El FMI exige a Pakistán un superávit del 2% en 2027

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La misión en Islamabad cierra sin acuerdo final, pero con un guion claro: ajuste gradual, impuestos y energía, y tipos altos para contener la inflación.

Pakistán vuelve a sentarse ante el FMI con la misma pregunta, reformulada: ¿cuánto dolor fiscal puede absorber una economía de 245 millones sin romperse por el lado social? La misión, liderada por Iva Petrova, se marcha de Islamabad tras una semana de reuniones y deja una cifra en la mesa: superávit primario del 2% del PIB en el ejercicio fiscal 2027. La negociación presupuestaria seguirá “en los próximos días”. Y ese matiz lo cambia todo. Porque en el FMI, el adjetivo “constructivo” suele significar que el pulso aún no ha terminado. En economía, la cifra manda —y no es un capricho de estilo—: es el dato que disciplina el relato.

Un superávit que no admite maquillaje

El compromiso con un 2% de superávit primario en FY2027 es, en la práctica, una línea roja: el Gobierno debe recaudar más de lo que gasta antes de intereses, y hacerlo de forma sostenida. Esa exigencia no nace del purismo contable, sino del diagnóstico de fondo: la deuda y la dependencia de financiación externa siguen condicionando cada decisión. El FMI lo encuadra dentro de una “consolidación gradual”, pero la palabra clave es gradualidad, no indulgencia.
Fuentes locales sitúan ese objetivo en torno a 2,8-2,9 billones de rupias (según el marco que se discute para el próximo presupuesto), una cifra que revela el tamaño del ajuste cuando se aterriza en moneda doméstica. Lo más grave es que el margen para fallar es mínimo: sin superávit primario, el interés devora el presupuesto y el mercado castiga primero al tipo de cambio y después a los precios.

La letra pequeña: impuestos, provincias y gasto eficaz

El FMI no se limita a pedir números; exige mecanismo. En su comunicado, el organismo pone el foco en ensanchar la base fiscal, mejorar la administración tributaria y elevar la eficiencia del gasto y la gestión financiera pública “a nivel federal y provincial”. El subtexto es inequívoco: la recaudación no puede depender solo de subir tipos nominales, sino de cobrar mejor y cerrar grietas.
En rondas previas, el Fondo ya empujó hacia medidas más concretas —auditorías, digitalización, mayor control— y la creación de una arquitectura técnica que reduzca el vaivén político. Por eso la discusión con las provincias vuelve a escena: sin reparto del esfuerzo, el ajuste se convierte en una trampa contable. El contraste con otros programas del FMI resulta demoledor: cuando la coordinación territorial falla, el calendario se rompe y el coste financiero se dispara.

Tipos altos y el miedo al “segundo round” energético

El Banco Central de Pakistán reiteró su compromiso con una política monetaria “apropiadamente restrictiva” para anclar expectativas de inflación y vigilar los efectos de segunda ronda derivados de subidas energéticas. Es un reconocimiento implícito de fragilidad: la energía no solo encarece la factura; contamina el resto de precios vía transporte, alimentos y salarios.
El FMI proyecta para 2026 un crecimiento del 3,6% y una inflación del 7,2%, cifras que, por sí solas, ya obligan a un equilibrio delicado entre estabilidad y actividad. Si los precios de la energía repuntan —y el propio Fondo alude a las “disrupciones” del conflicto en Oriente Medio— el margen se estrecha aún más.
En síntesis, el mensaje fue este: tipos firmes ahora para evitar que la inflación se convierta en cultura económica mañana, aunque el coste político sea inmediato.

El tipo de cambio como amortiguador, no como dogma

En un país donde el dólar es termómetro social, el FMI insiste: la flexibilidad cambiaria debe seguir actuando como “amortiguador de shocks”, y Pakistán debe profundizar el mercado interbancario de divisas. Traducido: menos intervenciones defensivas y más reglas transparentes para evitar pánicos recurrentes.
La consecuencia es clara. Si el Gobierno protege artificialmente la moneda, quema reservas y termina pagando el ajuste por otro lado: controles, inflación importada o racionamiento de dólares para empresas. Si la deja respirar, el golpe se concentra al principio, pero el sistema vuelve a encontrar precio.
Fuentes citadas por prensa local añaden otro objetivo paralelo: aumentar las reservas netas en torno a 5.600 millones de dólares, precisamente para romper el ciclo de vulnerabilidad externa. El FMI sabe que, sin colchón, el presupuesto FY2027 se convierte en papel mojado ante el primer sobresalto global.

Energía y empresas públicas: la reforma que siempre vuelve

Hay reformas que regresan porque nunca se cierran. En la nota de conclusión de la misión, el FMI vuelve a enumerar el núcleo duro: sector energético, empresas públicas, liberalización de mercados y reformas financieras orientadas a atraer inversión privada “de calidad”. Es el menú clásico de un programa que intenta reducir el peso del Estado donde más pérdidas se acumulan.
Lo más delicado es la energía, porque mezcla economía y calle. Avanzar en “reformas de subsidios” —incluidas las eléctricas— tiene un impacto directo en la factura doméstica. Y, sin embargo, el diagnóstico es inequívoco: si el Estado subvenciona indefinidamente, el déficit vuelve por la puerta de atrás.
Aquí entra también el componente climático del RSF: Pakistán discute un marco de financiación de riesgos de desastre e integrar clima en presupuesto e inversión. El Fondo intenta que lo climático no sea un anexo moral, sino contabilidad de riesgos.

El calendario de 2026: el verdadero examen está fijado

La misión se ha ido, pero la cuenta atrás sigue. El FMI prevé regresar en la segunda mitad de 2026 para una visita que, además, incluiría la consulta del Artículo IV y revisiones del EFF y el RSF. Es decir: el presupuesto FY2027 no es un trámite nacional, sino un hito internacional que condiciona desembolsos, credibilidad y precio de financiación.
En marzo, el propio Fondo ya situaba el marco financiero del programa en cifras: acceso a 1.000 millones de dólares bajo el EFF y 210 millones bajo el RSF, con desembolsos acumulados cercanos a 4.500 millones si se aprueban las revisiones. Con 7.138 millones de DEG aún pendientes en préstamos y compras del FMI, el margen de maniobra es estrecho.
La pregunta, por tanto, no es si habrá ajuste, sino dónde aterrizará: en impuestos, tarifas, gasto o tipo de cambio. Y en qué orden.