Meta dispara la factura de la IA con un plan de hasta 135.000 millones

Meta, EPA/JOHN G. MABANGLO
Meta llega a sus resultados del primer trimestre con una paradoja incómoda: los beneficios crecen, pero el gasto corre más. Wall Street descuenta unas ventas de 55.500 millones de dólares y un BPA de 6,67, cifras solventes en cualquier ciclo. Sin embargo, el verdadero examen está en la caja. La guía de capex para 2026 —115.000 a 135.000 millones— convierte cada titular corporativo en una pregunta: ¿cuánto cuesta, cuánto rinde y quién lo paga? La respuesta depende de dos motores: la fortaleza del negocio publicitario y la paciencia ante un metaverso que aún no ha dado su gran golpe.

El consenso de mercado llega con el listón colocado: ingresos en torno a 55.500 millones y 6,67 dólares de beneficio por acción. Si Meta cumple, la lectura inmediata será positiva. Lo más grave, sin embargo, es que el trimestre se ha convertido en un referéndum sobre disciplina financiera. La compañía ya no discute si debe invertir en IA, sino a qué velocidad y con qué nivel de tolerancia al deterioro del margen. La dirección ha abrazado una lógica de “gastar lo que haga falta” para no perder la carrera de infraestructura. En un sector donde el ganador se queda con la escala, el gasto se vende como defensa estratégica. Pero la consecuencia es clara: cualquier bache en anuncios se traduce en presión directa sobre caja, recompras y narrativa.

Un capex de escala estatal

La guía de inversión para 2026 —115.000-135.000 millones de dólares— sitúa a Meta en un club que hasta hace poco monopolizaban los gigantes del ‘cloud’. Este hecho revela un giro: ya no basta con entrenar modelos, hay que asegurar capacidad de cómputo, suministro eléctrico, redes y hardware durante años. El problema no es solo el volumen, sino el carácter semipermanente del compromiso. Los centros de datos se amortizan, pero también encadenan costes de operación y actualización. El contraste con ciclos anteriores resulta demoledor: antes la gran apuesta era de producto; ahora es de infraestructura. Y cuando la inversión se convierte en músculo, el mercado exige pruebas de retorno: mejoras medibles en monetización, automatización publicitaria o nuevas líneas de ingresos.

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La ofensiva de acuerdos: AMD, Google y Nebius

El trimestre ha dejado una estampa coherente con esa postura. En febrero, Meta cerró una alianza de chips con AMD valorada “hasta” 100.000 millones en cinco años, con un componente explosivo: un warrant que podría otorgarle alrededor del 10% del fabricante. A ello se sumó un acuerdo multibillonario con Google y un pacto de infraestructura con Nebius con potencial de 27.000 millones. No son contratos aislados: dibujan una cartera para asegurar suministro y precio en un mercado donde la escasez es un riesgo operativo. “No se trata de comprar capacidad, sino de garantizar que la compañía no se queda sin ella cuando el próximo salto de modelos dispare la demanda”, resume la lógica que el mercado empieza a descontar.

Recortes selectivos para financiar la carrera

Para amortiguar la factura, Meta confirmó cerca de 8.000 recortes de empleo en varias divisiones. La compañía intenta enviar un mensaje doble: inversión agresiva en IA, pero control quirúrgico del resto. Sin embargo, el ajuste revela una tensión interna. Si el gasto en infraestructura crece más rápido que el beneficio, el margen se defiende con tijera: menos estructura, más automatización, más foco en eficiencia. El riesgo es conocido en grandes transformaciones: ahorrar donde no se ve para gastar donde sí se ve. En el corto plazo, los recortes sostienen la cuenta de resultados; en el medio, pueden erosionar capacidades en producto o moderación de riesgos. La clave será si la IA compensa esa pérdida con productividad real y nuevas ventas.

Reality Labs: el agujero que no se cierra

Mientras la IA reclama capital, el metaverso continúa como pasivo reputacional. Reality Labs —Quest, Ray-Ban Meta, Horizon Worlds— apunta a pérdidas operativas de alrededor de 5.590 millones de dólares. Zuckerberg mantiene la apuesta, pero el mercado la valora como coste de oportunidad: cada dólar que no produce adopción masiva compite con el capex de IA y con el retorno inmediato del negocio de anuncios. El diagnóstico es inequívoco: sin un “hit” mainstream, Reality Labs sigue siendo un laboratorio caro. La pregunta ya no es si puede funcionar, sino cuánto tiempo puede sostenerse sin obligar a elegir. Y esa elección se vuelve más probable cuanto más grande es el cheque de los centros de datos.

Regulación y geopolítica: el freno chino a Manus

El trimestre también expuso una fragilidad menos discutida: la dependencia de permisos en plena rivalidad tecnológica. La planificadora estatal china bloqueó la adquisición de Manus, una ‘startup’ de IA con raíces chinas y sede en Singapur, operación valorada en 2.000 millones de dólares. La lectura va más allá del caso: confirma que el crecimiento por compras en IA es vulnerable a vetos cruzados, especialmente cuando hay talento, datos o propiedad intelectual sensibles. Para Meta, el golpe llega en mal momento: necesita acelerar capacidades propias, pero las vías rápidas (M&A) se estrechan. Si la publicidad sigue firme, el mercado tolerará el esfuerzo; si se enfría, la combinación de capex récord, metaverso deficitario y fricción regulatoria puede cambiar el humor de golpe.