internacional (FMI) coloca el crecimiento mundial de 2026 en torno al 3,3%, una décima por encima de lo previsto hace solo unos meses y en línea con 2025. Sin embargo, detrás de esa cifra aparentemente tranquilizadora se esconde un diagnóstico mucho menos confortable: la economía global avanza, pero sobre un suelo plagado de grietas. La inflación desciende, pero lo hace lentamente, aún en torno al 3,8% en 2026 y sin regresar todavía a los objetivos de los bancos centrales. La fragmentación comercial, las tensiones geopolíticas y el boom de la inteligencia artificial (IA) conviven en un equilibrio inestable. Y lo más relevante: el propio FMI admite que una corrección parcial de la burbuja tecnológica podría restar hasta 0,4 puntos al crecimiento global. La consecuencia es clara: 2026 será un año de crecimiento, pero también de pruebas de estrés para gobiernos, empresas y mercados.
Un crecimiento que resiste, pero no despega
El FMI repite un mensaje que empieza a ser recurrente: la economía mundial resiste, pero no recupera el tono previo a la pandemia. El nuevo escenario fija el avance global en 3,3% para 2026 y 3,2% para 2027, cifras ligeramente mejores que las de octubre pero aún por debajo de la media histórica. El contraste es evidente si se compara con la década 2010-2019, cuando el crecimiento medio rondaba el 3,2%, impulsado por una globalización comercial mucho más fluida y unos tipos de interés cercanos a cero.
Ahora, el cuadro es distinto. Los tipos de interés reales positivos, la consolidación fiscal en muchas economías avanzadas y el enfriamiento del comercio frenan el motor. La resiliencia procede de otros factores: una inversión tecnológica sin precedentes —especialmente en IA, centros de datos y semiconductores—, condiciones financieras algo más acomodaticias y una sorprendente capacidad de las empresas para reconfigurar cadenas de suministro y mercados de destino.
El diagnóstico es inequívoco: la economía global no está al borde de la recesión, pero tampoco ha recuperado el dinamismo perdido. El mensaje implícito del FMI a los gobiernos es nítido: la fase de “crecer por inercia” se ha terminado. A partir de 2026, el avance mundial dependerá mucho más de decisiones de política económica, reformas estructurales y gestión de riesgos que de un ciclo global benévolo.
Fracturas geopolíticas que pasan factura
Si algo atraviesa el informe del FMI es la preocupación por unas tensiones geopolíticas que no dejan de escalar. El organismo habla abiertamente de riesgo de una “espiral de escalada” comercial si proliferan los nuevos aranceles y represalias entre grandes bloques. Los episodios más recientes de choque entre Estados Unidos y sus socios —especialmente en materia de tarifas industriales y tecnológicas— actúan como un recordatorio de hasta qué punto el comercio se ha convertido en un arma de política exterior.
Estas tensiones no son abstractas. Para el FMI, un deterioro adicional del entorno geopolítico podría traducirse en un repunte de la prima de riesgo, salidas de capital de los emergentes y, en el extremo, correcciones bruscas en los mercados de renta variable. Las economías más expuestas serían aquellas con elevada dependencia de financiación externa y déficits gemelos persistentes.
Este hecho revela hasta qué punto la economía mundial ha pasado de la lógica de integración a la de bloques. La consecuencia inmediata es una menor previsibilidad: los shocks ya no se explican solo por datos macro, sino por decisiones políticas y episodios de tensión diplomática. En ese contexto, la advertencia del FMI es clara: sin una mínima estabilidad geopolítica, el crecimiento del 3,3% de 2026 puede convertirse en un techo frágil.
La fragmentación comercial ya está reescribiendo el mapa global
La fragmentación comercial es algo más que titulares sobre aranceles. El FMI constata una reorientación profunda de los flujos de comercio, con empresas que redibujan sus cadenas de valor para reducir riesgos regulatorios, logísticos y políticos. El concepto de friend-shoring —trasladar producción a países aliados— ha pasado del debate teórico al terreno de la inversión real.
Los datos van en esa dirección. El propio Fondo calcula que el crecimiento del volumen de comercio mundial caerá del 4,1% en 2025 al 2,6% en 2026, antes de recuperarse moderadamente, reflejando el impacto de nuevos patrones de front-loading, desvíos comerciales y cambios de proveedores. La economía global, en la práctica, está pagando un “impuesto” en forma de menos eficiencia y menores ganancias de productividad por la menor integración.
Lo más grave, según el FMI, es que esta fragmentación castiga especialmente a los países emergentes que habían logrado insertarse en cadenas globales de valor exportando manufacturas y servicios intermedios. Sin acceso estable a mercados, crédito y tecnología, su convergencia con las economías avanzadas se ralentiza. El contraste con la etapa posterior a la entrada de China en la OMC resulta demoledor: si entonces la integración sumaba décimas al PIB mundial, ahora la fragmentación las resta silenciosamente.
