Wall Street se enfría: el 10 años salta al 4,231%, Dow Jones 49.359,33; S&P 6.940,01; Nasdaq 23.515,39
El mercado estadounidense amagó con subir y terminó cediendo. Pero el dato que explica la sesión no está en la bolsa, sino en los bonos: el Treasury a diez años cerró en 4,231%, máximo de cuatro meses, tras repuntar 7,1 puntos básicos. Con ese telón de fondo, el Dow Jones bajó a 49.359,33 (−83,11; −0,2%), el S&P 500 cerró en 6.940,01 (−4,46; −0,1%) y el Nasdaq en 23.515,39 (−14,63; −0,1%).
La duda se alimentó desde Washington: Donald Trump dejó en el aire el nombre del próximo presidente de la Reserva Federal y el mercado volvió a negociar “a titulares”. En paralelo, la geopolítica añadía prima de riesgo y la macro enviaba un mensaje incómodo: la industria crece más de lo previsto, lo que complica un giro rápido hacia tipos más bajos. Mientras Wall Street titubeaba, Canadá firmaba un cierre histórico: el TSX tocó récord con la energía empujando y la política comercial en plena reconfiguración.
Euforia fugaz, cierre tibio
La sesión del viernes fue un resumen de 2026: impulso inicial, retroceso inmediato y una tarde entera de indecisión. Los principales índices pasaron horas oscilando alrededor del punto de equilibrio, un patrón típico cuando el mercado percibe que cualquier movimiento fuerte puede quedarse “fuera de juego” en cuestión de minutos. El cierre, modestamente a la baja, no refleja tanto una venta agresiva como un retraimiento del apetito por riesgo.
En el cómputo semanal, el tono también fue de desgaste: el Nasdaq acumuló un descenso cercano al 0,7%, mientras el S&P 500 y el Dow cedieron en torno al 0,4% y 0,3%, respectivamente. No es una corrección en toda regla, pero sí un aviso: la subida de principios de año está encontrando un techo de incertidumbre.
La consecuencia es clara: cuando los índices no tienen dirección, el mercado se vuelve más selectivo y la volatilidad “interna” —ganadores muy claros y perdedores igual de claros— sustituye a la tendencia. Y eso, para gestores y traders, es casi peor que un día rojo: obliga a acertar el sector, no solo la dirección.
La Fed vuelve a ser el epicentro: Hassett pierde brillo, Warsh gana terreno
El catalizador político llegó desde la Casa Blanca. Trump sugirió que Kevin Hassett, director del National Economic Council y señalado por el mercado como favorito, podría no ser su elección para presidir la Reserva Federal cuando expire el mandato de Jerome Powell en mayo. El comentario, en sí mismo, fue suficiente para reabrir el debate sobre el sesgo de la política monetaria.
En términos de mercado, la lectura es inmediata: si cambia el nombre, puede cambiar la reacción del banco central ante inflación, empleo y crecimiento. Y, aunque aún no exista una nominación formal, el solo hecho de introducir duda afecta a la curva de tipos y a las valoraciones. En ese contexto, los mercados de predicción han empezado a mover fichas y a dar más opciones a Kevin Warsh, exgobernador de la Fed, como alternativa.
Este hecho revela la fragilidad del relato: en un entorno de inflación sensible y tipos altos, el mercado exige visibilidad. Cuando esa visibilidad se rompe por una frase, el dinero se vuelve defensivo. La independencia del banco central no es un debate académico; es una variable que se descuenta en tiempo real en el precio del bono y, por extensión, en el múltiplo de la bolsa.
Geopolítica y aranceles: el ruido no baja
A la incertidumbre monetaria se sumó una geopolítica en modo “prima de riesgo”. Trump mantuvo vivo el foco sobre Groenlandia, insinuando aranceles para países que no acompañen sus planes sobre el territorio. Aunque el mercado no descuenta un desenlace inmediato, sí descuenta el patrón: más política comercial, más fricción y más imprevisibilidad en cadenas de suministro.
Además, los inversores siguieron atentos a tres frentes que no dan tregua: los acontecimientos en Venezuela, la tensión interna en Irán y la guerra entre Rusia y Ucrania. El efecto agregado es conocido: menos apetito por apostar fuerte, más preferencia por posiciones líquidas y más sensibilidad a cualquier giro en energía o transporte.
En sesiones como la de hoy, la geopolítica opera como un freno silencioso. No provoca, necesariamente, una venta masiva; provoca una ausencia de compras. Y cuando el comprador se retira, el mercado se queda sin “piso emocional”. La consecuencia es clara: la bolsa deja de responder a un único factor y se convierte en un equilibrio precario entre tipos, titulares y confianza.
La macro complica el guion: la industria crece un 0,4%
El dato económico del día aportó soporte al crecimiento, pero presión a los tipos. La Reserva Federal informó de que la producción industrial subió un 0,4% en diciembre, repitiendo el 0,4% de noviembre tras revisión al alza. El consenso esperaba apenas un 0,1%, lo que convierte la sorpresa en un mensaje difícil de ignorar.
Este tipo de cifras tiene un doble filo. Por un lado, descarta —por ahora— un frenazo brusco de la economía. Por otro, reduce la urgencia de recortes, porque una industria que aguanta alimenta la narrativa de “tipos altos más tiempo”. Y, cuando el mercado se convence de que el dinero seguirá caro, ajusta el precio de las acciones.
