"Netanyahu manipula a Donald Trump. Quiere mantenerlo en Irán y que no pueda salir de ahí". Belikow

"Netanyahu manipula a Donald Trump. Quiere mantenerlo en Irán y que no pueda salir de ahí". Belikow
Análisis profundo con Juan Belikow sobre las complicaciones en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, la influencia israelí y los impactos de un escenario global en transformación.

Las conversaciones entre Estados Unidos e Irán, en apariencia encaminadas hacia un acuerdo preliminar, vuelven a topar con divisorias que parecen casi infranqueables. Todo un tablero de intereses, estrategias y tensiones regionales y globales se entrecruza con el programa nuclear iraní como epicentro. ¿Pero qué factores están realmente bloqueando el avance? Juan Belikow, analista experto, nos pone en contexto.

La semana termina sin ataques directos sobre Irán, pero también sin acuerdo. Ni siquiera un “principio de entendimiento”. Lo relevante no es la pausa: es el motivo del bloqueo. Y el motivo, según el analista de Seguridad y Defensa Juan Belikow, no está solo en Teherán, sino en Jerusalén.

En ese pulso, la palabra “negociación” se queda corta. Se discute un marco preliminar, condicionado por dos exigencias que, sobre el papel, son incompatibles. Mientras tanto, aparece una maniobra con carga geopolítica: trasladar uranio de alto enriquecimiento a China como “garantía” para destrabar el proceso.

Si el tablero se endurece, el impacto no será solo militar. El verdadero termómetro se llama Ormuz: por esa garganta pasa en torno a una quinta parte del crudo que consume el planeta. Un cierre parcial, o el simple rumor, reordena inflación, tipos y crecimiento en cuestión de días.

Dos líneas rojas: nuclear y Hezbolá

El bloqueo nace de una conversación política y de un veto operativo. Belikow sostiene que Israel trasladó a Washington dos condiciones “no negociables”: resolver ya el asunto nuclear y excluir de la mesa a los proxys, con el Líbano como epicentro. El resultado es un choque frontal: Irán quiere que el Líbano entre en la negociación para consolidar un cese de hostilidades; Israel se descuelga.

“Hay dos cuestiones en las que no están dispuestos a ceder: el tema nuclear… y los proxys, el Líbano en particular. Hezbolá es vital y no negociable”, viene a resumir el planteamiento.

El efecto inmediato es corrosivo: si una de las partes se reserva el derecho a seguir operando “más allá” del entendimiento, el acuerdo pierde su función básica. Y la consecuencia es clara: el alto el fuego deja de ser un instrumento de estabilidad y pasa a ser un paréntesis táctico.

El uranio a China y el precio de la garantía

En mitad del atasco aparece una vía de escape cargada de riesgos: sacar uranio de alto enriquecimiento de territorio iraní y enviarlo a Pekín. La idea, según se plantea, es simple y contundente: Teherán no entrega ese material a Estados Unidos por miedo a que termine en manos israelíes; China sería un tercero “menos hostil” para custodiarlo.

Belikow concede que, desde el punto de vista iraní, la jugada tiene lógica: reduce el incentivo de un ataque preventivo y permite a Teherán vender internamente que no se rinde ante Washington. Pero el nudo está en el receptor. China, advierte, mantiene una postura de “mira y observa” y puede resistirse a asumir un papel tan visible.

Aquí emerge el verdadero coste: si Pekín acepta, se convierte en actor directo; si rechaza, la negociación se queda sin salida elegante. En cualquiera de los dos casos, el expediente nuclear se “asiatiza” y estrecha todavía más el margen europeo.

Netanyahu, la guerra por frentes y la presión doméstica

Belikow describe un liderazgo israelí incentivado a prolongar la dureza. No solo por estrategia regional, sino por factores internos: Netanyahu afronta un juicio por corrupción y una victoria bélica refuerza su relato. A ello se suma la presión de los sectores más radicales y una oposición doméstica que, paradójicamente, empuja hacia posiciones menos conciliadoras.

El dato operativo es aún más inquietante: Israel se mueve en un esquema de múltiples frentes simultáneos —Siria, hutíes, Hamás, Líbano— con Irán como retaguardia de Hezbolá y parcialmente de los hutíes. Son al menos cinco teatros en paralelo.

Este hecho revela por qué la negociación se ensucia: cuando hay tantos frentes abiertos, cualquier concesión se interpreta como debilidad acumulativa. La diplomacia queda subordinada a la doctrina de “oportunidad histórica”. Y en ese marco, el acuerdo deja de ser un objetivo; pasa a ser una herramienta.

El sur del Líbano: colchón o avance irreversible

En el Líbano, la clave no es el Gobierno, sino Hezbolá. Belikow lo formula con una imagen corrosiva: “un Estado dentro del Estado”, capaz de disputar poder al propio aparato libanés. Por eso, una negociación entre Israel y Beirut no resuelve el problema si Hezbolá no entra; y Hezbolá, a ojos israelíes, no es un actor legítimo, sino un objetivo.

La consecuencia es un movimiento de geometría variable: Israel busca ampliar lo que llama “territorio de seguridad” en el sur del país para alejar cohetes, misiles precarios y, ahora, drones. El alcance crece y con él crece la franja de amortiguación: cada salto tecnológico ensancha el mapa.

El contraste con conflictos anteriores es inquietante: cuando la “línea de seguridad” se expande sin horizonte temporal, la frontera se convierte en debate identitario. En ese punto, ya no se discute un colchón, sino la posibilidad de un avance irreversible.

Ucrania: drones, verano y escalada contra civiles

En paralelo, Ucrania entra en una fase donde la autonomía tecnológica cambia el guion. Belikow sostiene que Kiev ha ganado margen respecto a los donantes: la guerra se ha “trincherizado” con drones y Ucrania puede producirlos sin depender del permiso político para ataques en profundidad. Incluso habla de un efecto secundario: exportar know-how de lucha antidrones a países de Oriente Medio tras su eficacia frente a los Shahed usados por Irán y Rusia.

El calendario también manda. “Estamos en periodo estival”, recuerda, y el verano favorece avances ucranianos mientras el invierno beneficia a Rusia. Esa carrera por ganar posiciones antes de una eventual negociación alimenta lo peor: ataques crecientes sobre objetivos civiles y una escalada de respuesta automática.

Lo más grave es la dirección moral del conflicto: cuanto más civil es el blanco, más difícil es construir una salida política vendible. La guerra se vuelve, literalmente, innegociable.

La mesa de tres y el temor a una cuarta potencia

Belikow introduce una idea que funciona como diagnóstico de época: una tendencia hacia un “gobierno trilateral” de facto entre Estados Unidos, China y Rusia, impulsada por dos cumbres en Pekín y por conversaciones a “tres bandas”. El mensaje implícito es que Moscú busca ser reconocido como superpotencia a la altura de Washington y Pekín.

En ese tablero, Irán aparece como anomalía peligrosa: un actor regional que aspira a más, convencido de haber exhibido la incapacidad estadounidense para proteger plenamente a sus aliados del Golfo. Por eso —según esta lectura— la actitud de las tres potencias sería mantener a Teherán “marginado” para luego intercambiar favores en el dossier ucraniano.

El efecto dominó es evidente: si Irán percibe que el “club” se cierra sin él, tiene incentivos para tensionar el punto exacto donde duele al mundo: energía, rutas, seguros y precios. Y ahí, Ormuz vuelve a ser más que geografía: es la palanca.