SpaceX quiere salir a Bolsa para pagar su fiebre de IA

Spacex Foto de SpaceX en Unsplash

20.740 millones de inversión en capital en un solo año no es una apuesta: es una mutación.
En 2025, SpaceX destinó el 61% de ese gasto a su división de IA —donde encaja xAI— y, aun así, registró una pérdida operativa de 6.400 millones.
La paradoja es que el combustible sale del espacio: Starlink duplicó su resultado operativo hasta 4.420 millones, convirtiéndose en la caja que sostiene el experimento.
Con un IPO sobre la mesa —75.000 millones a 1,75 billones de valoración— el “billete a Marte” se vende, en realidad, como un billete a la carrera global por la IA.

 

La arquitectura financiera del grupo es clara: Starlink paga, el resto consume. En los extractos revisados por Reuters, el negocio de banda ancha por satélite elevó su resultado operativo hasta 4.420 millones de dólares, una cifra que, por sí sola, explica por qué SpaceX puede permitirse un perfil de gasto impropio de una compañía madura. Sin embargo, lo más revelador es la proporción: ese motor de rentabilidad representa menos de una cuarta parte del capex total, pero está financiando un despliegue que no se mide en satélites para internet, sino en infraestructura computacional.
El diagnóstico es inequívoco: SpaceX no se prepara para vivir de lanzar cohetes, sino de monetizar la red que ya ha tejido —y usarla como puente hacia un negocio mucho más intensivo en capital.

Un perfil de startup tardía, no de gigante tecnológico

La comparación con Big Tech resulta demoledora no por el tamaño, sino por el origen de la caja. Alphabet o Microsoft pueden sostener años de capex con flujos operativos recurrentes; SpaceX, en cambio, financia su expansión con ingresos de cohetes y satélites, lo que la acerca más a una “startup tardía” que a un incumbente.
Los números del folleto apuntalan esa tensión: la compañía pasó de un beneficio de 791 millones en 2024 a una pérdida consolidada de 4.940 millones en 2025, pese a elevar ingresos hasta 18.670 millones. Y el origen está en el gasto: el capex se multiplicó casi por cinco en dos años hasta 20.740 millones, una aceleración que obliga a mirar el balance como si fuera una ronda de financiación permanente.

Las letras de IA (Inteligencia Artificial) y la mano del robot se colocan en la placa base del ordenador, REUTERS/Dado Ruvic

xAI dentro: la división que se come el presupuesto

El giro “AI-first” no es retórica: es contabilidad. En 2025, el segmento de IA absorbió 12.700 millones de capex —desde 5.600 millones el año anterior— y concentró más de la mitad del gasto total. Aun así, la unidad reportó una pérdida operativa de 6.400 millones, la prueba de que el producto todavía no compensa la infraestructura.
La consecuencia es clara: la narrativa de Marte queda subordinada a la necesidad de computación. «El plan es simple: convertir órbita y satélites en capacidad de cálculo». Y esa ambición altera el perfil de riesgo: el éxito ya no depende solo de la cadencia de lanzamientos, sino de capturar demanda de IA en un mercado donde la escala se compra a golpe de capital.

Centros de datos en órbita: promesa tecnológica, factura regulatoria

La idea de una “armada” de centros de datos espaciales suena futurista, pero revela una presión muy terrenal: energía, refrigeración y límites físicos del suelo. SpaceX sostiene que la infraestructura orbital puede convertirse en ventaja competitiva, apoyándose en su capacidad de lanzar y operar constelaciones. El problema es que, a diferencia de un data center en Iowa, el data center en órbita viene con un peaje regulatorio, de seguridad y de sostenibilidad: permisos, congestión orbital, colisiones y dependencia de una cadena de suministro crítica (chips, estaciones terrestres, fabricación de satélites).
Aquí el contraste con otras fases tecnológicas es inevitable: como en la burbuja ‘telecom’ de finales de los 90, el mercado tiende a premiar “capacidad instalada” antes de que exista un flujo de caja proporcional. Si la demanda no llega a tiempo, el capex no perdona.

El IPO como munición y como examen de credibilidad

La salida a Bolsa se plantea como la palanca para alargar pista: 75.000 millones a una valoración de 1,75 billones, cifras que convertirían la operación en histórica. Pero el folleto deja una advertencia implícita: incluso una captación masiva puede equivaler solo a “unos años” si la monetización de la IA no escala al ritmo del gasto.
Además, SpaceX compite contra un adversario con chequera casi ilimitada: el propio análisis citado apunta a un gasto agregado de Big Tech superior a 600.000 millones en IA este año, una desventaja de escala difícil de maquillar. Y el mercado no solo compra visión: exige disciplina, especialmente cuando aparecen operaciones potenciales —como la mencionada negociación con Cursor, valorada en hasta 60.000 millones— que podrían volver a inflar las necesidades de capital.

Control blindado: diez votos por acción y arbitraje como cortafuegos

El folleto también enseña la otra cara del “Musk trade”: el control. SpaceX prepara una estructura de doble clase que otorga a las acciones Clase B diez votos frente al voto único de la Clase A para el inversor minorista. No es una rareza —Alphabet o Meta ya normalizaron el modelo—, pero sí un mensaje: la estrategia no estará a discusión.
Musk, según los extractos, seguiría como CEO, CTO y presidente del consejo, y el documento incluye mecanismos que pueden empujar disputas a arbitraje y limitar la capacidad de los accionistas para influir en elecciones del consejo. En paralelo, la compañía cerró 2025 con 24.800 millones de caja, 92.000 millones en activos y 50.800 millones en pasivos: margen existe, pero no infinito cuando el capex marca el ritmo.