Inflación a la baja, pero aún incómoda
En el frente de precios, el Fondo puede ofrecer buenas noticias, aunque con matices. La inflación global bajaría desde un 4,1% estimado en 2025 hasta 3,8% en 2026, para seguir descendiendo a 3,4% en 2027. En la práctica, esto abre la puerta a una política monetaria algo más laxa, con recortes graduales de tipos en las principales economías avanzadas.
Sin embargo, el FMI subraya que el proceso será desigual. En varias economías desarrolladas, incluida Estados Unidos, la inflación tardará más en volver al objetivo, lo que obliga a los bancos centrales a mantener un tono prudente y a resistir presiones políticas para bajar tipos con demasiada rapidez.
Este entorno deja un mensaje nítido para 2026: el riesgo ya no es tanto una nueva ola inflacionista como un aterrizaje incompleto, en el que los precios se enquistan ligeramente por encima de los objetivos y los bancos centrales se ven atrapados entre la estabilidad financiera y la credibilidad de sus mandatos. En los emergentes, la situación es todavía más delicada. Después de haber subido tipos antes y con más fuerza, muchos bancos centrales necesitan reducir el coste del crédito para reactivar el crecimiento, pero lo hacen con monedas vulnerables y niveles de deuda más elevados que antes de la pandemia.
Ganadores y perdedores del nuevo ciclo
El mapa de crecimiento para 2026 es marcadamente desigual. Entre las economías avanzadas, el FMI proyecta un avance medio de 1,8%, frente al 4,2% previsto para las economías emergentes y en desarrollo. Estados Unidos se sitúa en cabeza del G7 con una previsión de 2,4%, impulsado por la inversión en tecnología y una política fiscal todavía expansiva.
China, por su parte, mantendría un crecimiento de en torno al 4,5% en 2026, apoyado en la reducción de tensiones comerciales y en estímulos selectivos, mientras que India se consolida por encima del 6%, convertida en uno de los principales motores del crecimiento mundial. Europa, en cambio, avanza a menor ritmo, con grandes economías como Alemania moviéndose en el entorno del 1,1% y el Reino Unido en torno al 1,3%.
En América Latina, el crecimiento rondará el 2,2% en 2026, con una Brasil lastrada por una política monetaria aún restrictiva y una México atrapada entre la oportunidad del near-shoring y la incertidumbre regulatoria. El resultado es un mundo a varias velocidades, donde una parte del crecimiento agregado descansa en un puñado de economías de gran tamaño. Si alguno de esos motores —Estados Unidos, China o India— se frena, el efecto arrastre sobre el resto del planeta sería inmediato.
El talón de Aquiles: deuda y estabilidad financiera
El informe del FMI no esconde su preocupación por la acumulación de deuda pública y privada tras años de tipos bajos, pandemia y respuestas fiscales masivas. La combinación de un coste de financiación más elevado y unas necesidades de refinanciación crecientes convierte 2026 en un año crítico para muchos emisores soberanos y corporativos.
El organismo advierte, además, de un nuevo foco de riesgo: la concentración de expectativas en torno al boom de la IA y de la tecnología. La economía mundial está, en parte, “apalancando su crecimiento futuro a las promesas de la revolución digital”, admite el propio Gourinchas. Si esos beneficios en productividad no se materializan, una corrección de los valores tecnológicos podría recortar hasta 0,4 puntos el crecimiento global y tensionar los balances de fondos, bancos y aseguradoras.
En paralelo, la deuda de muchos países de renta baja vuelve a niveles que el FMI considera “difíciles de sostener”. Los episodios recientes de reestructuración —desde África hasta América Latina— sugieren que el calendario de crisis de deuda podría intensificarse si las condiciones financieras se endurecen de nuevo o si los flujos de capital se redirigen hacia activos considerados más seguros.
Qué exige el FMI a gobiernos y bancos centrales
Frente a este tablero, el Fondo es explícito en sus recomendaciones. A los bancos centrales les pide que mantengan su independencia y su foco en la inflación, aprovechando el espacio que abre la desinflación para rebajar tipos de forma gradual, pero sin precipitarse ni ceder a presiones políticas.
A los gobiernos, el mensaje es doble. Por un lado, consolidación fiscal inteligente: reducir déficits y deuda sin recortar a ciegas inversión, educación o transición energética. Por otro, políticas industriales y comerciales que eviten una deriva proteccionista pura y dura. El FMI admite que ciertos apoyos estratégicos son inevitables, pero advierte de que su proliferación desordenada puede fragmentar aún más la economía mundial.
En los emergentes, la prioridad pasa por reforzar marcos fiscales y monetarios creíbles, ampliar la base tributaria y blindar la estabilidad de los bancos centrales frente a interferencias políticas. El diagnóstico es inequívoco: sin instituciones sólidas, la volatilidad de capitales, divisas y precios puede neutralizar cualquier rebote de la actividad.