DE CASTRO: La advertencia militar de China y Rusia que frena los pies a Trump y Netanyahu

Thumbnail del vídeo de Negocios TV con Juan Antonio de Castro analizando la advertencia militar de China y Rusia
Juan Antonio de Castro explica cómo el reciente encuentro entre Putin y Xi Jinping consolida un nuevo orden mundial multipolar que desafía el dominio occidental y debilita a Europa, además de criticar la doble moral estadounidense y la crisis del derecho internacional.

En un mundo donde el equilibrio de poder se desvanece y surgen nuevas fuerzas, el último encuentro entre Vladimir Putin y Xi Jinping marca un antes y un después. Juan Antonio de Castro, exfuncionario de Naciones Unidas, plantea una crítica profunda sobre la situación del orden internacional y cómo esto afecta a Occidente y, especialmente, a la Unión Europea.

El triángulo que dicta las reglas

El relato de un “orden internacional” estable se sostiene cada vez más por inercia. El último cara a cara entre Putin y Xi no fue solo un gesto político: fue una demostración de arquitectura de poder. Pekín ofreció escenario, agenda y un mensaje común contra el unilateralismo, mientras ambos exhibían músculo económico y coordinación estratégica.
En ese marco, De Castro habla de un triángulo —China, Rusia y Estados Unidos— que condiciona la agenda global. Y lo más grave no es el diagnóstico, sino la velocidad: la competencia ya no es solo comercial, también es tecnológica, energética y militar. El precedente es incómodo para Europa: cuando la negociación se convierte en un duelo de palancas, la potencia que no tiene palancas queda fuera de la sala.

La “fuerza económica tranquila” de China

China juega a largo plazo y, sobre todo, con paciencia. Xi busca presentarse como polo de “estabilidad” frente al ruido occidental, mientras teje acuerdos industriales y acceso a materias primas. En el encuentro con Putin, la energía volvió a ser columna vertebral: Rusia presume de fiabilidad como proveedor y su petróleo hacia China habría crecido un 35% a comienzos de 2026, según cifras difundidas en el entorno de la cumbre.
Este hecho revela un cambio de fase: la geopolítica ya no se decide solo con portaaviones, sino con contratos, gasoductos, chips y capacidad de financiación. Y ahí China juega “tranquila” porque puede permitirse el horizonte: 18,7 billones de dólares de PIB en 2024 y 1,41 billones de habitantes como mercado y fuerza de trabajo.

Europa, potencia sin soberanía

La Unión Europea sigue siendo enorme en tamaño, pero frágil en decisión. Sus 450 millones de habitantes y un PIB de 19,5 billones la convierten en un actor de primer orden sobre el papel. Sin embargo, el contraste con otras potencias resulta demoledor: carece de una política exterior plenamente unificada, depende de terceros en energía y seguridad, y su aparato industrial lleva años perdiendo densidad frente a China y Estados Unidos.
De Castro apunta a una pérdida de soberanía menos visible: la que nace de la incapacidad de ejecutar una estrategia común cuando el entorno se vuelve hostil. En ese marco, figuras como Kaja Kallas —hoy alta representante de la UE para Exteriores— simbolizan, para sus críticos, la distancia entre el discurso y la capacidad real. “La vieja Europa se queda atrás”, resume el exfuncionario.

La doble moral como combustible político

Estados Unidos mantiene la ventaja estructural del poder financiero y militar, pero su credibilidad internacional se erosiona por una práctica recurrente: exigir reglas que no siempre se aplica. De Castro lo ilustra con el caso de Raúl Castro y el uso del aparato judicial como palanca política. En mayo, medios estadounidenses y europeos informaron de un paso inédito hacia una acusación vinculada al derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996.
El problema no es solo jurídico. Es estratégico: cada movimiento percibido como selectivo alimenta el argumento de Moscú y Pekín sobre un orden “a la carta”. Y cuando ese relato prende, la UE queda atrapada: necesita a Washington para su seguridad, pero paga el coste reputacional de alinearse sin margen propio.

La ONU como decorado institucional

De Castro advierte de un escenario que, de consolidarse, sería devastador para economías abiertas como las europeas: el vaciamiento práctico de la Carta de Naciones Unidas. No hace falta su colapso formal; basta con que las grandes potencias la traten como una referencia ornamental. La consecuencia es clara: más sanciones cruzadas, más bloques, más fragmentación de cadenas de suministro y más primas de riesgo geopolítico.
“Cuando la legalidad internacional se convierte en un recurso retórico, el poder vuelve a ser lo único que pesa; y Europa, sin poder duro ni energía propia, queda condenada a elegir entre dependencia o irrelevancia”, resume el exfuncionario en su lectura del momento. En ese marco, la multipolaridad no es un ideal: es un mercado de presiones donde gana quien puede sostener costes.

El tablero geopolítico termina aterrizando en lo que importa a Negocios: crecimiento, inversión y competitividad. Si el eje Pekín-Moscú consolida su comercio —228.000 millones en 2025— y amplía cooperación tecnológica, Europa afronta un dilema industrial: rearmar capacidades (energía, defensa, semiconductores) o aceptar una lenta desindustrialización.
La inflación energética, la carrera por subsidios y la guerra comercial de baja intensidad ya no son hipótesis: forman parte del nuevo paisaje. Y la UE llega con debilidades acumuladas: exceso regulatorio, fragmentación de capitales y una cultura estratégica que reacciona tarde. Lo más grave es la asimetría temporal: China y Rusia piensan en décadas; Europa, en ciclos políticos cortos. Ese desfase, convertido en norma, es el verdadero riesgo país.