La IEA prevé un agujero de 1,8 millones de barriles diarios en 2026
Incluso con una reapertura gradual del Estrecho de Ormuz desde junio, la oferta mundial caería hasta 102,2 mbd mientras la demanda se enfría por precios altos y economía débil.
La Agencia Internacional de la Energía ha dibujado un escenario que incomoda por su aritmética y por su mensaje político: menos petróleo, más volatilidad y una economía obligada a frenar. En su informe mensual publicado el 13 de mayo de 2026, la IEA calcula que la oferta global promediará 102,2 millones de barriles diarios en 2026, 3,9 mbd menos que un año antes, incluso asumiendo que los flujos por el Estrecho de Ormuz “se reanudan gradualmente” a partir de junio. Del otro lado, la demanda se situaría en 104 mbd, pero no por fortaleza, sino por desgaste: caería 420.000 bpd y queda 1,3 mbd por debajo de las previsiones previas a la guerra. El resultado es un déficit persistente y un aviso incómodo: la energía vuelve a dictar el ritmo del crecimiento.
El cuello de botella que manda
Ormuz no es una metáfora: es un embudo físico que condiciona el precio del barril, el coste del transporte y la estabilidad de inventarios. En 2024, por el estrecho circularon de media 20 millones de barriles diarios, en torno al 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos, según la EIA.
La IEA insiste en que el tráfico sigue “severamente restringido” y que más de 14 mbd de producción del Golfo permanecen hoy shut in (cerrados) por la interrupción.
Lo más grave es que el mercado no solo pierde crudo: pierde previsibilidad. Y cuando la visibilidad desaparece, el riesgo se convierte en prima de precio.
Oferta en caída libre, incluso con “normalización”
El informe retrata una secuencia de deterioro que no se corrige con un simple “reabrir” la ruta. En abril, la oferta mundial cayó otros 1,8 mbd hasta 95,1 mbd, elevando la pérdida acumulada desde febrero a 12,8 mbd.
Los países más expuestos a la clausura de Ormuz sufren el golpe pleno: la producción del Golfo se sitúa 14,4 mbd por debajo de niveles prebélicos.
La compensación llega —parcialmente— desde el Atlántico y las Américas, pero el diagnóstico es inequívoco: la elasticidad de la oferta es menor de lo que el mercado suele asumir, y la logística (seguros, rutas, disponibilidad de buques) se ha convertido en un límite tan duro como el geológico.
La “destrucción de demanda” ya no es teoría
La IEA revisa a la baja el consumo global para 2026 hasta una caída de 420.000 bpd. No es un ajuste técnico: es un síntoma.
El frenazo se concentra en el segundo trimestre, con petroquímica y aviación como primeras víctimas de la restricción y de los precios.
«Precios más altos, un entorno económico más débil y medidas de ahorro acabarán recortando el uso de combustibles», viene a resumir el mensaje del organismo.
El contraste con otras crisis resulta demoledor: antes, la demanda se ajustaba por ciclo; ahora lo hace por estrés energético, con un efecto directo sobre movilidad, producción industrial y cadenas de suministro.
Refinerías bajo presión: el golpe silencioso
El shock no se agota en el barril. La IEA prevé que el throughput mundial de crudo en refinerías se desplome 4,5 mbd en el segundo trimestre de 2026 y caiga 1,6 mbd en el conjunto del año por daños, restricciones y falta de feedstock.
Esta combinación explica por qué los márgenes de refino siguen “históricamente altos”: el mercado no solo teme falta de crudo, teme falta de productos (diésel, queroseno, destilados medios), precisamente los que sostienen transporte y logística.
Para Europa —y por extensión España— el riesgo es doble: precios altos y disponibilidad irregular. La consecuencia es clara: el coste de la energía deja de ser un dato y vuelve a ser un factor político.
Inventarios: el termómetro que se vacía
Si la oferta es la herida, los inventarios son la fiebre. La IEA calcula una caída de 129 millones de barriles en marzo y de otros 117 millones en abril: 246 millones evaporados en dos meses.
El Financial Times añade que, desde el inicio del conflicto, el descenso global de stocks ronda los 250 millones de barriles, con especial tensión en combustibles de aviación en Europa.
Cuando los colchones se reducen, cualquier incidente —un ataque, un cierre administrativo, un repunte estacional— se traduce en picos. En ese entorno, las liberaciones de reservas estratégicas sirven para comprar tiempo, no para cambiar la tendencia. Y el tiempo, hoy, cotiza.
El efecto dominó que viene
El escenario “base” de la IEA presupone recuperación gradual de flujos desde junio. Aun así, el mercado quedaría infradotado hasta finales de 2026 si no hay acuerdo político, según el propio informe.
La EIA coincide en la idea clave: aunque el tráfico empiece a repuntar, volver a patrones preconflicto puede tardar hasta finales de 2026 o incluso 2027.
En la práctica, eso abre tres frentes simultáneos: presión sobre inflación, deterioro del crecimiento y más intervención pública (topes, subvenciones, ahorro obligatorio). Lo inquietante no es solo el precio del barril; es que el petróleo vuelve a decidir qué sectores prosperan, cuáles se frenan y qué economías aguantan mejor el golpe.