El petróleo se dispara y amenaza los 115 dólares

Petróleo Foto de Atik sulianami en Unsplash
El ultimátum de Donald Trump a Irán y el cierre de facto del estrecho de Ormuz devuelven al mercado el fantasma de un shock energético con efectos sobre inflación, transporte y crecimiento.

El crudo vuelve a marcar el pulso del riesgo global. El West Texas Intermediate se mueve ya en la zona de los 115 dólares por barril y el Brent ronda los 111 dólares, mientras el mercado intenta descontar el peor escenario posible: que la crisis en Oriente Medio deje de ser un sobresalto geopolítico y se convierta en una disrupción física de suministro. Lo más grave no es solo el repunte del precio, sino el motivo. El foco ya no está en una simple prima de miedo, sino en el estrecho de Ormuz, el mayor cuello de botella energético del planeta. Y cuando Ormuz tiembla, la economía mundial entera entra en modo defensivo.

Un rally que ya no es técnico

La subida del crudo no responde esta vez a un ajuste menor de inventarios, a una decisión puntual de la OPEP o a una corrección especulativa. Responde a una amenaza directa sobre la arteria por la que circula una parte decisiva del petróleo mundial. El mercado, de hecho, está reaccionando como reacciona cuando teme escasez inmediata: pagando más por el barril cercano y castigando cualquier hipótesis de normalización rápida. El diagnóstico es inequívoco. La guerra ha dejado de ser un ruido de fondo y ha pasado a condicionar la formación del precio.

La señal es clara también en los mensajes políticos. Trump ha elevado la presión sobre Teherán con un nuevo ultimátum para reabrir Ormuz, mientras los inversores observan que cada hora sin una salida diplomática añade tensión a la curva de futuros. El mercado ya no cotiza solo barriles: cotiza la posibilidad de que falte petróleo físico en el momento exacto en que más se necesita.

El cuello de botella del planeta

Ormuz no es un punto cualquiera del mapa. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, por este paso transitaron en 2024 unos 20 millones de barriles diarios, el equivalente a alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos del petróleo. La Agencia Internacional de la Energía eleva aún más la relevancia del enclave: por allí pasa en torno al 25% del comercio marítimo mundial de crudo. La consecuencia es obvia: un incidente en esa franja estrecha tiene capacidad para contaminar de tensión a todo el sistema energético.

Además, el problema no termina en el petróleo. La propia IEA advierte de que un cierre del estrecho dejaría atrapadas exportaciones de gas natural licuado de Qatar y Emiratos Árabes Unidos equivalentes a casi el 20% del comercio global de GNL. Es decir, la crisis amenaza al mismo tiempo al crudo, al gas y a la industria que depende de ambos. No hay sustitución inmediata, barata y ordenada para una vía marítima con semejante peso.

Tránsitos en caída libre

Los datos de comercio marítimo reflejan hasta qué punto el mercado tiene razones para desconfiar. Un informe de UNCTAD muestra que el tráfico diario por Ormuz, que promedió 141 tránsitos al día entre el 1 y el 27 de febrero, se desplomó después hasta tocar apenas 4 buques diarios en los primeros días de marzo. El recorte roza el 97%. No se trata, por tanto, de un bloqueo retórico ni de una amenaza abstracta: el flujo físico ya ha quedado prácticamente paralizado.

Este hecho revela algo que a menudo el mercado intenta minimizar: la economía energética global funciona con una precisión quirúrgica. Refinerías, navieras, aerolíneas, comercializadores y grandes consumidores industriales no operan con márgenes infinitos. Operan con cadenas logísticas tensas y calendarios cerrados. Cuando el número de buques cae desde triple dígito a un puñado testimonial, el precio sube no solo por expectativa, sino por simple lógica de escasez potencial. El riesgo ya es físico antes que financiero.

Asia, el gran rehén energético

El contraste con otras regiones resulta demoledor. UNCTAD estima que el 84% del crudo y el 83% del GNL que atraviesan Ormuz tienen como destino Asia. La región es, con diferencia, la más expuesta a una interrupción prolongada. No es casualidad que Japón, país con escasos recursos propios, siga de cerca cada movimiento diplomático y militar en la zona. Associated Press recordaba este lunes que economías como la japonesa dependen en gran medida del acceso a este corredor marítimo.

Sin embargo, los mercados asiáticos no han reaccionado todavía con pánico indiscriminado. El Nikkei avanzó un 1,1% y el Kospi un 1,5%, una aparente calma que puede interpretarse más como prudencia táctica que como verdadero alivio. Los inversores siguen esperando una definición política. Pero la estructura del problema no ha cambiado: si Ormuz permanece cerrado, Asia concentra la mayor parte del daño potencial. Y cuando Asia sufre un shock energético, el impacto acaba rebotando sobre toda la cadena manufacturera global.

Europa también pagará la factura

Europa no ocupa la primera línea del golpe, pero eso no significa inmunidad. Los datos de UNCTAD muestran que alrededor del 5% del crudo y el 13% del GNL que pasan por Ormuz terminan en Europa. Puede parecer una proporción contenida frente a Asia, pero sería un error leerla con complacencia. En energía, la exposición directa es solo una parte del problema; la otra es el contagio vía precio internacional. Y ese contagio afecta a todos.

Lo más grave es que el estrecho también canaliza un 19% de los productos petrolíferos refinados y un 13% de productos químicos, según UNCTAD. Eso implica presión adicional sobre fertilizantes, transporte marítimo, costes industriales y cadenas logísticas europeas. Para economías como la española, muy sensibles al coste del combustible en carretera, aviación y actividad turística, el daño puede llegar incluso sin desabastecimiento. La factura energética entra por la puerta del precio antes que por la del volumen.

Una oferta de emergencia que apenas existe

Frente a esta sacudida, la respuesta de la OPEP+ suena más a gesto político que a solución real. El cártel y sus aliados han acordado elevar sus cuotas en 206.000 barriles diarios para mayo. Sobre el papel, la medida busca enviar un mensaje de estabilidad. En la práctica, Reuters ya advertía de que el incremento será en gran parte académico mientras Ormuz siga bloqueado. No es una exageración: esa subida representa menos del 2% del suministro alterado por el cierre del estrecho.

La explicación es sencilla. Arabia Saudí y Emiratos disponen de algunas rutas alternativas, pero la EIA calcula que la capacidad disponible para sortear Ormuz ronda solo 2,6 millones de barriles diarios, muy lejos de los 20 millones que normalmente cruzan el paso. La IEA también insiste en que las opciones de desvío son limitadas. La consecuencia es clara: no existe un colchón suficiente para neutralizar una crisis prolongada con simples ajustes de cuotas.

Inflación, tipos y consumo

Cuando el petróleo se instala por encima de los 110 dólares, la discusión deja de ser puramente bursátil. Empieza a trasladarse a surtidores, billetes de avión, fletes, costes agrarios y expectativas de inflación. El precedente ya se está viendo en otros mercados: en Reino Unido, los precios de los carburantes subieron 20 peniques por litro en marzo, mientras los rendimientos de los bonos repuntaban por el temor a una nueva ola inflacionista.

Este es el verdadero problema macroeconómico. Los bancos centrales ven cómo reaparece una variable que parecía domesticada: la energía como motor de inflación importada. Y eso llega en el peor momento posible, con crecimiento débil en Europa, consumo frágil en varias economías desarrolladas y tipos de interés que todavía pesan sobre empresas y familias. El shock petrolero no necesita llevar el barril a 150 dólares para hacer daño; basta con mantenerse alto el tiempo suficiente como para contaminar costes, expectativas y decisiones de inversión.