VILLARROYA: "Irán nunca va a entrar en los acuerdos de Abraham. Se está cayendo el acuerdo con EEUU"
La ruptura del diálogo entre Estados Unidos e Irán vuelve a colocar al mundo en modo “riesgo”. No por el gesto en sí, sino por lo que implica: cuando la negociación se detiene, el siguiente actor suele ser la fuerza, o al menos la amenaza creíble de usarla. Según el historiador José Miguel Villarroya, la exigencia que ha condicionado el proceso es, de partida, inasumible. Y ahí reside la clave: una condición imposible puede ser, en realidad, una estrategia.
El mercado lo entiende antes que nadie. La geopolítica se traduce en primas de riesgo, en costes de transporte y en energía. Y la energía, en inflación. Lo demás —discursos, fotos, comunicados— es el envoltorio. El problema es que el envoltorio también mueve votos, alianzas y guerras.
El “requisito Abraham” como trampa diplomática
Donald Trump ha sugerido que un eventual acuerdo con Irán debería incorporar la lógica de los Acuerdos de Abraham, es decir, avanzar hacia la normalización regional con Israel. Esa condición ha sido presentada como una palanca de paz, pero en la práctica eleva el listón a una altura que Teherán difícilmente puede aceptar sin desmontar su arquitectura ideológica y de seguridad. La propia prensa internacional recoge cómo Trump ha vinculado el marco del pacto a la expansión de esos acuerdos en la región.
Villarroya lo plantea con crudeza: cuando el punto de partida exige una renuncia identitaria, el diálogo deja de ser un puente y se convierte en un muro. No es solo una cuestión simbólica. Es operativa. Si la negociación se construye sobre un “sí” que no llegará, el alto el fuego queda congelado a voluntad del que diseña el marco. La consecuencia es clara: la diplomacia pasa a ser un instrumento de presión y de relato, más que un mecanismo de desescalada real.
Ormuz, el verdadero termómetro económico de la crisis
El foco estratégico vuelve al Estrecho de Ormuz por una razón simple: por ahí circula una parte decisiva del petróleo y del gas mundial. En 2024 y el primer trimestre de 2025, los flujos por Ormuz representaron más de una cuarta parte del comercio marítimo global de crudo y aproximadamente una quinta parte del consumo mundial de petróleo y derivados. La Agencia Internacional de la Energía añade un dato aún más contundente: en 2025 pasaron por el estrecho casi 15 millones de barriles diarios, cerca del 34% del comercio mundial de crudo.
Este hecho revela por qué cualquier bloqueo, retraso o simple ambigüedad dispara la incertidumbre. No hace falta cerrar Ormuz para tensionar precios: basta con amenazar, con complicar la navegación o con introducir “condiciones” políticas. Incluso cuando hay rumores de acuerdo, la falta de claridad sobre plazos y verificación mantiene el mercado en guardia. Irán, de hecho, ha negado que un pacto sea inminente pese a reconocer avances parciales.
Hezbolá, Líbano y la guerra que se libra por delegación
La discusión sobre Irán rara vez es bilateral. Siempre arrastra satélites: milicias, corredores logísticos, equilibrios internos en Irak y Siria, y especialmente el tablero libanés. Villarroya sugiere que parte del diseño beneficia indirectamente la estrategia israelí en el sur del Líbano, donde Hezbolá sigue siendo un actor central. El patrón no es nuevo: cuando no se puede imponer una victoria total, se busca congelar el conflicto con ventajas parciales.
La consecuencia suele ser un aumento de la guerra por delegación. Menos enfrentamiento directo y más golpes quirúrgicos, más presión sobre infraestructuras y más “zonas grises” donde nadie asume del todo la autoría. En ese terreno, la diplomacia se vuelve un arma: se utiliza para ganar tiempo, para aislar al rival o para justificar la siguiente fase. La paz, en este marco, deja de ser un fin y pasa a ser una moneda: se ofrece, se retira, se condiciona. Y, mientras tanto, el coste económico —seguros marítimos, logística, energía— se va acumulando sin necesidad de una gran batalla.
Ucrania y el mensaje de fuerza que no cierra el conflicto
En paralelo, la guerra en Ucrania sigue su propia lógica de escalada y desgaste. Informaciones recientes señalan el uso por parte de Rusia de misiles Oreshnik, descritos como de capacidad nuclear, en ataques sobre territorio ucraniano, generando incluso críticas en círculos prorrusos por la eficacia y el simbolismo de su empleo. El mensaje es evidente: Moscú quiere demostrar que conserva cartas para subir la apuesta.
Villarroya cuestiona, sin embargo, el equilibrio de esa estrategia: mostrar músculo no equivale a resolver el conflicto. Si el objetivo político es forzar una negociación favorable, la presión debe ser coherente y sostenida; si el objetivo militar es quebrar el mando enemigo, el debate vuelve a aparecer: por qué se evita golpear ciertos centros neurálgicos y se opta por campañas largas que devoran recursos. El contraste con otras guerras resulta demoledor: la escalada tecnológica puede convivir con una guerra de trincheras. Y eso, a largo plazo, erosiona a todos.
España: Felipe González sube el volumen y el Gobierno escucha el eco
El ruido exterior tiene un reflejo interior. En España, la discusión sobre estabilidad institucional vuelve al centro con la presión de voces históricas del socialismo. Felipe González ha cuestionado públicamente la lógica de no convocar elecciones por miedo a un resultado adverso, calificándola de argumento “antidemocrático” en el debate político reciente. Ese tipo de intervención no se produce por capricho: busca marcar frontera moral y activar un debate sobre legitimidad y desgaste.
A ello se suma un clima de sospecha alimentado por acusaciones y controversias alrededor de figuras de la política exterior reciente, en particular por la relación con Venezuela y el entorno de Nicolás Maduro, un terreno donde se mezclan intereses, diplomacia paralela y propaganda. El Gobierno de Pedro Sánchez, en ese contexto, se enfrenta a una tensión clásica: resistir para agotar legislatura o anticipar un ciclo electoral antes de que el desgaste se convierta en ruptura. El diagnóstico es incómodo: cuando el ruido se institucionaliza, la confianza se vuelve el recurso más escaso.
La foto final no es un “mundo imprevisible” por definición, sino un mundo con tres focos que se retroalimentan: Oriente Medio como detonante energético, Ucrania como guerra de desgaste con capacidad de escalada, y Europa —incluida España— como escenario de polarización y fatiga institucional. El equilibrio internacional se resiente cuando la diplomacia se usa como ultimátum y cuando la seguridad energética queda atada a un cuello de botella.
Por eso la pregunta no es solo qué hará Irán o qué quiere Washington, sino cuánto tiempo puede sostenerse un sistema en el que la credibilidad se negocia a golpe de titular. Si Ormuz se convierte en palanca recurrente, el coste se traslada a precios y a política doméstica. Si Ucrania entra en una nueva fase tecnológica, el riesgo de error aumenta. Y si la política española se encierra en el cálculo, el margen de maniobra se reduce. La consecuencia es clara: el orden no se rompe de golpe; se resquebraja por acumulación.