Dow Jones tiembla, Ormuz borra 3 millones y sube el barril, Antonio Turiel: “El daño ya es irreversible”

Antonio Turiel lanza una advertencia sobre el petróleo: “El daño ya es irreversible”
Antonio Turiel avisa de que, incluso con tregua, Europa entra en un shock energético “tipo 2022” con diésel y queroseno en el centro del problema.

La tregua llega, pero la factura ya está en marcha.
Fatih Birol (AIE) llegó a comparar esta crisis con 1973, 1979 y 2022 juntas.
Antonio Turiel (CSIC) pone cifras al daño: entre 1 y 3 millones de barriles diarios pueden perderse de forma permanente.
Y con Europa sin refinerías suficientes, el cuello de botella no será solo el precio: será el suministro.

Un shock “como mínimo” del 2022, aunque se firme la paz

Turiel no compra el optimismo fácil: incluso en el escenario más benigno, la economía europea se encamina hacia una crisis energética “como mínimo” comparable a la de 2022. No por alarmismo, sino por mecánica industrial. Infraestructuras dañadas, cadenas logísticas tensadas y pozos que, al parar, no vuelven a producir al mismo ritmo ni con la misma eficiencia. El diagnóstico es incómodo: la tregua puede frenar una escalada, pero no borra el impacto acumulado.

“Incluso en el mejor y más optimista de los escenarios, yo creo que una crisis mínimo del estilo del 22 no nos la quita nadie”, resume. La idea clave es temporal: lo que se rompe —instalaciones, rutas, seguros, contratos— no se repara en días. Y ese desfase, en energía, se traduce en inflación, márgenes comprimidos y decisiones de consumo forzadas. No es un susto: es un cambio de régimen.

Ormuz: cuando el flujo se corta, el daño se queda

El estrecho de Ormuz aparece como el punto de presión que decide el tono del año. Turiel insiste en que todo depende del tiempo necesario para restablecer el flujo de petróleo, gas y materias primas. Pero añade una advertencia estructural: parte del golpe puede ser irreversible. Parar pozos no es apagar una luz; reactivar la producción exige esfuerzo, tiempo y, en ocasiones, asume pérdidas definitivas.

Su estimación —prudente en términos de horquilla, dura en términos de consecuencias— es que podrían haberse perdido entre 1 y 3 millones de barriles diarios “de manera permanente”. Lo relevante es el momento: llega cuando, según el experto, el mundo empezaba el “declive terminal” del petróleo. La consecuencia es clara: cualquier recorte sostenido en oferta se convierte en prima de riesgo permanente, aunque el conflicto se congele sobre el papel.

Diésel y queroseno: el talón de Aquiles europeo

La entrevista gira cuando se baja al detalle: el problema inmediato no es solo el crudo, sino los destilados medios. Turiel señala el riesgo de desabastecimiento de diésel y queroseno, porque los petróleos “medios” del Golfo son especialmente aptos para producirlos. Si falta esa materia prima o se encarece su logística, se tensiona el transporte por carretera y, sobre todo, el aéreo.

A esto se suma un error de planificación continental: Europa llega con menos capacidad de refino. Turiel cifra el recorte en más del 40% de refinerías cerradas en los últimos 15-16 años. Es un dato que explica por qué Bruselas pide medidas que no disparen inflación ni déficit, pero al mismo tiempo plantea recomendaciones que recaen, casi siempre, sobre el consumidor: menos coche, coche compartido, menos vuelos. La política pide equilibrio; la estructura ofrece poco margen.

España como excepción relativa: diésel exportable, queroseno justo

El contraste con otros países resulta demoledor. Turiel apunta que España es “un poco excepcional” porque ha mantenido su capacidad de refino y, en diésel, puede incluso exportar parte del excedente. Esa posición amortigua el golpe doméstico frente a escenarios más tensos en Francia o Alemania, donde ya se mencionan restricciones y mayor dependencia exterior.

Pero el salvavidas tiene fisuras: España es deficitaria en queroseno, precisamente por su perfil turístico. Hay producción interna, sí, pero insuficiente para el volumen de movilidad. Eso abre un frente delicado: si el queroseno se convierte en el bien escaso del verano, el impacto no será solo para aerolíneas; será para precios, rutas y capacidad. España puede “capearlo bastante bien” en carburantes terrestres, pero no puede blindarse del todo. En energía, el matiz importa: se sufre por donde se depende.

El impuesto a energéticas: gesto fiscal, eficacia discutida

La propuesta de gravar beneficios extraordinarios vuelve a escena con apoyo de gobiernos de distinto signo. Turiel, sin embargo, la observa con distancia técnica: no cuestiona su legitimidad política, pero duda de su eficacia económica. El argumento es clásico y contundente: los impuestos, de una forma u otra, tienden a trasladarse al consumidor si el mercado lo permite. Y si las compañías no “colaboran”, la medida puede terminar siendo más simbólica que correctiva.

Lo más relevante es su crítica de enfoque: gravar beneficios no resuelve el problema estructural si el cuello de botella es físico —falta de crudo o de destilados— y no solo financiero. La tensión inflacionista, advierte, no se desactiva por decreto cuando la oferta se encoge. En ese marco, el impuesto puede aliviar titulares, pero no garantiza que baje el precio final. Y en un shock, el precio es la señal que disciplina a todos: hogares, empresas y gobiernos.

El fin del petróleo barato: 60 dólares no vuelven, y EE. UU. cambia de rol

Turiel remata con una tesis incómoda para Europa: la crisis actual acelera un proceso que ya venía de antes. Según su lectura, la AIE ya advertía desde septiembre pasado que se entraba en el “declive terminal” de la producción mundial de petróleo y gas. La guerra solo actúa como catalizador: adelanta el ajuste y lo hace más abrupto.

La consecuencia, dice, será una subida estructural: no espera volver a ver 60 dólares por barril como norma; el rango “habitual” se movería en 80-90 dólares de manera continuada. Además, introduce un cambio geopolítico con impacto directo para España: la producción de EE. UU. habría empezado a caer y, en 2-3 años, podría reducir radicalmente sus exportaciones. Para un país que ha importado petróleo y gas estadounidenses, el mensaje es claro: no solo será más caro; será más competido.