Las bolsas asiáticas reaccionan con ventas y volatilidad al aviso de la Casa Blanca

El Nikkei se desploma un 2% tras la amenaza arancelaria de Trump a Canadá

El Nikkei se desploma un 2% tras la amenaza arancelaria de Trump a Canadá

El aviso llegó en fin de semana y el impacto se vio el lunes en las pantallas. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenazó con imponer aranceles del 100% a Canadá si Ottawa llega a firmar un acuerdo comercial con China sin el visto bueno de Washington. El mensaje, dirigido a un socio estratégico y vecino, activó de inmediato los reflejos del mercado. El Nikkei 225 se desplomó un 1,96%, el Kospi surcoreano cedió un 0,33% y las principales plazas chinas cotizaron con movimientos dispares pero muy volátiles. Mientras tanto, el yen se apreció con fuerza y obligó a Tokio a lanzar un nuevo aviso contra los movimientos “anormales” en divisas. 

Un Nikkei en rojo y un mapa bursátil partido en dos

La reacción inmediata se vio en Japón. El Nikkei 225, principal índice de la tercera economía del mundo, cayó un 1,96% en la sesión asiática, reflejando el temor de los inversores a un nuevo frente comercial abierto desde Washington. La caída fue especialmente intensa en sectores cíclicos y exportadores, muy sensibles a cualquier amenaza sobre el comercio internacional y al comportamiento del yen.

Nikkei Stock Average, Nikkei 225

En Corea del Sur, el Kospi retrocedió un 0,33%, en una sesión dominada por el goteo vendedor en tecnología y automoción, dos sectores que dependen directamente de las cadenas globales de suministro que podrían verse alteradas por nuevas tensiones. En contraste, Hong Kong logró avanzar un 0,29%, apoyado en compras selectivas en valores financieros y energéticos, mientras que el Shanghai Composite sumó un 0,39% y el Shenzhen Composite se dejó un 0,58%, una foto fija que refleja más rotación sectorial que un movimiento direccional claro.

Índice Korea Composite Stock Price

Lo más relevante, sin embargo, no es la magnitud de las caídas, sino la rapidez con la que el mercado ha incorporado el riesgo de una escalada política a la ecuación bursátil, reeditando patrones vistos en la anterior guerra comercial entre Estados Unidos y China.

El nuevo frente: Trump apunta a Canadá para frenar a China

El mensaje de Trump fue directo: si Canadá firma un acuerdo comercial con China sin la aquiescencia de Washington, se enfrentará a aranceles del 100%. La amenaza introduce un elemento nuevo y especialmente inquietante: la presión no solo sobre el rival estratégico —China—, sino también sobre un socio tradicional y aliado en el marco del USMCA, el acuerdo que sustituyó al antiguo NAFTA.

A diferencia de rondas previas de tensión comercial, en las que el foco era la imposición directa de aranceles a productos chinos o europeos, el movimiento actual utiliza a Ottawa como dique de contención frente a un eventual acercamiento con Pekín. Este hecho revela una estrategia más sofisticada, pero también más imprevisible: convertir las propias reglas del bloque norteamericano en herramienta para limitar el margen de maniobra de terceros países frente a China.

El mercado lee esta estrategia como un aviso a navegantes. Si Estados Unidos está dispuesto a tensionar incluso su relación con Canadá para frenar la influencia económica de Pekín, el riesgo percibido es que cualquier país que busque diversificar sus alianzas comerciales puede convertirse en el próximo objetivo retórico de la Casa Blanca.

Las cláusulas del USMCA que atan las manos a Ottawa

El primer ministro canadiense, Mark Carney, se apresuró a recordar el marco jurídico que condiciona cualquier aproximación a China. “Nuestro Gobierno respeta sus compromisos en el marco del USMCA de no perseguir acuerdos de libre comercio con economías no de mercado sin notificación previa”, subrayó. Y remató: “No tenemos intención de hacerlo con China ni con ninguna otra economía no de mercado”.

El USMCA incluye una cláusula que, en la práctica, penaliza a los socios que negocien tratados con economías consideradas “no de mercado”, un concepto en el que Washington incluye expresamente a China. La consecuencia es clara: Canadá se mueve en un margen de maniobra muy estrecho, en el que incluso los gestos diplomáticos hacia Pekín pueden ser interpretados como una amenaza por la Administración estadounidense.

