El Tesoro de EE.UU. vende euros para frenar la caída del yen

Yen Foto de Cullen Cedric en Unsplash

Washington compró yenes vendiendo euros, una maniobra excepcional que protege al dólar, presiona al BCE y anticipa una nueva etapa de intervenciones coordinadas.

El Tesoro de Estados Unidos intervino el viernes 31 de julio en el mercado de divisas para sostener al yen, algo que no hacía desde 2011. Pero el detalle decisivo no fue la compra de moneda japonesa. Fue la divisa utilizada para financiarla: Washington vendió euros, no dólares.

La operación, ejecutada por la Reserva Federal de Nueva York, permitió ayudar a Tokio sin debilitar directamente al billete verde. Japón habría movilizado hasta 8,45 billones de yenes, unos 52.800 millones de dólares, mientras que la participación estadounidense fue menor y permanece rodeada de opacidad.

No hubo comunicado conjunto. Tampoco rueda de prensa. El plan apareció primero en una anotación manuscrita durante una reunión en Camp David. La diplomacia monetaria regresó por la puerta trasera.

Una decisión nacida en Camp David

La intervención comenzó a tomar forma durante una reunión del Gobierno estadounidense en Camp David. Una fotografía captó entre las notas del secretario del Tesoro, Scott Bessent, una instrucción extraordinariamente concreta: comprar entre 5.000 y 10.000 millones de dólares en yenes.

«Comprar yenes japoneses: 5.000-10.000 millones», podía leerse en la lista de tareas.

La imagen reveló lo que Washington todavía no había anunciado oficialmente. Horas después, diferentes informaciones confirmaron que la Reserva Federal de Nueva York había ejecutado ventas de euros para adquirir moneda japonesa a través de grandes bancos de inversión.

Este hecho revela una estrategia cuidadosamente calibrada. Estados Unidos quería frenar la depreciación del yen, pero no deseaba transmitir al mercado que perseguía un dólar más barato. Con la inflación estadounidense todavía por encima del objetivo, vender dólares habría añadido presión sobre los precios de las importaciones.

El euro paga la operación

La elección del euro altera el significado político de la intervención. En una operación convencional, Washington habría vendido dólares y comprado yenes. Esta vez utilizó parte de sus reservas europeas para actuar directamente sobre el cruce euro-yen.

Los analistas calificaron la maniobra como «altamente inusual, quizá sin precedentes». Estados Unidos dispone de aproximadamente 26.000 millones de euros utilizables entre las reservas de la Reserva Federal y el Fondo de Estabilización Cambiaria.

La consecuencia es clara: el Tesoro pudo respaldar a Japón sin provocar una caída generalizada del dólar. Al mismo tiempo, trasladó parte del ajuste al euro, que pasó de superar los 187 yenes a caer momentáneamente por debajo de 180, un descenso superior al 4% en apenas varias sesiones.

El silencio incómodo del BCE

El Banco Central Europeo no participó públicamente en la operación. Tampoco la condenó. La institución evitó realizar comentarios, aunque distintas informaciones apuntaron a que había mantenido contactos con la Reserva Federal sobre la intervención.

Ese silencio resulta significativo. Washington utilizó activos denominados en euros para modificar el valor relativo de dos monedas extranjeras, una decisión con efectos directos sobre las condiciones financieras europeas.

No significa necesariamente que Fráncfort autorizara la maniobra. Sin embargo, la ausencia de protesta sugiere que las principales autoridades monetarias conocían el riesgo sistémico asociado al desplome del yen. El BCE parece haber preferido tolerar una presión puntual sobre el euro antes que enfrentarse a una liquidación desordenada de activos globales.

El yen había entrado en zona crítica

La moneda japonesa llegó a aproximarse a los 164 yenes por dólar, su nivel más débil en cuatro décadas. Después de la intervención, recuperó terreno hasta la zona de 155-157 yenes, un movimiento suficientemente brusco para castigar a los inversores que apostaban por nuevas caídas.

El problema de fondo, sin embargo, permanece intacto. Japón mantiene tipos reales reducidos, depende de las importaciones energéticas y soporta una creciente incertidumbre fiscal. Esa combinación alimenta el llamado carry trade: endeudarse barato en yenes para invertir en activos con mayor rentabilidad.

Cuando esa estrategia se revierte, el impacto no queda limitado a Tokio. Puede provocar ventas de bonos estadounidenses, acciones tecnológicas y otros activos utilizados como destino final del dinero financiado en Japón.

Washington protege también su deuda

La intervención no responde únicamente a la solidaridad con Tokio. Japón es uno de los principales tenedores extranjeros de deuda estadounidense. Para comprar yenes, sus autoridades pueden verse obligadas a vender bonos del Tesoro, elevando sus rentabilidades y encareciendo la financiación de Washington.

Sostener al yen también significa reducir el riesgo de ventas masivas de deuda estadounidense. La aparente concesión a Japón contiene, por tanto, una defensa directa de los intereses financieros de Estados Unidos.

Lo más grave para los mercados sería una liquidación simultánea del carry trade y de las carteras japonesas de bonos extranjeros. Ese efecto dominó podría elevar la volatilidad, tensionar el crédito y golpear especialmente a los sectores más endeudados.

Una nueva diplomacia monetaria

La última intervención estadounidense vinculada al yen se produjo en 2011, tras el terremoto y el tsunami que devastaron Japón. La referencia histórica más comparable para una acción conjunta destinada a fortalecer la moneda japonesa se remonta incluso a 1998.

El regreso de Washington al mercado indica que el umbral de tolerancia ha cambiado. Las divisas vuelven a formar parte de la política geoeconómica y las operaciones pueden ejecutarse sin grandes acuerdos públicos.

El diagnóstico es inequívoco: Estados Unidos ha ayudado a Japón, ha protegido al dólar y ha utilizado el euro como instrumento intermedio. La intervención puede no resolver la debilidad estructural del yen, pero deja una advertencia contundente. Las grandes potencias están dispuestas a mover el mercado antes de explicar por qué lo hicieron.