Oro, plata, S&P 500 y Nasdaq borran 3,6 billones en 90 minutos

Trader EPA/JUSTIN LANE
El desplome sincronizado de los principales índices y metales preciosos coincide con una fuerte caída del índice Truflation que anticipa una inflación mucho menor de la prevista

La sesión de este jueves ha dejado una cifra que impresiona incluso en mercados acostumbrados a la volatilidad: más de 3,6 billones de dólares de capitalización borrados en apenas 90 minutos. El movimiento ha sido transversal: el oro se ha hundido un 3,76%, la plata ha llegado a caer un 8,5%, el S&P 500 ha perdido en torno a un 1% y el Nasdaq más de un 1,6%, mientras el dólar se fortalecía y el bitcoin cedía también cerca de un 3%. En paralelo, la rentabilidad del bono estadounidense a diez años se ha desplomado hasta el entorno del 4,11%, señal inequívoca de un giro brusco en las expectativas de inflación y tipos de interés. Lo más inquietante, sin embargo, no es el movimiento en los precios, sino la razón de fondo: el índice Truflation, una medida alternativa de inflación basada en millones de precios en tiempo real, ha sufrido una de sus mayores caídas de la última década y apunta a un dato oficial de IPC sensiblemente más bajo de lo que descuenta el consenso.

Lo más significativo no ha sido la magnitud del retroceso, relativamente moderada para un mercado acostumbrado a sacudidas superiores, sino su composición. Tecnología se ha convertido en el sector más castigado, confirmando que las compañías más expuestas al ciclo de tipos reales —y con mayores múltiplos sobre beneficios futuros— son las primeras en sufrir cuando el mercado reevalúa el escenario de inflación y crecimiento.

En paralelo, las utilities y otros sectores defensivos han aguantado mejor, en línea con lo que suele ocurrir cuando el foco se desplaza desde el temor a una inflación alta al miedo a un frenazo de la demanda. Las ventas se han concentrado en nombres de gran capitalización, lo que sugiere liquidaciones sistemáticas de carteras apalancadas y algoritmos ajustando posiciones ante señales macro que cambian a gran velocidad.

Bonos al alza: el mensaje silencioso de la deuda

Mientras las bolsas corregían, el mercado de deuda enviaba un mensaje nítido: las expectativas de inflación futura están desinflándose más deprisa de lo previsto. La rentabilidad del bono estadounidense a diez años ha caído hacia el 4,11%, un movimiento significativo en una sola sesión para un activo de referencia global.

En teoría, un descenso tan rápido del rendimiento a largo plazo suele interpretarse como una combinación de búsqueda de refugio y revisión a la baja de la inflación estructural. Si los inversores internalizan que el próximo dato de IPC puede sorprender a la baja, el valor presente de los flujos de caja futuros aumenta, lo que justificaría primas más altas por la deuda soberana.

Sin embargo, cuando este giro en tipos coincide con un desplome en activos de riesgo y en metales preciosos, el mensaje es más preocupante: el mercado no solo descuenta precios más contenidos, sino un posible enfriamiento brusco de la actividad, asociado a los llamados “shocks de demanda negativos” vinculados a aranceles, tensiones comerciales y episodios de parálisis administrativa en Estados Unidos, según señalaba el economista jefe de FHN Financial en su nota a clientes.

Truflation: el índice alternativo que inquieta a la Fed

En el centro de este episodio se sitúa Truflation, un índice de inflación alternativo que se ha popularizado entre fondos macro y ‘traders’ cuantitativos. Truflation calcula una cesta de precios a partir de millones de datos recogidos a diario en la web, ofreciendo una estimación en tiempo real de la inflación estadounidense, tanto en versión CPI como PCE, y la comercializa como herramienta para anticipar las publicaciones oficiales con hasta 45 días de adelanto.

En los últimos días, esa métrica ha sufrido un derrumbe abrupto. Distintas lecturas públicas sitúan su “CPI alternativo” en torno al 0,8%-1,2% interanual y su proxy para el PCE —el indicador favorito de la **Reserva Federal— cerca del 1,4%, claramente por debajo del objetivo del 2%. “El movimiento desde mediados de diciembre es uno de los cinco o seis más intensos de la última década”, advierten analistas que siguen de cerca esta serie.

Este desplome ha sido leído como una señal de que el dato oficial de inflación de este viernes podría sorprender a la baja frente al consenso, que espera todavía incrementos mensuales del 0,3% tanto en la tasa general como en la subyacente. En otras palabras: el mercado empieza a descontar no solo el final de la inflación alta, sino el riesgo de ir demasiado lejos hacia una desinflación que erosione márgenes empresariales y complique la gestión de la deuda pública y privada.