La señal más limpia llegó, otra vez, desde el mercado de bonos. Los Treasuries cayeron con fuerza y el rendimiento del diez años saltó 7,1 puntos básicos hasta 4,231%, un cierre en máximos de cuatro meses. El diagnóstico es inequívoco: la macro no está pidiendo estímulos; está pidiendo prudencia. Y esa prudencia se traduce en una bolsa con menos convicción.
Sectores: inmobiliario comercial y chips tiran, el acero corrige
La sesión fue plana por índices, pero no por sectores. Donde hubo fuerza, fue visible. El Dow Jones U.S. Real Estate Index subió un 1,2%, reflejando compras en inmobiliario comercial, un segmento muy sensible a expectativas de tipos y a la lectura de crecimiento. En paralelo, los semiconductores extendieron el rally del jueves: el Philadelphia Semiconductor Index avanzó un 1,2% hasta récord de cierre.
Este contraste con el índice general explica el estado del mercado: rotación y selección. Los chips siguen funcionando como “infraestructura” de la narrativa de productividad y de la inversión en IA, incluso cuando el conjunto del mercado se enfría. El inmobiliario, por su parte, sugiere una apuesta táctica a que el ciclo no se rompe, aunque convive con el riesgo evidente de financiación cara.
En el lado negativo, el acero cayó: el NYSE Arca Steel Index bajó un 1,2%, corrigiendo tras cerrar el jueves en su mejor nivel en más de 17 años. Es una toma de beneficios con lectura macro: un sector ligado a ciclo y comercio internacional sufre más cuando se reactivan amenazas arancelarias y se endurece el coste del capital. La consecuencia es clara: el mercado no compra “todo”; compra historias concretas y castiga el exceso de entusiasmo.
Europa y Asia acompañan el tono: mixto en Oriente, rojo en Occidente
La fotografía internacional fue coherente con la falta de dirección de Wall Street. En Asia-Pacífico, sesión mixta: el Nikkei 225 y el Shanghai Composite cayeron un 0,3%, mientras el Kospi surcoreano avanzó un 0,9%. El mensaje, de nuevo, es dispersión: no hay un apetito global uniforme por riesgo, sino flujos que dependen de cada mercado y de cada sector.
En Europa, el tono fue más claramente negativo. El CAC 40 francés retrocedió un 0,7%, el DAX alemán bajó un 0,2% y el FTSE 100 londinense cedió un 0,1%. No son caídas profundas, pero sí un recordatorio: cuando EEUU se queda sin dirección y el bono repunta, Europa tiende a perder tracción.
El contraste con otras etapas es revelador. En ciclos donde el dólar y la curva se estabilizan, Europa puede “desacoplar” por momentos. Hoy, sin embargo, el precio del dinero vuelve a sincronizarlo todo. Y eso convierte cada dato estadounidense —desde producción industrial hasta un comentario sobre la Fed— en un factor global. La consecuencia es clara: la incertidumbre viaja rápido, y la bolsa europea la descuenta sin necesitar confirmación.
Canadá hace récord: Carney gira hacia China y esquiva a Trump
Mientras Wall Street cerraba en rojo ligero, Canadá firmó una jornada de máximos. El S&P/TSX Composite terminó en 33.040,55, nuevo récord, con una subida mínima de 11,63 puntos (+0,04%), pero con un balance semanal sólido: alrededor de +1,3%. La clave estuvo en energía y en política comercial.
Tras un viaje de cuatro días a China, el primer ministro Mark Carney anunció acuerdos para rebajar tensiones bilaterales: Pekín reducirá los gravámenes al aceite de canola canadiense hasta el 15% (desde 85%) a partir del 1 de marzo, mientras Canadá aceptará importar alrededor de 49.000 vehículos eléctricos chinos con un arancel reducido del 6,1%. Además, China concederá acceso sin visado a visitantes canadienses.
El movimiento es estratégico: Ottawa busca diversificar sin romper por completo con su gran socio, EEUU, precisamente cuando Trump ha impuesto aranceles del 35% a importaciones canadienses y ha insinuado incluso revisar el marco de CUSMA. En ese tablero, Carney definió las conversaciones con Pekín como “realistas y útiles”, una frase que suena menos a entusiasmo y más a necesidad.
Energía, vivienda y el mapa del riesgo: lo que se descuenta ahora
El mercado canadiense también recibió impulso por el crudo. Los temores a interrupciones de suministro a través del Estrecho de Ormuz elevaron el precio del petróleo y empujaron al alza al sector energético: +0,94% en la jornada, por delante de industriales (+0,87%) y real estate (+0,62%). Al otro lado, materiales (−0,48%) y tecnología (−1,16%) acusaron el tono de tipos altos y la caída del oro.
En el frente doméstico, el dato de vivienda aportó tracción: las iniciaciones de viviendas subieron un 11% mensual hasta una tasa anualizada de 282.439 en diciembre de 2025. Es una cifra que sugiere actividad resiliente, aunque también expone sensibilidad al coste de financiación, en un entorno donde los tipos largos en EEUU se están tensionando.
En EEUU, el cierre del diez años al 4,231% pone un listón: si la rentabilidad se consolida ahí, la bolsa tendrá que justificar valoraciones con beneficios, no solo con narrativa. Si baja, el mercado podría recuperar dirección. El diagnóstico es inequívoco: el precio del dinero vuelve a ser el termómetro principal. Y, con geopolítica en ebullición y política comercial reactivada, los márgenes de error se estrechan.