Las grandes sorpresas que deja el Mundial hasta ahora

Mundial

La primera gran fase decisiva deja eliminaciones inesperadas, anfitriones fuertes y un torneo más caro, más largo y más imprevisible.

El Mundial de 2026 ya ha dejado una conclusión incómoda: el favoritismo pesa menos que nunca. La ampliación a 48 selecciones y 104 partidos ha multiplicado las oportunidades, pero también ha expuesto a varias potencias a un calendario más largo, cruces más abiertos y rivales sin complejos. La caída de Alemania ante Paraguay, el golpe de Marruecos a Países Bajos y la resistencia de selecciones como Cabo Verde, Egipto o Japón revelan un cambio de fondo: la distancia entre élites y aspirantes se ha estrechado. Y lo más relevante es que el fenómeno no es solo deportivo. También es económico, televisivo y político.

Alemania, el primer terremoto

La eliminación de Alemania en la ronda de 32, tras caer en los penaltis ante Paraguay, es la gran sorpresa negativa del torneo. No se trata solo del resultado. Es el símbolo de una selección que vuelve a tropezar en el escenario donde históricamente impuso jerarquía, método y competitividad. Un 1-1 resuelto por 4-3 en la tanda dejó fuera a una de las grandes candidatas y abrió un debate inmediato sobre dirección técnica, renovación y falta de pegada.

El diagnóstico es inequívoco: Alemania ya no intimida por inercia. La consecuencia es clara. El Mundial ha dejado de premiar únicamente la historia y castiga con dureza cualquier desconexión competitiva.

Marruecos confirma que no fue casualidad

Marruecos volvió a comportarse como una selección mayor. Tras eliminar a Países Bajos en los penaltis y golear 3-0 a Canadá en octavos, el equipo africano confirmó que su irrupción reciente no responde a una generación aislada, sino a una estructura más sólida.

El contraste resulta demoledor. Mientras varias potencias europeas exhiben dudas tácticas, Marruecos compite con orden, físico y una madurez impropia de quien hasta hace poco era considerado aspirante secundario. Ya no es sorpresa: es amenaza real.

Los anfitriones resisten

Estados Unidos, México y Canadá superaron la primera fase eliminatoria, un dato relevante para la narrativa comercial del torneo. La anfitrionía ha funcionado como impulso competitivo y emocional, aunque con matices. Canadá cayó después ante Marruecos, pero antes había eliminado a Sudáfrica por 1-0. México superó a Ecuador por 2-0, y Estados Unidos venció a Bosnia-Herzegovina por 2-0 en la prórroga.

Este hecho revela una ventaja evidente: jugar en casa sigue pesando. Sin embargo, también muestra el límite del entusiasmo. El calor del público empuja, pero no sustituye la calidad diferencial cuando llegan los cruces grandes.

España y Francia no fallan

Entre tanto ruido, España y Francia han hecho lo que se exige a los favoritos: ganar sin negociar su autoridad. España venció 3-0 a Austria y Francia superó primero 3-0 a Suecia y después 1-0 a Paraguay, con Kylian Mbappé otra vez como factor decisivo.

Lo más relevante no es solo el marcador, sino la sensación. En un Mundial donde Alemania y Países Bajos ya han pagado caro un mal día, España y Francia transmiten una idea distinta: control, profundidad y capacidad para sobrevivir a partidos cerrados. En este formato, saber sufrir vale casi tanto como jugar bien.

El nuevo formato cambia el riesgo

La ampliación a 48 equipos y una fase final con ronda de 32 ha alterado el equilibrio competitivo. Hay más selecciones, más partidos y más margen para historias inesperadas. Pero también existe un coste: los favoritos deben atravesar más obstáculos antes de llegar a la final.

La estructura ha creado un torneo más televisivo y más imprevisible, aunque no necesariamente más justo. Algunos análisis académicos ya han señalado problemas de diseño en el sistema de clasificación de terceros y en la composición del cuadro. El resultado es un Mundial más abierto, pero también más expuesto al azar.

El Mundial más caro

La otra sorpresa está fuera del césped. El torneo ya acumuló 4,6 millones de espectadores en la fase de grupos, una cifra histórica, pero también se ha convertido en el Mundial más caro para muchos aficionados. Las entradas de máxima categoría para la final llegaron a situarse en 10.990 dólares, frente a los 1.550 dólares previstos inicialmente como referencia máxima en la candidatura.

La paradoja es evidente: nunca hubo tanta demanda, pero tampoco tantas barreras económicas. El fútbol global se expande, sí, aunque cada vez resulta menos accesible para una parte de su propia base social.