José Vizner: ¿Se desmorona el mandato de Trump? , Dow Jones arranca 1 de Mayo en positivo

FOTO_TRUMP_SALA_SITUACIÓN_PANTALLÓN
La Casa Blanca da por “terminadas” las hostilidades en Irán para esquivar el límite de 60 días, pero el petróleo y la OTAN pasan la factura.

Washington entra en una jornada de alto voltaje con un reloj legal que no perdona: 60 días para justificar la guerra. La Administración Trump sostiene que el alto el fuego del 7 de abril “pausa” el contador; el Capitolio lo cuestiona.
Mientras tanto, el Estrecho de Ormuz se vacía: de 130 tránsitos diarios a menos de 10. La tensión ya tiene precio: gasolina más cara, inflación al alza y aliados europeos amenazados con retiradas de tropas.

Dow Jones 2026-05-01 at 16.42.54

Wall Street ha empezado mayo con el pie derecho y con los índices mandando el mensaje: el Dow Jones y el S&P 500 suben desde la apertura, mientras el Nasdaq lidera con avances superiores al 1% en los primeros compases, apoyado en el tirón tecnológico y, en particular, en Apple, que actúa como principal catalizador del S&P. El mercado prolonga así la inercia de un abril “estelar” —el mejor mes para S&P 500 y Nasdaq desde 2020—, alimentado por resultados empresariales sólidos y el amago de reactivar conversaciones entre EE UU e Irán, que ha relajado el pulso sobre el crudo: el petróleo estadounidense cae más de un 4%, dejando al sector energía como el más débil del día. En paralelo, el Euro STOXX 600 se mantiene prácticamente plano, el dólar cede, el oro avanza y el bitcoin repunta más de un 2%, mientras la rentabilidad del Treasury a 10 años baja hacia el 4,34%, una combinación que sugiere apetito por riesgo en bolsa, pero con cobertura defensiva aún encendida.

Un reloj legal de 60 días

El conflicto con Irán, iniciado el 28 de febrero, ha empujado a la Casa Blanca a una maniobra de alto riesgo institucional: declarar que la guerra está “terminada” para eludir la War Powers Resolution antes del 1 de mayo. La tesis oficial —defendida por el secretario de Defensa, Pete Hegseth— es que el alto el fuego del 7 de abril suspende las “hostilidades activas” y, con ello, el plazo.

La grieta es política y jurídica. El Senado frenó una resolución demócrata para exigir autorización expresa: 47-50, con dos republicanos desmarcándose. Y el debate se ha desplazado del “qué” al “cómo”: cambiar el nombre de la misión, hablar de autodefensa o “libertad de navegación” para seguir operando sin una votación incómoda. “Legal scholars warn against this ‘legal gamesmanship’ and emphasize the need for legislative oversight.”

Ormuz, el atasco que desangra al mercado

La cifra que resume la crisis no es un misil, sino un contador de tránsitos. El UKMTO admite que, antes de marzo, se registraban unas 130 travesías diarias por Ormuz; ahora, menos de 10. Es decir, una caída cercana al 90% en la arteria energética del planeta. UNCTAD lo describe sin rodeos: los pasos por el estrecho han quedado “casi paralizados”, elevando el riesgo para economías vulnerables que no pueden absorber otro shock de precios.

Este hecho revela un cambio cualitativo: la guerra ya no amenaza el suministro por producción, sino por ruta. Y la ruta es el precio. Cuando Trump advierte de que el bloqueo puede durar “meses”, el Brent responde con un salto: llegó a tocar 126 dólares y subió más del 13% en 24 horas. El mercado no compra un cierre total; le basta con una normalidad imposible.

Exxon y Chevron: beneficios con freno en la tormenta

El shock energético debería ser un regalo para los grandes del petróleo, pero la realidad está llena de fricciones. Exxon y Chevron han visto cómo las disrupciones logísticas, el encarecimiento del transporte y, sobre todo, las coberturas financieras convierten la subida del barril en un resultado más gris de lo esperado. Las compañías reconocen pérdidas contables por derivados que, en teoría, se revertirán cuando se liquiden los contratos, pero mientras tanto contaminan la foto trimestral.

Aun así, los números muestran disciplina: Exxon declaró 13.800 millones de flujo de caja operativo (sin el impacto contable), destinó 6.200 millones a inversión y 9.200 millones a dividendos y recompras. El diagnóstico es inequívoco: el petróleo caro ayuda, pero la guerra introduce un coste invisible que el inversor castiga—incertidumbre, prima de riesgo y decisiones de capital que se aplazan justo cuando harían falta.

Amenaza de retirada en Europa: la OTAN como palanca

La tensión con Irán ha mutado en tensión con los aliados. Trump ha amenazado con retirar tropas de Italia y España —y ya había deslizado lo mismo con Alemania— por la negativa europea a acompañar la operación en Ormuz y por restricciones al uso de bases. La cifra, aquí, no es menor: 13.000 militares estadounidenses en Italia y 3.800 en España.

El contraste con otras crisis es incómodo: en plena guerra de precios energéticos, Washington convierte el paraguas militar en instrumento de negociación. Italia y España replican que siguen contribuyendo a misiones y seguridad marítima, pero el mensaje de Trump va dirigido a un público doméstico: “si no apoyan, no pago”. La consecuencia es clara: Europa se ve forzada a elegir entre autonomía estratégica y estabilidad atlántica mientras el coste de la energía recorta margen fiscal y enfría la economía real.

PIB al 2% e inflación al 3,5%: la factura llega al hogar

La macro estadounidense ofrece una mezcla peligrosa. El PIB creció a un ritmo anual del 2,0% en el primer trimestre, impulsado por inversión empresarial —con la IA como motor—, pero el consumo se desaceleró. Y la inflación ha vuelto a tensarse: el indicador PCE subió al 3,5% interanual en marzo, con un 0,7% mensual, justo cuando la gasolina se convirtió en el termómetro social de la guerra.

Lo más grave es el “bajo el capó”: cae la renta real disponible y baja la tasa de ahorro, señal de que el consumo se sostiene tirando de colchón. En otras palabras, el shock energético actúa como impuesto regresivo: golpea antes a quien menos margen tiene. Y eso complica la política monetaria: con inflación elevada, la Fed tiene menos espacio para aflojar; con el consumo agotándose, el riesgo de frenazo crece.

La Casa Blanca intenta imponer un relato de control —bloqueo eficaz, presión máxima, “hostilidades terminadas”—, pero los indicadores señalan fragilidad: un Congreso en pie de guerra, aliados irritados y una ruta energética esencial convertida en campo minado financiero. Si Ormuz no recupera tráfico, la prima de guerra se enquista en precios; si Trump aprieta a la OTAN, Europa acelerará su rearme con menos coordinación; si el Capitolio fuerza un pulso legal, el conflicto se volverá también doméstico.

Nada de esto garantiza un “fin anticipado” de Trump, pero sí eleva el riesgo de un bloqueo institucional: gobernar a golpe de excepción mientras el mercado exige certezas. La historia suele ser cruel con los equilibrios inestables: primero sube el petróleo; después, sube la política.