Covadonga Torres : "Irán está usando la máxima presión contra Trump. Se siente fortalecida por la guerra"

"Irán está usando la máxima presión contra Trump. Se siente fortalecida por la guerra"
La experta Covadonga Torres sostiene que Teherán usa el Estrecho como palanca de desgaste, mientras Trump presiona a la OTAN y China y Europa vuelve a quedar atrapada entre el tabú ruso y la factura energética.

Por el Estrecho de Ormuz circula cerca del 20% del petróleo que se mueve por mar. Cuando esa arteria se bloquea, el mercado no tiembla: entra en pánico.
Pero la crisis ya no es solo energética. Es un pulso de poder. Y, según Covadonga Torres —doctora en Inteligencia Artificial y analista geopolítica—, Irán está explotando ese escenario para erosionar a Trump y reordenar alianzas.
Washington responde con músculo naval y ultimátums a sus socios.
En medio, Europa asiste a la escena con una urgencia que no controla: el precio de la energía y el precio de su irrelevancia.

Ormuz como arma estratégica

Lo determinante no es el bloqueo en sí, sino su lógica. Las minas —reales o plausibles— bastan para paralizar el tránsito y disparar primas de riesgo, seguros y costes logísticos. La amenaza psicológica funciona: colocar minas es barato; retirarlas puede alargarse meses, con la Marina de EEUU intensificando operaciones de limpieza.
En ese tablero, Irán no necesita “ganar” una guerra abierta. Le basta con administrar la incertidumbre. Y el Estrecho se lo permite: además del crudo, por Ormuz transita en torno al 19%-20% del comercio global de GNL, con Qatar como pieza clave.
La consecuencia es clara: cada día de tensión equivale a un impuesto invisible sobre la economía mundial.

“Se siente fortalecida por la guerra”

El diagnóstico de Torres pivota sobre una idea incómoda: Teherán interpreta el choque como un refuerzo, no como una amenaza existencial. “Irán se siente fortalecida por la guerra y utiliza la tensión para desgastar la posición de Trump”, resume en la entrevista. Esa lectura explica la precisión del movimiento: Ormuz es un botón nuclear sin necesidad de uranio, un mecanismo de presión sobre mercados, aliados y votantes.

En paralelo, el bloqueo se convierte en un mensaje interno: resistencia, control, soberanía. Y hacia fuera, una invitación a que terceros —Rusia y China— midan la consistencia de Occidente. Si el precio del petróleo marca el pulso de la inflación, el Estrecho marca el pulso de la política. “Profesión peligrosa” fue la expresión que Trump usó días atrás al hablar de seguridad; en energía, la frase vale igual.

Trump y la diplomacia del ultimátum

La respuesta de Trump combina fuerza y espectáculo. Orden directa al Ejército para actuar contra embarcaciones iraníes asociadas a minas, aumento de la actividad de desminado y despliegue adicional en la zona.
Pero el giro relevante es político: la Casa Blanca ha trasladado la presión a sus socios. Trump ha advertido a la OTAN de un futuro “muy malo” si no ayuda a reabrir Ormuz y ha pedido implicación a China, que depende del petróleo del golfo.

Ahí encaja la “lista de castigos” que inquieta a Europa: planes para penalizar a aliados considerados poco útiles durante el conflicto, con medidas que irían desde reubicación de tropas hasta restricciones en cooperación.
El mensaje es diáfano: el paraguas americano ya no es automático; se factura.

Europa, rehén energético y rehén político

Europa es el eslabón más frágil porque paga dos veces: por la energía y por la dependencia. A corto plazo, la prioridad es evitar otro shock inflacionista; a medio, sostener industria y competitividad; a largo, no quedar reducida a mercado cautivo. Ormuz lo acelera todo.

Torres plantea el tabú que vuelve en cada crisis: ¿habrá que hablar con Putin para minimizar daños? En Bruselas, esa hipótesis sigue siendo tóxica, pero el mercado es menos moralista que la política. Si el tránsito marítimo se encarece y el gas se tensiona, el coste electoral crece. Y si Washington exige alineamiento, la autonomía europea se encoge. La encrucijada es brutal: o Europa construye músculo —energético, militar y diplomático— o seguirá jugando a reaccionar, tarde y caro.

Rusia y China, ganadores por desgaste

Mientras Washington e Irán chocan, Moscú y Pekín observan el deterioro occidental con una ventaja fría: el conflicto erosiona cohesión transatlántica y multiplica las grietas internas. Si EEUU castiga a aliados, Rusia gana aire político; si la energía se encarece, China gana capacidad de negociación con proveedores alternativos.

No hace falta una alianza formal para que ambos capitalicen el desorden. Les basta con una arquitectura mundial más transaccional, donde la fuerza marítima y la energía dictan jerarquías. En esa lógica, la OTAN aparece más discutida y menos disciplinada. Y Europa, más dependiente. El orden liberal se defendía con normas; ahora se está defendiendo con listas, sanciones y rutas marítimas.

La guerra de la narrativa ya es tecnológica

Aquí entra el valor diferencial de Torres: la geopolítica ya no se explica sin tecnología. La IA amplifica propaganda, acelera ciclos de indignación y crea capas de niebla informativa que complican cualquier desescalada. En un conflicto como Ormuz, donde la confianza del mercado es tan importante como el barril físico, un vídeo falso o una filtración interesada puede mover precios más rápido que un misil.

La consecuencia es que el poder no solo se mide en flotas. Se mide en control del relato. Y cuando el relato se fragmenta, los gobiernos endurecen posiciones para no parecer débiles. Es el círculo perfecto: tensión en el mar, tensión en redes, tensión en urnas. Y el margen para pactar se estrecha.

El coste del realismo que viene

La pregunta final no es si el mundo cambia, sino cuánto y a favor de quién. Si Ormuz sigue bloqueado, el desminado se alarga y Trump insiste en condicionar la protección a la obediencia, Europa tendrá que elegir: o paga más por seguridad —energía y defensa— o paga más por vulnerabilidad —inflación, parón industrial y fractura política—.

Torres alerta del “cambio irreversible” en la arquitectura global. No porque una potencia caiga mañana, sino porque las reglas han mutado: el comercio ya no garantiza paz; la energía ya no garantiza estabilidad; las alianzas ya no garantizan cobertura. Y cuando ese trípode se rompe, los ganadores suelen ser los mismos: quienes tienen recursos, rutas y paciencia.