Waller avisa: Ormuz puede reavivar la inflación y enfriar recortes

El gobernador de la Reserva Federal descarta subidas de tipos por ahora, pero admite que un shock petrolero prolongado complicaría el camino hacia una política monetaria más laxa en Estados Unidos.

Estados Unidos

Foto de Patrick Hendry en Unsplash
Dólar Foto de Patrick Hendry en Unsplash

El estrecho de Ormuz canaliza 20 millones de barriles diarios, el equivalente a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos, y también más de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado. Cuando Christopher Waller alerta de que un cierre de ese corredor puede añadir presión inflacionista, no está describiendo una hipótesis exótica, sino el riesgo más temido por cualquier banco central: que un shock geopolítico vuelva a encarecer la energía justo cuando la inflación aún no ha regresado del todo al objetivo del 2%. Y lo más delicado es que la Fed ya navega con el tipo oficial en 3,5%-3,75%, en equilibrio inestable entre enfriar precios y no asfixiar el empleo.

El cuello de botella que lo cambia todo

La trascendencia de Ormuz no reside solo en su simbolismo. Reside en su física. Es uno de los pocos puntos del planeta donde un incidente local puede alterar en cuestión de horas la estructura global de precios. La EIA recuerda que por ese paso circuló en 2024 más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del comercio global de GNL. Además, las alternativas son escasas: Arabia Saudí y Emiratos cuentan con infraestructuras para sortear parcialmente el estrecho, pero la capacidad adicional disponible ronda apenas 2,6 millones de barriles al día, muy lejos del volumen que normalmente cruza la ruta. Este hecho revela la dimensión del problema. No se trata simplemente de reemplazar barriles, sino de sustituir una arteria logística cuya interrupción encarece transporte, seguros, refinado y suministro al mismo tiempo. La consecuencia es clara: cualquier cierre prolongado deja de ser una noticia regional para convertirse en un impuesto energético de alcance mundial.

La inflación entra por la energía

Waller ha puesto el foco donde empieza siempre el contagio. Primero sube el crudo. Después la gasolina, el diésel, el queroseno y los costes de transporte. Más tarde, con retraso, aparece la factura en bienes y servicios. La secuencia ya ha comenzado a dejar señales. La propia EIA constató que, tras las tensiones de junio de 2025, el Brent saltó de 69 a 74 dólares por barril en un solo día. En el episodio actual, distintos seguimientos del mercado elevan el movimiento a otra escala: CBS subraya que la gasolina en EEUU ha aumentado más de 65 centavos por galón desde el inicio de la guerra, el mayor repunte semanal en dos décadas, mientras el Financial Times recoge que un petróleo estabilizado en torno a 100 dólares podría restar entre 0,25 y 0,5 puntos al PIB estadounidense y agravar el cuadro inflacionista. Un shock de oferta no se detiene con retórica monetaria: entra por la energía y termina filtrándose al conjunto de la economía.

Una Fed con menos margen

Aquí aparece la parte más incómoda del diagnóstico. La Reserva Federal ya admitió oficialmente en su reunión del 18 de marzo de 2026 que las implicaciones de Oriente Medio para la economía estadounidense son inciertas, y aun así mantuvo los tipos en 3,5%-3,75%. No lo hizo desde la comodidad, sino desde la falta de margen. Sus propias proyecciones muestran que la inflación PCE media para 2026 se sitúa en 2,7%, exactamente el mismo nivel que la inflación subyacente, todavía muy por encima del objetivo. Al mismo tiempo, la senda mediana del tipo oficial para final de año queda en 3,4%, lo que sugiere que el banco central seguía contemplando algún alivio, pero limitado. El diagnóstico es inequívoco: antes incluso de un shock energético severo, la Fed no daba por ganada la batalla contra los precios. Con Ormuz sobre la mesa, ese camino se estrecha aún más.

Waller no quiere subidas, pero tampoco un error

La intervención de Waller tiene valor precisamente porque no procede de un halcón clásico. Según la síntesis publicada este viernes por MarketWatch, el gobernador no ve necesarias nuevas subidas de tipos y mantiene la idea de que la inflación puede moderarse en la segunda mitad del año; incluso se muestra dispuesto a respaldar recortes si la evolución de la economía sigue siendo favorable. Sin embargo, la cautela que introduce es decisiva: un shock petrolero persistente cambia el marco, porque deja de ser un sobresalto pasajero y pasa a condicionar las expectativas de inflación, el consumo y la inversión. En febrero, el propio Waller defendía que la política monetaria debía mirar a través del efecto temporal de los aranceles, con una premisa indispensable: que la inflación subyacente estuviera cerca del 2% y el mercado laboral siguiera frágil. Lo más grave es que un cierre prolongado de Ormuz cuestiona ambas condiciones a la vez.

El empleo debilita la paciencia

La razón por la que Waller sigue dejando la puerta abierta a bajar tipos está en el empleo. En su declaración de enero fue explícito: el mercado laboral estadounidense venía de crear en 2025 menos de 600.000 empleos, frente a una media cercana a 1,9 millones anuales en la década anterior, y llegó a afirmar que las revisiones probablemente mostrarían crecimiento prácticamente nulo del empleo. En febrero moderó el tono tras un mejor dato mensual, pero insistió en que el año previo había sido el más débil fuera de recesión desde 2002 y en que una sola lectura positiva no bastaba para certificar un giro de tendencia. Ese es el telón de fondo real. La Fed no solo teme que la inflación rebote; teme también equivocarse por exceso de dureza cuando el empleo ya muestra fisuras. Por eso Waller rechaza las subidas. Y por eso mismo un petróleo caro durante varios meses puede bloquear los recortes que hoy aún considera posibles.

EEUU está menos expuesto, el mundo no

Conviene introducir un matiz importante. Estados Unidos no depende de Ormuz como Asia. La EIA calcula que en 2024 el país importó a través de esa ruta unos 0,5 millones de barriles diarios, apenas el 7% de sus importaciones de crudo y el 2% de su consumo de líquidos petrolíferos. El contraste con otras regiones resulta demoledor: el 84% del crudo y condensados que atraviesan el estrecho termina en mercados asiáticos, con China, India, Japón y Corea del Sur entre los principales destinos. Pero esa menor exposición directa no inmuniza a Washington. El petróleo se fija en un mercado global y la inflación estadounidense no distingue entre un barril físicamente importado del Golfo y uno encarecido por la tensión internacional. Ahí reside la trampa. EEUU puede recibir menos golpe de suministro que Asia, pero sigue recibiendo el golpe de precios. Y para la Fed eso basta para complicar cualquier relajación monetaria.

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