Lo más grave para el mercado es la percepción de que esas cláusulas, concebidas inicialmente como un cortafuegos jurídico, se están convirtiendo en arma política de uso cotidiano. Eso incrementa la incertidumbre regulatoria para empresas exportadoras, inversores y entidades financieras que operan a ambos lados de la frontera y que ya trabajan con costes elevados por seguros de tipo de cambio y cobertura de riesgo político.

Japón, atrapado entre el dólar, el yen y la geopolítica

En paralelo a las sacudidas bursátiles, el mercado de divisas volvió a situar a Japón en el centro de la tensión. El dólar llegó a caer un 1,20% frente al yen, hasta los ¥153,96, un movimiento que reaviva el debate sobre la posibilidad de una intervención coordinada de las autoridades niponas.

La primera ministra Sanae Takaichi lanzó un aviso inequívoco: “Tomaremos las medidas necesarias contra movimientos especulativos o muy anormales del mercado”. El diagnóstico es claro: Tokio no está dispuesto a tolerar que el yen se convierta en el refugio automático cada vez que estalla un episodio de riesgo geopolítico si ello compromete la competitividad de sus exportadores.

Este hecho revela una pinza incómoda para Japón. Por un lado, necesita un yen razonablemente débil para sostener la recuperación y los márgenes de sus multinacionales. Por otro, cada crisis comercial o política dispara la demanda de activos refugio, empezando por la moneda japonesa y los bonos soberanos, alimentando el tipo de movimientos que el propio Gobierno califica de “anormales”. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Europa intenta estabilizar su divisa con mensajes del BCE, en Asia son directamente los gobiernos los que se ven forzados a salir al mercado verbalmente.

Por qué Asia reacciona con tanta sensibilidad a cada amenaza

La fuerte sensibilidad de las bolsas asiáticas a un solo mensaje de Washington tiene una explicación estructural. Asia-Pacífico concentra hoy más del 35% del PIB mundial y alrededor del 40% del comercio global de mercancías, pero sigue dependiendo en gran medida del acceso a los mercados de Estados Unidos y Europa. El recuerdo de la guerra comercial 2018-2019, que dañó cadenas de suministro y desplomó la confianza empresarial, sigue muy presente en los consejos de administración.

Además, la región vive una doble transición: por un lado, hacia modelos de crecimiento más basados en consumo interno; por otro, hacia tecnologías estratégicas —chips, baterías, renovables— que están en el epicentro de la rivalidad entre Washington y Pekín. Cualquier amenaza de nuevos aranceles o restricciones genera el temor a un efecto dominó en sectores como la electrónica, la automoción o la logística.

Este nuevo episodio con Canadá introduce un matiz adicional: la idea de que la lista de frentes abiertos puede ampliarse a socios hasta ahora considerados “seguros”, como Ottawa. Para los inversores, eso significa que ya no basta con monitorizar la relación bilateral Estados Unidos-China; hay que incorporar a la ecuación la red completa de aliados y acuerdos que orbitan en torno a ambos.

Impacto potencial en Europa y en las empresas españolas

Aunque el epicentro del terremoto esté en Asia y Norteamérica, Europa y, por extensión, las compañías españolas no son meras espectadoras. Una escalada arancelaria entre Estados Unidos y Canadá que tenga a China como telón de fondo puede reconfigurar flujos comerciales y cadenas logísticas en las que participan multinacionales europeas.

Sectores como la automoción, la industria auxiliar, la química o la alimentación podrían verse afectados por desvíos de comercio, cambios en normas de origen o nuevos requisitos regulatorios. Para las empresas españolas con presencia en América del Norte y Asia —desde grupos bancarios a compañías de infraestructuras o energéticas—, se abre un escenario de mayor volatilidad en divisas, incremento de costes de cobertura y necesidad de repensar estrategias de inversión a medio plazo.

El diagnóstico es inequívoco: el riesgo geopolítico vuelve a ser un factor determinante en la valoración de activos. Los gestores europeos empiezan a incorporar escenarios en los que la fragmentación del comercio mundial se acelera, con bloques que defienden sus áreas de influencia a golpe de arancel y cláusula jurídica, más que de negociación multilateral.