Un indicador poderoso… y discutido

El protagonismo de Truflation no está exento de polémica. Defensores del índice subrayan su capacidad de ofrecer señales adelantadas respecto a las estadísticas oficiales, en línea con otros proyectos de “nowcasting” de inflación como los que publica a diario el **Banco de la Reserva Federal de Cleveland, también apoyados en datos de alta frecuencia.

Pero el diseño del índice ha generado críticas. Algunos economistas señalan que su metodología, basada en precios online y algoritmos propios, puede ser mucho más volátil que el IPC tradicional, con episodios de caídas o repuntes abruptos que no siempre se ven reflejados en la economía real. Además, el peso relativo de las distintas categorías de consumo y la representatividad de los comercios online frente al gasto total de los hogares siguen siendo objeto de debate.

El propio historial del indicador muestra episodios de desacople temporal respecto al CPI oficial, lo que obliga a manejarlo con cautela. Sin embargo, su creciente adopción por parte de fondos de cobertura, ‘family offices’ y grandes gestoras —impulsada también por acuerdos de distribución con plataformas de datos institucionales— ha hecho que sus movimientos tengan un impacto directo en la toma de decisiones de inversión.

En un entorno hiperfinanciarizado, cuando un indicador seguido por miles de operadores “se cae” en cuestión de días, el mercado se mueve, aunque luego el dato oficial matice la señal.

CPI oficial frente a métricas alternativas: una batalla con historia

El choque entre métricas oficiales y medidas alternativas de inflación no es nuevo. El propio IPC de EEUU ha sido complementado con índices como el C-CPI-U, que incorpora cambios en los patrones de consumo, o proyectos académicos como el Billion Prices Project, que ya en la década de 2010 experimentó con datos de precios online para estimar la inflación en tiempo real.

La diferencia ahora es la velocidad y profundidad de esa medición alternativa. Truflation y otros proyectos similares ofrecen series diarias, accesibles vía API, que permiten a los agentes de mercado montar modelos macro en tiempo real. Esto contrasta con el retraso estructural de las estadísticas oficiales, que publica mensualmente la **Oficina de Estadísticas Laborales (BLS) y cuya revisión puede tardar meses.

La consecuencia es clara: el ciclo de reacción de los mercados se ha adelantado. Hoy, los inversores no esperan al dato oficial para reajustar carteras; reaccionan al comportamiento de estos índices alternativos, amplificando sus efectos. Si después el CPI confirma la señal, se refuerza la narrativa. Si la desmiente, el mercado corrige de nuevo, generando una volatilidad añadida que nada tiene que ver con los fundamentales a largo plazo.

El riesgo de pasarse de frenada con la desinflación

Que la inflación se modere es, en principio, una buena noticia para hogares y empresas. Pero el episodio de hoy pone sobre la mesa un riesgo que los bancos centrales tratan de evitar: pasarse de frenada. Una caída demasiado rápida de los precios —o, sobre todo, de las expectativas de inflación— puede tener efectos indeseados.

La sesión de este jueves ha dejado una cifra que impresiona incluso en mercados acostumbrados a la volatilidad: más de 3,6 billones de dólares de capitalización borrados en apenas 90 minutos. El movimiento ha sido transversal: el oro se ha hundido un 3,76%, la plata ha llegado a caer un 8,5%, el S&P 500 ha perdido en torno a un 1% y el Nasdaq más de un 1,6%, mientras el dólar se fortalecía y el bitcoin cedía también cerca de un 3%. En paralelo, la rentabilidad del bono estadounidense a diez años se ha desplomado hasta el entorno del 4,11%, señal inequívoca de un giro brusco en las expectativas de inflación y tipos de interés. Lo más inquietante, sin embargo, no es el movimiento en los precios, sino la razón de fondo: el índice Truflation, una medida alternativa de inflación basada en millones de precios en tiempo real, ha sufrido una de sus mayores caídas de la última década y apunta a un dato oficial de IPC sensiblemente más bajo de lo que descuenta el consenso.

DJI_2026-02-12_19-56-32

Un desplome sincronizado en casi todos los activos

Lo que comenzó como una corrección técnica se ha convertido en un mini ‘flash crash’ de libro. En menos de hora y media, los principales mercados globales han encadenado ventas simultáneas: oro -3,76%, con una pérdida estimada de 1,34 billones de dólares de capitalización; plata con un desplome del 8,5% y unos 400.000 millones evaporados; y la gran renta variable estadounidense cediendo más de 1 billón entre el S&P 500 y el Nasdaq.

