Burry avisa: el desplome de bitcoin puede borrar 600.000 millones
El inversor que anticipó la crisis de 2008 ve en la criptomoneda un detonante potencial de quiebras corporativas, tensiones financieras y pérdida de confianza en el “nuevo oro digital”
No es la primera vez que Michael Burry lanza una advertencia que incomoda a Wall Street, pero esta vez el mensaje apunta al corazón del nuevo ciclo financiero: bitcoin. Tras su corrección hacia la zona de los 75.000 dólares, el gestor que supo adelantarse al colapso hipotecario de 2008 habla ya de “destrucción masiva de valor” y de un riesgo de contagio que podría ir mucho más allá del universo cripto.
Según sus cálculos, una caída adicional de apenas un 20%-25% podría convertir en insolventes a compañías que han llenado sus tesorerías de criptomonedas durante la última euforia alcista. El resultado no sería sólo dolor para especuladores, sino un problema de solvencia empresarial y confianza bancaria.
La metáfora del “oro digital” tampoco resiste el momento: mientras el metal precioso actúa como amortiguador, bitcoin se mueve más como un activo de alto riesgo que como refugio.
La nueva alarma de Burry
Burry no habla al vacío. Su nombre está asociado a la gran apuesta bajista contra las hipotecas subprime que inspiró The Big Short, y el mercado sabe que cada vez que abre la boca lo hace con el foco puesto en burbujas mal entendidas. Ahora, su diana es un bitcoin que ha pasado en pocas semanas de coquetear con los 100.000 dólares a arañar los 75.000, borrando más de 400.000 millones de dólares de capitalización en el camino.
Lo que le preocupa no es sólo la volatilidad —consustancial al activo—, sino la cantidad de riesgo indirecto que se ha acumulado alrededor: empresas cotizadas con parte relevante de su caja en cripto, fondos que ofrecen exposición empaquetada a minoristas y bancos pequeños con productos ligados al precio del token. “Cuando el activo colateral se derrumba, el problema deja de ser el activo y pasa a ser el balance”, es la idea que subyace a su mensaje.
Burry observa un patrón conocido: complacencia, narrativa de inmunidad frente al resto del sistema, y de repente la realidad de un mercado que sí importa para la estabilidad financiera. Esta vez el epicentro no son hipotecas, sino criptomonedas embebidas en estructuras corporativas que muchos analistas no han mirado con la suficiente atención.
Bitcoin, de refugio prometido a riesgo sistémico
Durante años, los defensores de bitcoin han repetido el mantra de que se trata de un activo refugio frente a la inflación, la impresión masiva de dinero y la inestabilidad política. El discurso funcionó: miles de inversores institucionales y millones de minoristas asumieron que, en el peor de los escenarios, la criptomoneda actuaría como el oro, o mejor.
La caída hacia los 75.000 dólares en un contexto de tensión macro y rebote del dólar cuestiona esa premisa. Mientras el oro aguanta y, en algunos momentos, incluso se aprecia, bitcoin sufre ventas masivas en paralelo a las bolsas más especulativas. Su comportamiento se acerca más al de un activo de riesgo extremo que al de un seguro ante la tormenta.
Este hecho revela una contradicción incómoda: si el activo llamado a ser refugio cae con más violencia que aquello de lo que se supone que protege, su valor como seguro se erosiona. Para Burry, el problema es doble. Por un lado, los inversores que se creían cubiertos descubren que no lo estaban. Por otro, las instituciones que han comprado el relato del “oro digital” pueden encontrarse con pérdidas no realizadas equivalentes al 10%-15% de su patrimonio neto si la corrección se intensifica.
Empresas con cripto en caja: el eslabón débil
La advertencia más contundente de Burry apunta directamente a las empresas cotizadas que han convertido bitcoin en parte central de su tesorería. En los últimos años, varias compañías tecnológicas y algunas firmas industriales han destinado entre un 15% y un 40% de su caja a comprar criptomonedas, amparadas en un entorno de tipos bajos y liquidez sobrante.
Con precios al alza, la jugada parecía brillante: las plusvalías contables maquillaban resultados, la acción subía y el relato de innovación se reforzaba. Pero con el activo bajando en vertical, el mecanismo se invierte. Lo que antes era un colchón se transforma en lastre. Las pérdidas latentes erosionan patrimonio, los ratios de solvencia se deterioran y los auditores empiezan a hacer preguntas incómodas.
En palabras no pronunciadas pero implícitas en la lógica de Burry, “no se trata de odiar bitcoin, se trata de preguntarse qué pasa cuando un activo tan volátil se sienta en el lado equivocado del balance”. Si el descenso se prolonga, no es descartable que veamos amortizaciones de cientos o miles de millones y, en casos extremos, tensiones de liquidez que obliguen a ventas forzadas de otros activos para compensar el agujero.
Efecto dominó en bolsas, bancos y metales
La corrección de bitcoin no se produce en un vacío. Burry subraya un posible efecto cascada que ya deja huella en otros mercados. Las acciones de compañías fuertemente expuestas a cripto han sufrido caídas muy superiores a la media de los índices, con descensos diarios de entre el 8% y el 15% en jornadas de fuerte presión vendedora.
Al mismo tiempo, se observa un comportamiento anómalo en los metales preciosos: lejos de actuar como refugio puro, algunos han registrado caídas paralelas, impulsadas por ventas forzadas de fondos mixtos que necesitan hacer liquidez. Cuando un producto combina oro y cripto en la misma cesta, la presión sobre uno acaba contaminando al otro.
Los bancos de menor tamaño, especialmente aquellos que han ofrecido préstamos colateralizados con criptomonedas, pueden convertirse en otra vía de transmisión. Si el valor del colateral se desploma por debajo de ciertos umbrales, las entidades se ven obligadas a ejecutar garantías o a provisionar pérdidas. Ninguno de estos movimientos es benigno para un sistema que aún digiere el impacto de tipos altos y morosidad al alza.
Paralelismos inquietantes con 2008
Burry conoce bien el mecanismo por el que un problema aparentemente acotado se convierte en crisis sistémica. En 2008, el detonante fueron los impagos hipotecarios subprime; la mecha, la titularización masiva de esos créditos en productos opacos que inundaron los balances de bancos y aseguradoras. Hoy, las criptomonedas no tienen ni el mismo peso ni la misma estructura, pero el paralelismo aparece en la opacidad y la interconexión.
Muchos inversores, y no pocos reguladores, siguen viendo el universo cripto como algo separado del sistema financiero tradicional. Burry sugiere lo contrario: que buena parte de ese riesgo ya está incrustado en fondos cotizados, vehículos estructurados, balances empresariales e incluso en cuentas de clientes de banca privada, aunque no siempre bajo la etiqueta “bitcoin”.
El otro paralelismo está en la narrativa. Entonces se hablaba de que el riesgo estaba disperso y, por tanto, controlado; hoy se repite que la tecnología subyacente es revolucionaria y que el mercado se autorregulará. En ambos casos, la fe en el sistema sustituyó al análisis frío de los datos. “Cuando todos repiten la misma historia de seguridad, suele ser el momento de revisar dónde están realmente los agujeros”, podría resumir Burry.