Trump calienta Wall Street: “esto va a reventar hacia arriba”

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El presidente liga el fin del conflicto a una caída del petróleo y nuevos máximos bursátiles, en plena presión inflacionista por la energía.

La guerra con Irán ya ha supuesto cerca de 29.000 millones de dólares para el Pentágono. Y el mercado lo sabe: el Brent ha vuelto a escalar hasta 107,97 dólares en pleno pulso por el Estrecho de Ormuz. Con ese telón de fondo, Donald Trump prometió en el césped de la Casa Blanca un “después” de euforia financiera. Pero lo más grave es que la tregua sigue siendo frágil y la factura económica se filtra, ya, a la inflación y a los tipos. La consecuencia es clara: Wall Street cotiza expectativas; el resto del mundo paga incertidumbre.

Promesas en mitad del ruido

Trump volvió a vender futuro como antídoto para el presente. Antes de partir hacia China, insistió en que Irán “no tendrá un arma nuclear” y en que el bloqueo estadounidense ha sido “100% efectivo”. En ese mismo intercambio dejó la frase diseñada para terminales y titulares: “En cuanto esta guerra termine —y no tardará— el petróleo caerá y la bolsa se irá por las nubes”.

El mensaje busca cerrar una grieta: la distancia entre el relato de control y la realidad de un conflicto que, dos meses después, sigue condicionando rutas marítimas, precios y decisiones de inversión. Y revela una estrategia conocida: convertir un desenlace militar todavía incompleto en un “put” político sobre los mercados, prometiendo un rebote que desactive el miedo.

Hormuz, el cuello de botella que manda

Hay un dato que explica por qué el petróleo se convirtió en el termómetro del conflicto: por el Estrecho de Ormuz transitan, en condiciones normales, 20 millones de barriles al día, alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. El bloqueo y la amenaza sobre esa arteria no solo encarecen el crudo; también elevan los costes de transporte, seguros y logística, y trasladan tensión a productos tan dispares como fertilizantes y bienes industriales.

Lo relevante no es que el Brent suba o baje una sesión: es la ausencia de alternativas rápidas. Incluso con tuberías de bypass en Arabia Saudí o Emiratos, la capacidad extra estimada no neutraliza un cierre prolongado. Este hecho revela el auténtico riesgo: que el mercado descuente un final próximo mientras la infraestructura energética mundial opera al límite.

Inflación al alza y tipos que se resisten a bajar

La guerra ya ha reabierto un frente que la Casa Blanca quería clausurar: la inflación. El repunte anual se sitúa en 3,8%, impulsado por el shock energético desde el inicio de los ataques el 28 de febrero. Trump se aferra a un contrapunto: asegura que, antes del estallido, la inflación estuvo en 1,7% durante tres meses. El contraste es demoledor porque traslada la discusión a un terreno incómodo: el coste doméstico de una guerra exterior.

En paralelo, los bonos han reaccionado como suele hacerlo el dinero cuando percibe inflación pegajosa: el rendimiento del Treasury a 10 años ha subido hasta 4,46%, por encima del 3,97% previo al conflicto. Y el mercado empieza a contemplar incluso una subida de tipos antes de diciembre. Esa es la trampa: si la energía no afloja, la “edad dorada” se convierte en política monetaria más dura.

Wall Street entre el récord y el susto

Las bolsas estadounidenses llegaron al 12 de mayo en máximos, pero el optimismo no es lineal. El S&P 500 retrocedió tras marcar techo, con caídas del 0,2% y correcciones más visibles en el Nasdaq, mientras la tecnología —particularmente la ligada a la IA— acusaba toma de beneficios. El petróleo, al mismo tiempo, subía más de un 3%, y la combinación de crudo caro y tipos altos amenaza el múltiplo al que cotiza el crecimiento.

El precedente inmediato explica por qué Trump insiste en su “postguerra”: cuando anunció una tregua en abril, el Dow llegó a repuntar más de 1.300 puntos (casi 3%), y el Brent se desplomó alrededor de 17% hasta el entorno de 91 dólares. El mercado quiere creer. El diagnóstico es inequívoco: no compra victorias, compra visibilidad.

China en la agenda, comercio en la trastienda

Trump se marchó a Pekín prometiendo “buenas cosas” y restando importancia a Irán en público, aunque la guerra proyecta sombra sobre el petróleo y sobre la relación con Xi. La Casa Blanca presiona para que China utilice su influencia, pero también para que ayude a reabrir Ormuz, un punto crítico para Asia: se estima que 84% del crudo y condensado que cruza el estrecho termina en mercados asiáticos.

Además, la visita llega con el comercio en un equilibrio frágil: Washington y Pekín vienen de una tregua tras amenazas arancelarias que llegaron al 145% en el último episodio. El efecto dominó que viene es evidente: una guerra que encarece la energía y una escalada comercial que encarece bienes importados son la receta clásica para una inflación más persistente.

El “dividendo de paz” y su letra pequeña

En teoría, el final de un conflicto reduce prima de riesgo y libera inversión: la bolsa suele celebrar la desaparición de lo impredecible. Por eso el mensaje presidencial tiene lógica táctica. Sin embargo, la letra pequeña es la duración. Algunas estimaciones advierten de que la guerra no terminará de inmediato y que el supuesto de un shock corto no encaja con el cuadro militar y político.

Y hay otra diferencia respecto a otros episodios: aquí el canal de transmisión es un choke point energético global. Si Ormuz sigue tensionado, el petróleo no baja; y si el petróleo no baja, la inflación no cede; y si la inflación no cede, los tipos no aflojan. La consecuencia es clara: el rally que Trump promete requiere algo más que una frase para el titular. Requiere una reapertura efectiva del estrecho y una desescalada que el mercado, por ahora, solo imagina.