El castigo a la tecnología se agudiza mientras bancos centrales y riesgos geopolíticos reordenan las carteras

El refugio de la vieja economía en Wall Street frente al castigo a la tecnología

El refugio de la vieja economía en Wall Street frente al castigo a la tecnología

Los mercados estadounidenses han arrancado 2026 con una rotación silenciosa pero contundente. Mientras los grandes índices aparentan cierta estabilidad, bajo la superficie se impone un patrón claro: los inversores están saliendo de la tecnología y refugiándose en la llamada vieja economía. Energía, industria y finanzas se convierten en puerto de abrigo frente a un Nasdaq mucho más vulnerable a tipos altos, regulaciones más duras y una prima de riesgo creciente. En este contexto, la lectura que hace Isabel Sánchez Burgos, gestora en Arquia Banca, ayuda a entender un movimiento que no es coyuntural, sino síntoma de un cambio de fase en el ciclo. La combinación de bancos centrales imprevisibles, tensiones geopolíticas recurrentes y una valoración aún exigente de muchos gigantes tecnológicos obliga a repensar las carteras. Lo que está en juego no es solo qué sector lo hace mejor este trimestre, sino cómo construir portafolios capaces de sobrevivir a un año de alta volatilidad, sorpresas de política monetaria y shocks geopolíticos

Un inicio de año marcado por la rotación

El arranque de 2026 ha confirmado lo que muchos gestores sospechaban desde finales del año pasado: la “gran rotación” ya está en marcha. Mientras los índices de valor ligados a energía, industria y bancos avanzan en torno al +6% / +8% en el año, los sectores tecnológicos de alto crecimiento encadenan recortes acumulados de entre el -5% y el -12%.

No se trata de un desplome generalizado, sino de un reajuste selectivo. Las compañías con balances sólidos, flujos de caja previsibles y capacidad de fijación de precios están siendo premiadas. En cambio, los modelos de negocio apoyados casi exclusivamente en expectativas de beneficios futuros sufren más cada vez que el mercado descuenta que los tipos se mantendrán altos durante más tiempo.

Este giro se refleja también en la volatilidad: los indicadores ligados al Nasdaq muestran repuntes de hasta un 30% frente a la media del último trienio, mientras que la volatilidad de los índices de valor apenas se ha movido. La consecuencia es nítida: cuando el entorno se vuelve incierto, el mercado prefiere empresas “aburridas” pero predecibles a promesas tecnológicas con narrativas brillantes pero caja limitada.

Los resultados que dan alas a la vieja economía

La temporada de resultados ha sido el catalizador perfecto de este cambio de sesgo. Sánchez Burgos subraya que, en un contexto como el actual, “la clave ya no es quién crece más en ingresos, sino quién convierte ese crecimiento en caja recurrente”. Energéticas, industriales y bancos están cumpliendo mejor esa premisa.

Las grandes compañías de energía han aprovechado la volatilidad de materias primas para reforzar márgenes y reducir deuda, con crecimientos de beneficio por acción cercanos al +9% interanual. La industria estadounidense, por su parte, está logrando trasladar costes a precios finales sin deteriorar significativamente la demanda, algo que en tecnología se ve mucho menos homogéneo.

En paralelo, buena parte de las tecnológicas que dominaron la década anterior presentan una narrativa más defensiva: recomponen plantillas, recortan proyectos marginales y desaceleran inversiones en nuevas líneas de negocio. No es un derrumbe, pero sí un cambio de tono: se pasa de la expansión agresiva a la defensa del margen.

Este hecho revela un punto clave: el mercado está penalizando duramente cualquier desviación en guidance futuro de compañías con múltiplos muy elevados, mientras perdona errores puntuales en sectores tradicionales siempre que mantengan disciplina de capital y dividendos estables.

La factura de una década de sobrevaloraciones tecnológicas

El castigo a la tecnología en 2026 no se entiende sin mirar la década previa. Durante años, los tipos cero y la liquidez abundante llevaron a una expansión de múltiplos sin precedentes, con compañías cotizando a más de 30 o 40 veces beneficios esperados sin que eso pareciera excesivo.

Ahora, con la referencia de tipos oficiales claramente por encima del 3% y sin visos de volver al entorno ultralaxo anterior, el descuento de flujos de caja futuros cambia radicalmente. El mercado ya no está dispuesto a pagar lo mismo por un euro de beneficio que quizá llegue dentro de diez años. Y eso pesa sobre los valores más “aspiracionales” del universo tech.

