El abultado gasto militar de Rusia en Ucrania rebasa toda previsión
La economía aguanta, sí. Pero cada mes lo hace con menos margen.
El dato no sale de una arenga ni de un discurso: sale de una carta interna. Según la documentación citada por Financial Times, el ministro Anton Siluanov advierte de un sobregasto mínimo de ₽2 billones (unos 28.000 millones de dólares) respecto al presupuesto de guerra de 2026. Y deja una amenaza aún más áspera: en un escenario adverso, el agujero podría duplicarse a ₽4 billones este mismo año, con continuidad en 2027 y 2028.
Este hecho revela el cambio de fase: Rusia ya no está “financiando una operación”; está financiando una estructura de guerra que se ha convertido en columna vertebral del Estado. La consecuencia es clara: cuando el coste se vuelve estructural, también lo son las renuncias. Y las renuncias —carreteras, sanidad, educación, inversión civil— no aparecen de golpe; se filtran, se congelan, se aplazan hasta que el país descubre que el esfuerzo militar no tiene fecha de caducidad.
Defensa al 40%: la economía entra en modo trinchera
La guerra ha terminado por capturar el cuadro completo del gasto. El propio análisis del FT describe que Rusia dedica casi el 40% del presupuesto a defensa y seguridad, una proporción que encaja con una economía reordenada para producir munición, pagar contratos y sostener logística. El mensaje político es inequívoco: todo lo demás se adapta a la guerra, no al revés.
SIPRI lo enmarca con precisión: la planificación para 2026 es la de un quinto año de conflicto, con una administración que asume que la “normalidad” es, en realidad, continuidad bélica. El contraste con ciclos anteriores resulta demoledor: incluso cuando el Kremlin intenta mostrar estabilidad macro, el reparto presupuestario delata prioridad absoluta. El Estado se militariza no sólo por la cifra total, sino por la jerarquía: primero la guerra, después el resto.
Déficit récord y tijera silenciosa en el gasto civil
La aritmética del sobregasto tiene una salida inmediata: recortar por otro lado. Siluanov habría pedido congelar gasto no militar por ₽2,9 billones en 2026, y más en los años siguientes. No es una poda estética; es una reprogramación de país. Y llega en un contexto ya delicado: el déficit habría alcanzado ₽5,9 billones en los cuatro primeros meses de 2026, el peor registro desde el inicio de la invasión a gran escala.
“Las presiones presupuestarias aumentaron, con un déficit de fin de año del 2,6% del PIB”, constataba SIPRI al analizar la deriva fiscal previa.
Ese patrón —déficit, endurecimiento monetario, ajustes internos— se normaliza. Lo más grave no es el déficit en sí, sino su calidad: cuando el agujero se explica por guerra y el ajuste recae sobre gasto civil, la economía pierde inversión futura. Y sin inversión, el crecimiento deja de ser motor y pasa a ser inercia.
Sanciones, petróleo y el espejismo de “aguantar”
Rusia ha sobrevivido a sanciones gracias a una mezcla de adaptación, controles internos y energía. Pero “aguantar” no equivale a “estar bien”. El FT subraya que el aumento del precio del petróleo por el conflicto con Irán ayudó a sostener ingresos, aunque no basta para compensar el ritmo de gasto. La consecuencia es un equilibrio peligroso: si el crudo baja, el déficit se dispara; si el crudo sube, alivia ingresos pero reaviva inflación y tensión monetaria.
AP describe, además, la dimensión tecnológica del estrangulamiento: inteligencia europea advierte de intentos agresivos rusos por captar tecnología occidental “dual-use” en plena presión de sanciones. Esa búsqueda revela vulnerabilidad: la guerra moderna no sólo consume dinero, también consume componentes, máquinas y know-how. Y cuando el acceso se estrecha, el coste unitario sube, los plazos se alargan y el presupuesto vuelve a saltar por los aires. El diagnóstico es inequívoco: la economía puede resistir, pero lo hace pagando primas crecientes.
Riesgo político y social: cuando la factura llega al hogar
El Kremlin puede ordenar prioridades, pero no puede borrar la percepción. Congelar gasto civil por billones de rublos significa hospitales que esperan, regiones con menos inversión y salarios públicos que pierden poder adquisitivo. Y eso, en un país grande y desigual, se traduce en tensión social incluso sin protestas masivas: más dependencia del Estado, menos calidad de servicio, más resignación.
El riesgo político no llega por un gran estallido; llega por erosión. Cuando la guerra absorbe recursos, el ciudadano vive el conflicto en el precio, en la cola, en el deterioro. Y el poder local —gobernadores, administraciones regionales— queda atrapado entre exigencias de Moscú y realidades presupuestarias. La consecuencia es clara: la guerra termina colonizando la vida cotidiana, y ese coste, aunque no salga en el parte militar, es el que se acumula de forma irreversible.
El sobregasto de ₽2 billones no es un accidente contable; es una señal de trayectoria. Si el conflicto no se enfría, Rusia entra en un bucle: más gasto militar → más déficit → más recortes civiles → más necesidad de ingresos energéticos → más exposición a shocks externos. Y esa exposición es especialmente tóxica en un entorno de sanciones y tensión tecnológica.
El Kremlin puede intentar compensar con impuestos, deuda doméstica o mayor opacidad presupuestaria. Pero cada vía tiene un precio: la recaudación erosiona consumo; la deuda encarece financiación; la opacidad reduce confianza interna y externa. En el fondo, el punto ya no es cuánto cuesta la guerra, sino qué tipo de economía queda después. Y esa economía —más militar, más dependiente, menos invertida— es la cicatriz más profunda.