La verdadera composición de la deuda de Estados Unidos: ¿Quién controla los 39 billones de dólares?
La deuda pública de Estados Unidos ya roza los 38,95 billones de dólares. Y el dato que incomoda al relato geopolítico es otro: tres de cada cuatro dólares están, en realidad, en manos estadounidenses. El “China nos financia” se deshace cuando se mira el desglose y, sobre todo, el ritmo de retirada de Pekín. Lo más grave no es el pasaporte del acreedor, sino el precio del dinero: el interés se ha convertido en un ministerio paralelo. En 2026, el mercado empieza a exigir su prima por convivir con déficits crónicos.
El mito de la deuda “en manos de China”
La fotografía más repetida —la de un país rival sosteniendo a Washington— no resiste el detalle. El último corte amplio sobre tenencia extranjera sitúa las posiciones foráneas en 9,1 billones y en torno al 31,5% de la deuda “en manos del público” (no incluye lo que el Estado se debe a sí mismo). Ese matiz cambia todo: cuando se incorpora el bloque intragubernamental, la dependencia exterior se encoge.
Con el total rozando los 38,95 billones a 10 de abril de 2026, el cálculo se vuelve incómodo para los alarmistas: cerca del 76% del pasivo queda en circuito doméstico, entre agencias, fondos y el propio banco central. El diagnóstico es inequívoco: la vulnerabilidad no es “China”, sino la capacidad interna de absorber —sin sobresaltos— el coste de financiar un déficit estructural.
Los acreedores nacionales: Fed y ahorro institucional
El corazón del sistema está en casa. La Reserva Federal mantiene una cartera de Treasuries de 4,41 billones (dato semanal), un volumen que la coloca como actor central del mercado incluso en fase de reducción de balance. A su alrededor gravita el ahorro institucional: fondos de pensiones, aseguradoras, banca y gestoras, que tratan el bono americano como colateral y refugio.
Este hecho revela un cambio de paradigma. Si el gran tenedor es doméstico, el debate deja de ser “riesgo de chantaje” y pasa a ser “riesgo de fricción”: cuánto puede endurecerse la política monetaria sin disparar el coste del Tesoro, y cuánto puede emitir el Tesoro sin forzar a la Fed —directa o indirectamente— a estabilizar el mercado. La frontera entre independencia monetaria y dominancia fiscal ya no es un concepto académico: es la variable que mira Wall Street cada semana.
Japón manda y China retrocede
En el frente exterior, el liderazgo es nipón. Japón ronda los 1,23 billones en Treasuries, consolidado como primer acreedor extranjero. La escena, sin embargo, es más reveladora por el contraste: China aparece con alrededor de 694.000 millones, muy lejos del billón largo que llegó a acumular en la década pasada.
El repliegue de Pekín tiene lectura doble. Por un lado, reduce el argumento de que “tiene la llave” del mercado; por otro, subraya una tendencia más silenciosa: la cuota extranjera viene cayendo desde máximos cercanos al 48% en 2012 hasta el 31,5% en 2025. Menos compradores externos significa más peso para el ahorro interno… o más prima exigida por el mercado para digerir emisiones crecientes. Y ahí empieza el verdadero problema.
Intereses: el gasto que no se inaugura
La deuda puede ser doméstica, pero la factura es global. En el arranque del ejercicio fiscal 2026, los intereses netos ya equivalen al 14,8% del gasto total: uno de cada siete dólares del presupuesto se destina a pagar ayer. El contraste con otras partidas resulta demoledor: el propio CBO anticipa que el coste de intereses supera el gasto en defensa en su horizonte base y seguirá escalando si no cambia la senda fiscal.
La consecuencia es clara: cada punto de tipos que se traslada a nuevas emisiones compite con políticas públicas tangibles —infraestructura, salud, educación— sin que haya inauguración, ni foto, ni retorno electoral inmediato. En 2025 el gasto federal total fue de 7,01 billones, un contexto en el que el interés deja de ser un apunte contable y se convierte en restricción política.
2026 y el riesgo de refinanciación
El gran reto de 2026 no es el stock, sino el calendario. Con rendimientos elevados y subastas que empiezan a mostrar fatiga, el Tesoro afronta un ciclo de refinanciación más caro: deuda emitida en años de tipos bajos que vence y vuelve al mercado con cupón mayor. Y, al mismo tiempo, la Fed mantiene el pie fuera del acelerador: su cartera es enorme, pero ya no crece como en los años de compras masivas.
“El riesgo no es que un rival venda; es que el Tesoro tenga que renovar a tipos altos lo que emitió barato.”
En este entorno, la política fiscal queda atrapada entre dos realidades: recortar es impopular, subir impuestos es tóxico y emitir más empuja al mercado a pedir más rentabilidad. No hace falta una crisis “a la griega”; basta con una pendiente de intereses que se coma el margen de maniobra.
El efecto dominó global que vigila Wall Street
Si el coste del dinero en EE UU sube, el impacto no se queda en Washington: se exporta. Los Treasuries son el activo sin riesgo que fija precios globales; cuando su rentabilidad repunta, encarece financiación corporativa, hipotecas y deuda emergente, y drena liquidez de otros mercados. La paradoja es que el dólar se fortalece como refugio justo cuando el volumen de deuda alimenta dudas sobre su sostenibilidad.
Aun así, el sistema conserva amortiguadores: una base doméstica amplia, profundidad de mercado, capacidad de emitir en moneda propia y un banco central que, llegado el caso, puede reordenar su operativa para evitar dislocaciones. La pregunta de 2026 no es si EE UU “quiebra”; es cuánto tendrá que pagar para que el mundo siga creyendo que el bono americano es, todavía, la pieza central del tablero.