“Lo que vemos es el ajuste natural a un mundo con dinero menos barato y mayor disciplina de capital”, resume Sánchez Burgos. “Las compañías tecnológicas con caja robusta y modelos ya maduros seguirán siendo clave en cartera, pero las que aún viven más de promesas que de resultados reales tendrán un examen continuo trimestre a trimestre”.

La consecuencia es clara: los inversores institucionales rebajan su exposición a tecnológicas de alto crecimiento y la reorientan hacia sectores con valoraciones más razonables, dividendos crecientes y menor dependencia de escenarios extremadamente optimistas.

El pulso de los bancos centrales y el precio del dinero

La política monetaria sigue siendo el gran árbitro silencioso de esta rotación. Los bancos centrales, y en particular la Reserva Federal, continúan atrapados entre dos riesgos: relajar demasiado pronto y reavivar la inflación, o mantener el freno demasiado tiempo y ahogar el crecimiento. En ese equilibrio inestable, cada rueda de prensa mueve miles de millones de dólares de un sector a otro.

En 2026, el mercado ha pasado de descontar varios recortes rápidos de tipos a un escenario mucho más gradual. Ese cambio ha sido letal para los valores más sensibles a la duración, es decir, las tecnológicas cuyo valor depende en gran medida de beneficios futuros lejanos. Cada punto básico de tipos más altos presiona sus valoraciones.

Por el contrario, bancos y aseguradoras se benefician de curvas de tipos más empinadas, mientras que sectores como energía y defensa se apoyan en una demanda relativamente inelástica y en contratos a largo plazo. El contraste con la tecnología resulta demoledor: la misma decisión de un banco central puede traducirse en compresión de múltiplos en un caso y en expansión de márgenes en otro.

El diagnóstico es inequívoco: en un año en el que los bancos centrales no ofrecen una hoja de ruta clara, los inversores premian negocios de ciclo más corto y visibilidad inmediata frente a narrativas de crecimiento a muy largo plazo.

La geopolítica como catalizador de refugio

El entorno geopolítico añade otra capa de complejidad. Tensiones comerciales recurrentes, conflictos en puntos clave para las materias primas y una agenda electoral cargada en varias economías desarrolladas refuerzan la búsqueda de activos percibidos como más “seguros”.

En ese contexto, la vieja economía tiene una ventaja comparativa evidente: infraestructuras, energía, defensa y determinados segmentos industriales se perciben como estratégicos y menos prescindibles, incluso en escenarios de desaceleración. Los flujos internacionales buscan compañías con activos tangibles, contratos de largo plazo y posición dominante en cadenas de suministro críticas.

La tecnología, en cambio, carga con el doble riesgo: es objetivo de una regulación cada vez más intensa (en privacidad, competencia, contenidos, fiscalidad) y depende de cadenas globales de suministro altamente integradas y vulnerables a cualquier bloqueo comercial. Cada nuevo episodio de tensión geopolítica reactiva el debate sobre dependencia tecnológica y soberanía digital, lo que incrementa la incertidumbre sobre el futuro marco regulatorio.

El resultado es que, en 2026, no solo se valora la innovación, sino la capacidad de sobrevivir a un mundo más fragmentado y menos predecible. Y ahí la vieja economía, paradójicamente, ofrece más certezas que muchas promesas digitales.

Carteras diversificadas para navegar 2026 sin naufragar

Ante este panorama, Sánchez Burgos insiste en una idea que se ha vuelto casi mantra: la diversificación no es opcional, es la póliza de seguro del inversor. En un año como 2026, jugarse todo a un solo sector —sea tecnología, energía o banca— equivale a asumir un riesgo difícil de justificar.

La propuesta pasa por combinar renta variable estadounidense, europea y emergente, con un sesgo prudente hacia sectores de valor pero sin renunciar del todo a la tecnología de calidad. La renta fija vuelve a tener sentido táctico: tras años ofreciendo rendimientos reales negativos, muchos tramos del mercado permiten ya construir colchones del 3% al 5% anual con emisores solventes.

En palabras de la gestora, “no se trata de abandonar la tecnología, sino de redefinir su peso y exigirle el mismo rigor que a cualquier otro sector”. La clave es equilibrar exposición a crecimiento estructural con negocios capaces de resistir varios trimestres complicados sin poner en cuestión la viabilidad del modelo.

Quien asuma este enfoque no evitará la volatilidad, pero sí puede reducir la probabilidad de pérdidas permanentes de capital, que es el verdadero riesgo que debería preocupar al inversor a largo plazo.