El movimiento ha sido especialmente violento en los activos tradicionalmente considerados refugio. El oro y la plata, que en crisis anteriores actuaron como seguro frente al riesgo sistémico, se han situado esta vez en el epicentro del ajuste. Al mismo tiempo, el dólar se apreciaba, las materias primas energéticas sufrían correcciones adicionales y las criptomonedas se ajustaban en torno a ese 3% de caída.

Este comportamiento sincronizado apunta menos a una noticia concreta y más a un cambio abrupto en las expectativas macro: el mercado ha empezado a descontar un escenario en el que la inflación podría estar cayendo demasiado deprisa, forzando una revisión acelerada de carteras hipersensibles al nivel de tipos reales.

Wall Street despierta del sueño alcista

La renta variable estadounidense ha vivido meses de complacencia, con índices en máximos históricos y valoraciones tensionadas, especialmente en tecnología. Hoy, la realidad ha sido otra: el Nasdaq ha liderado las caídas con más de un 1,5%, mientras el S&P 500 se dejaba en torno a un 1,1% en su versión indexada vía el ETF SPDR S&P 500.

Lo más significativo no ha sido la magnitud del retroceso, relativamente moderada para un mercado acostumbrado a sacudidas superiores, sino su composición. Tecnología se ha convertido en el sector más castigado, confirmando que las compañías más expuestas al ciclo de tipos reales —y con mayores múltiplos sobre beneficios futuros— son las primeras en sufrir cuando el mercado reevalúa el escenario de inflación y crecimiento.

En paralelo, las utilities y otros sectores defensivos han aguantado mejor, en línea con lo que suele ocurrir cuando el foco se desplaza desde el temor a una inflación alta al miedo a un frenazo de la demanda. Las ventas se han concentrado en nombres de gran capitalización, lo que sugiere liquidaciones sistemáticas de carteras apalancadas y algoritmos ajustando posiciones ante señales macro que cambian a gran velocidad.

Bonos al alza: el mensaje silencioso de la deuda

Mientras las bolsas corregían, el mercado de deuda enviaba un mensaje nítido: las expectativas de inflación futura están desinflándose más deprisa de lo previsto. La rentabilidad del bono estadounidense a diez años ha caído hacia el 4,11%, un movimiento significativo en una sola sesión para un activo de referencia global.

En teoría, un descenso tan rápido del rendimiento a largo plazo suele interpretarse como una combinación de búsqueda de refugio y revisión a la baja de la inflación estructural. Si los inversores internalizan que el próximo dato de IPC puede sorprender a la baja, el valor presente de los flujos de caja futuros aumenta, lo que justificaría primas más altas por la deuda soberana.

Sin embargo, cuando este giro en tipos coincide con un desplome en activos de riesgo y en metales preciosos, el mensaje es más preocupante: el mercado no solo descuenta precios más contenidos, sino un posible enfriamiento brusco de la actividad, asociado a los llamados “shocks de demanda negativos” vinculados a aranceles, tensiones comerciales y episodios de parálisis administrativa en Estados Unidos, según señalaba el economista jefe de FHN Financial en su nota a clientes.

Truflation: el índice alternativo que inquieta a la Fed

En el centro de este episodio se sitúa Truflation, un índice de inflación alternativo que se ha popularizado entre fondos macro y ‘traders’ cuantitativos. Truflation calcula una cesta de precios a partir de millones de datos recogidos a diario en la web, ofreciendo una estimación en tiempo real de la inflación estadounidense, tanto en versión CPI como PCE, y la comercializa como herramienta para anticipar las publicaciones oficiales con hasta 45 días de adelanto.

En los últimos días, esa métrica ha sufrido un derrumbe abrupto. Distintas lecturas públicas sitúan su “CPI alternativo” en torno al 0,8%-1,2% interanual y su proxy para el PCE —el indicador favorito de la **Reserva Federal— cerca del 1,4%, claramente por debajo del objetivo del 2%. “El movimiento desde mediados de diciembre es uno de los cinco o seis más intensos de la última década”, advierten analistas que siguen de cerca esta serie.

Este desplome ha sido leído como una señal de que el dato oficial de inflación de este viernes podría sorprender a la baja frente al consenso, que espera todavía incrementos mensuales del 0,3% tanto en la tasa general como en la subyacente. En otras palabras: el mercado empieza a descontar no solo el final de la inflación alta, sino el riesgo de ir demasiado lejos hacia una desinflación que erosione márgenes empresariales y complique la gestión de la deuda pública y privada.

