El Dow Jones mira a Ucrania mientras Irastorza advierte de una nueva fase global del conflicto

Irastorza advierte: Zelensky busca globalizar el conflicto para mantenerse en el poder
Eduardo Irastorza analiza en Negocios TV cómo el conflicto en Ucrania entra en una fase de globalización total, con el impacto de la disputa entre Ucrania e Irán, la influencia de China en recursos clave y las tensiones en Medio Oriente, además de las implicancias políticas y militares internacionales.

La guerra de Ucrania ha dejado de ser un conflicto contenido en el este de Europa.
Eduardo Irastorza, profesor de OBS Business School, sostiene que Volodímir Zelenski busca internacionalizar la confrontación para mantener el apoyo exterior y reforzar su continuidad política.
La tesis, discutible y no acreditada como hecho, señala una realidad más amplia: Ucrania, Oriente Medio, China y la industria militar occidental forman ya parte de un mismo tablero.
El Dow Jones, cuyos futuros avanzan entre un 0,7% y un 0,8%, celebra hoy la caída del petróleo.
Sin embargo, esa tranquilidad oculta una dependencia creciente de minerales, misiles y decisiones políticas capaces de alterar Wall Street en cuestión de horas.

Una guerra que amplía sus fronteras

Irastorza identifica una tercera fase del conflicto: la búsqueda de una implicación internacional más profunda que garantice a Kiev financiación, armas y relevancia diplomática. Según su interpretación, Zelenski necesita evitar que la guerra se convierta en un asunto secundario para Washington y las capitales europeas.

La acusación de que pretende prolongarla para mantenerse en el poder exige cautela. Ucrania continúa bajo la ley marcial, renovada por vigésima vez hasta el 31 de octubre de 2026, y su legislación impide celebrar elecciones nacionales mientras permanezca vigente. Esa continuidad institucional responde al marco bélico aprobado por el Parlamento, aunque también alimenta el debate sobre legitimidad, desgaste político y ausencia de urnas.

El conflicto sostiene al Gobierno de Zelenski, pero también impide desarrollar una normalidad democrática imposible bajo los ataques rusos.

El Dow Jones mide el riesgo

Wall Street funciona como un termómetro inmediato de esa globalización. Los futuros del Dow Jones han llegado a subir entre 280 y 400 puntos tras la pausa de los ataques entre Estados Unidos e Irán y el desplome del crudo. La reacción demuestra que el índice no solo responde a beneficios empresariales o tipos de interés: también descuenta guerras, rutas energéticas y disponibilidad de munición.

Una extensión simultánea de las tensiones en Ucrania y Oriente Medio beneficiaría inicialmente a grupos de defensa como Boeing, RTX o Honeywell. Sin embargo, acabaría castigando a industriales, fabricantes de automóviles y empresas de consumo mediante mayores costes energéticos y logísticos.

El Dow puede premiar el rearme durante una sesión, pero difícilmente celebra una economía de guerra prolongada.

China controla el cuello de botella

La capacidad occidental para sostener varios frentes depende de una cadena de suministro que sigue dominada por Pekín. China concentra más del 90% del refinado mundial de tierras raras, materiales fundamentales para radares, sistemas de guiado, cazas, drones, vehículos eléctricos y tecnologías de comunicación.

Las restricciones chinas introducidas desde 2025 ya obligaron a algunas industrias a reducir actividad o detener temporalmente la producción. Esta dependencia transforma los minerales críticos en un arma geopolítica comparable al petróleo.

El contraste resulta demoledor: Estados Unidos y la OTAN intentan acelerar el rearme, pero una parte esencial de los componentes necesarios pasa por instalaciones chinas. Occidente puede multiplicar sus presupuestos militares sin garantizar que dispondrá de los materiales para convertirlos en armamento.

Los Patriot revelan la debilidad

La escasez de interceptores Patriot resume el problema industrial. Lockheed Martin produce alrededor de 600 misiles PAC-3 MSE al año, con un coste aproximado de 4,2 millones de dólares por unidad, mientras la demanda se ha disparado por Ucrania y Oriente Medio.

Europa trata de reducir esta dependencia. MBDA y Raytheon están desarrollando en Alemania el primer centro europeo para fabricar misiles Patriot, una infraestructura concebida para reponer arsenales y ampliar una capacidad productiva que durante décadas fue insuficiente.

No obstante, una fábrica no resuelve inmediatamente años de infrautilización industrial. Formar personal, certificar componentes y asegurar materiales requiere tiempo. La guerra consume misiles en días; Europa necesita años para multiplicar su producción.

Oriente Medio completa el tablero

La reunión entre Donald Trump y Benjamín Netanyahu añade otra capa de presión. Ambos dirigentes deben abordar Irán, el sur del Líbano y la posición israelí en una región donde los objetivos de Washington y Jerusalén no siempre coinciden.

Trump busca preservar una salida diplomática que evite otra guerra abierta, mientras Netanyahu mantiene una estrategia más agresiva frente a Teherán y sus aliados. La pausa estadounidense ha relajado el petróleo y favorecido al Dow Jones, pero sigue siendo provisional.

Una reactivación de los ataques elevaría el crudo, endurecería las expectativas sobre la Reserva Federal y penalizaría a los sectores más sensibles al consumo. Ucrania necesita atención occidental; Oriente Medio amenaza con absorberla.

La denominada tercera fase no implica necesariamente una guerra mundial convencional. Describe una confrontación distribuida entre frentes militares, sanciones, minerales, tecnología, energía y capacidad industrial.

Zelenski busca mantener a Ucrania en el centro de la agenda. Rusia amplía sus alianzas. China protege los recursos que Occidente necesita. Israel presiona para reforzar la ofensiva regional y Estados Unidos intenta evitar que varios conflictos agoten simultáneamente sus arsenales. El poder ya no se mide únicamente por el número de soldados, sino por la capacidad de fabricar misiles, refinar minerales y financiar guerras largas. El Dow Jones puede continuar avanzando mientras el petróleo retrocede. Pero bajo esa subida permanece una pregunta mucho más incómoda: cuánto crecimiento puede sostener Occidente cuando cada nueva crisis exige más deuda, más defensa y más recursos estratégicos.