Novak avisa: el petróleo puede dispararse otra vez con Ormuz bloqueado

Petróleo Foto de Grant Durr en Unsplash

El viceprimer ministro ruso no descarta nuevas subidas y el mercado responde con un “premio de guerra” que ya amenaza inflación y crecimiento.

El Brent ha rozado los 126 dólares y, aunque luego se ha replegado hacia los 114, el mensaje del Kremlin es inequívoco: el barril aún puede escalar. Alexander Novak, hombre clave de Moscú para la energía y la interlocución con la OPEP+, admite que una nueva subida es posible mientras la crisis en Oriente Medio vuelve a estrangular rutas y expectativas. El temor no es abstracto: por el Estrecho de Ormuz circula el equivalente a 20 millones de barriles diarios, cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. Europa ya acusa el golpe: inflación al 3% y energía disparada un 10,9%, con el crecimiento en el filo.

El “premio de guerra” vuelve al barril

El mercado del crudo se ha convertido en un termómetro político. No necesita una interrupción total de suministro: le basta con la percepción de que el peor desenlace es plausible. El jueves, el Brent llegó a superar los 126 dólares antes de retroceder, un movimiento que no responde a fundamentos clásicos de demanda, sino a una prima de riesgo en tiempo real.

El matiz es decisivo: la volatilidad no es solo precio, es también logística. El crudo “disponible” en Europa y Asia se encarece por seguros, desvíos y tiempos de tránsito. La consecuencia es clara: el shock se transmite a los combustibles —y de ahí a toda la cesta de precios— con una velocidad que los bancos centrales detestan.

Novak, en ese contexto, no está haciendo futurología. Está describiendo un mercado que, cuando duda, paga por adelantado el riesgo de quedarse sin barriles.

Ormuz, el cuello de botella que decide el precio

Ormuz es estrecho por geografía y por alternativas. La estadística que sostiene el nerviosismo es brutal: en 2024, el flujo medio fue de 20 millones de barriles al día, el equivalente a alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. Y la capacidad de sortearlo es limitada: si el paso se deteriora, el mundo no “recoloca” fácilmente esa arteria.

Por eso la escalada no se explica solo por los titulares, sino por el atasco físico: menos barcos disponibles, más esperas, más costes. Es una inflación importada en estado puro. El contraste con episodios recientes resulta demoledor: donde antes el mercado asumía que el tránsito se reabría rápido, ahora internaliza semanas —o meses— de fricción.

Y ahí está el mensaje implícito de Novak: si el estrechamiento continúa, el precio no tiene por qué haber tocado techo.

Moscú, beneficiario incómodo de la escasez

Para Rusia, cada dólar adicional en el Brent tiene una lectura fiscal. Lo más grave para Europa no es solo pagar más, sino que parte de esa prima puede terminar estabilizando ingresos del principal exportador que Occidente intentó arrinconar desde 2022. Novak ya ha presumido de un giro significativo: el crudo ruso ha pasado de descuentos a venderse “sin descuento” e incluso con prima en determinados mercados, empujado por la necesidad global de sustitución.

El mecanismo es conocido: cuando Asia compite por barriles, el “margen” de sanciones se vuelve menos eficaz y el precio manda. A finales de marzo, el Urals rondaba los 96 dólares por barril, un nivel impensable en los momentos de mayor castigo comercial.

Novak, además, juega en doble tablero: sostiene la interlocución con la OPEP+ —clave para administrar la oferta— y al mismo tiempo capitaliza el caos logístico que eleva el valor del barril disponible.

Europa ante el shock: inflación al 3% y crecimiento al límite

La factura ya se ve en los datos. La inflación de la eurozona subió al 3% en abril desde el 2,6% de marzo, con la energía creciendo un 10,9% interanual. Y el crecimiento se mueve en terreno pantanoso: el PIB apenas avanzó un 0,1% en el primer trimestre.

Este hecho revela un riesgo clásico: la estanflación, ese escenario en el que subir tipos para frenar precios puede agravar la debilidad económica. La propia dinámica del petróleo lo alimenta: encarece transporte, industria y alimentos; y, de rebote, erosiona consumo. El diagnóstico es inequívoco: cuanto más se prolongue la tensión, más difícil será que el shock sea transitorio.

En paralelo, el mercado teme un regreso a referencias históricas incómodas: la crisis energética como detonante de un giro macro que, en Europa, suele llegar tarde y con coste político.

El dilema de la oferta: más barriles, pero no a tiempo

El debate inmediato es si la oferta “puede” responder. El problema real es si puede hacerlo a tiempo y con la logística intacta. La Agencia Internacional de la Energía lo resume con un dato que hiela: “North Sea Dated crude was trading around $130/bbl – $60/bbl above pre-conflict levels.”

Incluso cuando hay crudo en el mundo, el cuello de botella es el movimiento: fletes, seguros, rutas alternativas, refino. Y ahí el diferencial Brent-WTI se convierte en pista: el Brent sufre más por su exposición a costes marítimos y a los flujos cerca de Ormuz.

A ello se suma la política: coaliciones navales, bloqueos, negociaciones que se estancan. El resultado es una oferta que, aun ampliable, llega tarde al consumidor y alimenta la percepción de escasez.