Un indicador poderoso… y discutido

El protagonismo de Truflation no está exento de polémica. Defensores del índice subrayan su capacidad de ofrecer señales adelantadas respecto a las estadísticas oficiales, en línea con otros proyectos de “nowcasting” de inflación como los que publica a diario el **Banco de la Reserva Federal de Cleveland, también apoyados en datos de alta frecuencia.

Pero el diseño del índice ha generado críticas. Algunos economistas señalan que su metodología, basada en precios online y algoritmos propios, puede ser mucho más volátil que el IPC tradicional, con episodios de caídas o repuntes abruptos que no siempre se ven reflejados en la economía real. Además, el peso relativo de las distintas categorías de consumo y la representatividad de los comercios online frente al gasto total de los hogares siguen siendo objeto de debate.

El propio historial del indicador muestra episodios de desacople temporal respecto al CPI oficial, lo que obliga a manejarlo con cautela. Sin embargo, su creciente adopción por parte de fondos de cobertura, ‘family offices’ y grandes gestoras —impulsada también por acuerdos de distribución con plataformas de datos institucionales— ha hecho que sus movimientos tengan un impacto directo en la toma de decisiones de inversión.

En un entorno hiperfinanciarizado, cuando un indicador seguido por miles de operadores “se cae” en cuestión de días, el mercado se mueve, aunque luego el dato oficial matice la señal.

CPI oficial frente a métricas alternativas: una batalla con historia

El choque entre métricas oficiales y medidas alternativas de inflación no es nuevo. El propio IPC de EEUU ha sido complementado con índices como el C-CPI-U, que incorpora cambios en los patrones de consumo, o proyectos académicos como el Billion Prices Project, que ya en la década de 2010 experimentó con datos de precios online para estimar la inflación en tiempo real.

La diferencia ahora es la velocidad y profundidad de esa medición alternativa. Truflation y otros proyectos similares ofrecen series diarias, accesibles vía API, que permiten a los agentes de mercado montar modelos macro en tiempo real. Esto contrasta con el retraso estructural de las estadísticas oficiales, que publica mensualmente la **Oficina de Estadísticas Laborales (BLS) y cuya revisión puede tardar meses.

La consecuencia es clara: el ciclo de reacción de los mercados se ha adelantado. Hoy, los inversores no esperan al dato oficial para reajustar carteras; reaccionan al comportamiento de estos índices alternativos, amplificando sus efectos. Si después el CPI confirma la señal, se refuerza la narrativa. Si la desmiente, el mercado corrige de nuevo, generando una volatilidad añadida que nada tiene que ver con los fundamentales a largo plazo.

El riesgo de pasarse de frenada con la desinflación

Que la inflación se modere es, en principio, una buena noticia para hogares y empresas. Pero el episodio de hoy pone sobre la mesa un riesgo que los bancos centrales tratan de evitar: pasarse de frenada. Una caída demasiado rápida de los precios —o, sobre todo, de las expectativas de inflación— puede tener efectos indeseados.

Por un lado, presiona a la baja los ingresos nominales de las empresas, mientras muchos de sus costes (especialmente laborales y financieros) tardan más en ajustarse. Esto comprime márgenes y puede derivar en recortes de inversión y empleo. Por otro, en un contexto de deuda pública en máximos históricos, una inflación excesivamente baja dificulta reducir el peso real de esa deuda y obliga a mantener tipos bajos durante más tiempo, con potenciales burbujas financieras asociadas.

Además, si el mercado empieza a descontar deflación o inflación persistentemente por debajo del objetivo, pueden reactivarse dinámicas de aplazamiento del consumo y la inversión que ya se vieron en episodios como la “década perdida” japonesa. La caída de Truflation no implica, por sí sola, ese escenario, pero sirve de recordatorio de lo estrecho que es el margen de maniobra de la política monetaria cuando los shocks de demanda se combinan con tensiones geopolíticas y decisiones de política comercial erráticas.

En cualquier caso, la opinión de los analistas es clara: la arquitectura actual de los mercados globales amplifica cualquier señal macro que se perciba como “nueva información”, especialmente cuando está empaquetada en índices que muchos modelos cuantitativos consideran fiables. Para los bancos centrales, esto implica una tarea añadida: explicar no solo sus decisiones, sino cómo interpretan estas métricas alternativas y qué peso les conceden frente a las estadísticas oficiales.