El petróleo cede tras tocar 118 dólares en la guerra con Irán

El petróleo cede tras tocar 118 dólares en la guerra con Irán

Washington y Netanyahu intentan enfriar el miedo del mercado, pero el riesgo sobre Ormuz y las infraestructuras del Golfo sigue intacto.

El mercado del crudo encontró este 20 de marzo de 2026 un respiro que, sin embargo, dista mucho de parecer una solución. El Brent retrocedió con fuerza después de haber rozado los 118 dólares intradía y moverse después en el entorno de los 105 dólares, a medida que Estados Unidos e Israel lanzaban mensajes de contención para evitar un nuevo ataque sobre activos energéticos iraníes. La caída es relevante, pero el diagnóstico sigue siendo inquietante: el suministro global continúa expuesto a una guerra que ya ha golpeado refinerías, plantas de gas y rutas marítimas esenciales. 

Una caída que no resuelve nada

La corrección del viernes tiene un componente psicológico evidente. El detonante no ha sido una reapertura plena de rutas ni la reparación de las infraestructuras atacadas, sino el intento de Washington de frenar la espiral. La Administración Trump ha tratado de convencer al mercado de que no quiere una guerra energética total, mientras Benjamin Netanyahu ha deslizado que Israel evitará, por ahora, nuevos golpes contra instalaciones petroleras iraníes. Ese giro bastó para desinflar parte de la prima geopolítica, pero no elimina el hecho esencial: el crudo sigue en niveles extraordinariamente altos y muy por encima de los previos al estallido de la guerra. De hecho, el Brent llegó a cotizar en máximos no vistos desde julio de 2022, un dato que ilustra la magnitud del sobresalto. Lo más grave es que la volatilidad se ha convertido ya en un factor económico por sí mismo: encarece coberturas, distorsiona decisiones industriales y obliga a gobiernos y bancos centrales a reaccionar con una visibilidad mínima.

El estrecho que decide el precio

El verdadero centro de gravedad no está en los discursos, sino en el estrecho de Ormuz. Por esa vía transitó en 2024 una media de 20 millones de barriles diarios, el equivalente a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos, según la EIA. Mientras ese corredor siga bajo amenaza, el mercado seguirá valorando el peor escenario posible aunque las cotizaciones cedan en sesiones puntuales. Este hecho revela una realidad incómoda: el sistema energético mundial continúa dependiendo de un cuello de botella geográfico sobre el que basta una sucesión de ataques o una interrupción prolongada del tráfico para disparar de nuevo los precios. El contraste con otros episodios recientes resulta demoledor. En 2025, las tensiones en la zona apenas movieron el Brent unos pocos dólares; ahora, en cambio, el conflicto ya ha elevado el barril más de un 40% desde el inicio de la guerra y ha devuelto al mercado a una lógica de crisis estructural, no de sobresalto pasajero.

Daños reales, alivio verbal

La razón por la que el mercado no termina de fiarse es sencilla: los daños son reales. Irán golpeó la refinería kuwaití de Mina Al-Ahmadi, con capacidad para procesar 730.000 barriles diarios, después de que Israel atacara South Pars, el principal yacimiento gasista iraní, y de que también se vieran afectadas instalaciones energéticas en Qatar. La secuencia importa porque marca un cambio de fase: ya no hablamos solo de amenazas a la oferta, sino de infraestructuras concretas bajo fuego en el corazón del sistema energético del Golfo. Por eso la caída del viernes debe leerse con cautela. El mercado ha premiado una pausa táctica, no una normalización del suministro. La consecuencia es clara: basta un nuevo ataque sobre terminales, refinerías o buques para que el barril recupere en horas todo el terreno perdido. En ese contexto, el descenso de hoy parece más una tregua técnica que un cambio de tendencia.

Washington intenta enfriar una crisis que ya le golpea

La Casa Blanca tiene motivos internos para buscar esa descompresión. El precio de la gasolina en Estados Unidos ha subido hasta una media de 3,88 dólares por galón, casi un dólar más que hace un mes, y la percepción social del conflicto se deteriora a medida que la guerra entra en su tercera semana. A ello se suma que el Tesoro ha deslizado la posibilidad de permitir la entrada en el mercado de cargamentos iraníes ya en tránsito, y Washington también ha relajado temporalmente algunas restricciones sobre petróleo ruso previamente cargado para evitar un shock de oferta todavía mayor. El mensaje es transparente: la prioridad inmediata ya no es solo militar o diplomática, sino también inflacionista. Sin embargo, este movimiento encierra una contradicción política evidente. Estados Unidos intenta contener con medidas de emergencia un incendio energético provocado por una guerra cuya escalada no controla por completo, especialmente cuando sus aliados siguen operando sobre objetivos sensibles para el equilibrio del mercado.

La inflación vuelve al centro del tablero

El impacto del petróleo no se queda en el mercado de materias primas. Ya está contaminando la política monetaria. El BCE mantuvo el jueves los tipos en el 2% y advirtió de la enorme incertidumbre que genera el shock energético, mientras el Banco de Inglaterra hizo lo propio en el 3,75% ante el repunte del riesgo inflacionista asociado a la guerra. El diagnóstico es inequívoco: si el crudo permanece por encima de los 100 dólares durante varias semanas, la desinflación que había empezado a consolidarse en Europa y Reino Unido puede frenarse o incluso invertirse. Y eso tendría una derivada económica inmediata: menos margen para bajar tipos, financiación más cara durante más tiempo y una presión añadida sobre consumo, inversión y cuentas públicas. El petróleo, por tanto, vuelve a actuar como el gran interruptor de los bancos centrales. En 2022 disparó la inflación postpandemia; en 2026 amenaza con reabrir un problema que no estaba del todo cerrado.

Europa vuelve a mirar su factura energética

Para Europa, además, el problema no es solo monetario. Es industrial, comercial y político. El continente llega a esta nueva sacudida con una economía débil, una demanda interna todavía frágil y una dependencia energética que, aunque menor que en el shock ruso de 2022, sigue siendo significativa en petróleo y gas importados. El encarecimiento del crudo se transmite al transporte, a la cadena logística, a la industria intensiva en energía y, finalmente, al consumidor. La diferencia es que ahora el margen fiscal para amortiguar el golpe es mucho menor. Muchos gobiernos ya no pueden desplegar con facilidad ayudas masivas, bonificaciones o topes temporales sin deteriorar aún más unas cuentas públicas tensionadas. Lo más preocupante es que el mercado parece estar descontando que la contención verbal bastará para estabilizar la zona, cuando sobre el terreno persisten ataques cruzados, defensas aéreas activadas y un corredor marítimo esencial sometido a una presión extrema. Europa no necesita un cierre total de Ormuz para sufrir; le basta una disrupción persistente y costosa.