Zelaia sitúa a EEUU ante la escalada o una derrota de hecho

Zelaia sitúa a EEUU ante la escalada o una derrota de hecho
Adrián Zelaia, presidente de EKAI Group, analiza el recrudecimiento del conflicto en Oriente Medio. Desde la incapacidad del Comando Central de EE.UU. para contener ataques asimétricos hasta el impacto económico global con el precio del petróleo y la situación en Ucrania, esta entrevista revela la compleja encrucijada en que se encuentra Washington.

El petróleo Brent llegó a superar los 100 dólares por barril después de que los hutíes atacaran petroleros saudíes y amenazaran el tránsito por Bab el-Mandeb.
La crisis ya no se limita al estrecho de Ormuz ni a los intercambios de fuego entre Washington y Teherán.
La guerra se extiende hacia un segundo corredor marítimo esencial, mientras Estados Unidos consume munición avanzada a un ritmo difícil de sostener.
Para Adrián Zelaia, presidente de EKAI Group, el diagnóstico es inequívoco: «EEUU sólo tiene dos opciones: una escalada o reconocer una derrota de hecho».

Una encrucijada estratégica

La tesis de Zelaia parte de una contradicción. Estados Unidos conserva una superioridad militar abrumadora, pero esa ventaja no garantiza el control político ni operativo de un conflicto disperso entre Irán, Yemen y las principales rutas energéticas.

Washington ha encadenado 13 noches consecutivas de ataques contra objetivos iraníes, mientras refuerza su presencia militar en Oriente Medio. Sin embargo, la respuesta de Teherán y de sus aliados no busca derrotar frontalmente a la flota estadounidense, sino elevar progresivamente el coste de mantenerla desplegada. Cuanto más interviene EEUU para demostrar su capacidad, más recursos debe dedicar a proteger barcos, bases e infraestructuras estratégicas.

Bab el-Mandeb bajo fuego

El estrecho de Bab el-Mandeb conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y canaliza aproximadamente el 12% del comercio mundial. Su cierre efectivo obligaría a numerosos buques a rodear el cabo de Buena Esperanza, añadiendo días de navegación, combustible y costes de aseguramiento.

Los hutíes no necesitan controlar físicamente todo el corredor. Les basta con mantener una amenaza creíble mediante drones, misiles antibuque, minas navales y embarcaciones rápidas. Ese modelo reduce la utilidad de los grandes activos navales y obliga a emplear interceptores mucho más caros que los proyectiles atacantes.

Lo más grave no es un ataque aislado, sino la posibilidad de convertir la inseguridad marítima en una condición permanente.

Derribar un dron relativamente barato con un misil de defensa aérea valorado en varios millones representa una victoria táctica, pero puede convertirse en una derrota económica si el intercambio se repite durante meses.

Fuentes militares estadounidenses han reconocido que el ritmo de utilización de interceptores y municiones guiadas no resulta sostenible indefinidamente. Esta presión también afecta a la capacidad de Washington para conservar reservas destinadas a otros escenarios, especialmente el Indo-Pacífico.

Este hecho revela el principal éxito de la estrategia asimétrica: obligar a la potencia superior a combatir bajo las condiciones presupuestarias y temporales del adversario. Irán y los hutíes no necesitan dominar el mar; necesitan demostrar que Estados Unidos tampoco puede protegerlo completamente.

El petróleo activa la alarma

El Brent cerró el 23 de julio en torno a 100,69 dólares, después de avanzar más de un 6% en una sola sesión. En apenas dos semanas, el crudo había acumulado una subida superior al 30%, reflejo del temor a una interrupción simultánea en Ormuz y Bab el-Mandeb.

Aunque posteriormente retrocedió por debajo de los 100 dólares, la volatilidad confirma que el mercado ya incorpora una prima geopolítica extraordinaria. El impacto alcanzaría al transporte, la industria química, la agricultura y la inflación europea.

Algunos analistas contemplan una afectación potencial de hasta el 25% de los suministros mundiales de petróleo si ambos corredores sufrieran restricciones graves. Una disrupción de esa magnitud superaría ampliamente la capacidad de compensación inmediata de los productores.

Ucrania añade otro frente

La presión sobre Oriente Medio coincide con una nueva fase de desgaste en Ucrania. Rusia mantiene operaciones en dirección a Sloviansk y Kramatorsk, aunque las evaluaciones independientes no confirman todavía un avance decisivo sobre ambas ciudades. Moscú también ha retomado ataques contra infraestructuras portuarias ucranianas del mar Negro.

El contraste resulta demoledor para Washington. Cada interceptor enviado a Oriente Medio, cada grupo naval desplegado y cada paquete de municiones consumido reduce el margen disponible para sostener simultáneamente otros compromisos.

La guerra contemporánea ya no se decide únicamente sobre el terreno. Se libra en los arsenales, en las cadenas logísticas y en la capacidad industrial para reponer lo utilizado.

Escalar también puede ser perder

Aceptar una derrota de hecho no implicaría una capitulación formal. Significaría reconocer que EEUU no puede eliminar por completo la amenaza hutí ni garantizar una navegación sin riesgos mediante bombardeos y despliegues navales.

La alternativa sería ampliar los ataques, incrementar la presencia militar o intervenir contra objetivos cada vez más sensibles. Pero una escalada podría disparar el petróleo, comprometer nuevas bases estadounidenses y reforzar la cohesión entre Teherán y sus aliados.

El dilema planteado por Zelaia contiene así una paradoja: Estados Unidos puede intensificar la guerra sin acercarse necesariamente a la victoria. En un conflicto asimétrico, demostrar fuerza no siempre equivale a recuperar el control.