ANTONIO ALONSO: "Trump está ganando tiempo para iniciar una guerra total contra Irán"

Ormuz amenaza el 20% del petróleo y reabre la inflación
La escalada en el estrecho pone en jaque la logística energética mientras Trump juega a la imprevisibilidad.

Ormuz vuelve a ser el punto donde se decide el precio de todo, por ese paso circula una quinta parte del petróleo mundial.
Washington habla de minas, bloqueos y “cartas en la mano” y el mercado empieza a descontar que la guerra ya no es un susto: es un régimen. El riesgo no está solo en un misil, sino en el coste de mover un barril.

El cuello de botella que domina el planeta

El Estrecho de Ormuz no es un mapa: es una cuenta de resultados global. En 2024 y el primer trimestre de 2025, los flujos por ese paso representaron más de un cuarto del comercio mundial de petróleo por mar y alrededor de un 20% del consumo global de petróleo y derivados. La Agencia Internacional de la Energía lo aterriza con otra cifra igual de incómoda: en 2025 pasaron por Ormuz casi 15 millones de barriles diarios, cerca del 34% del comercio mundial de crudo, con Asia como destino principal.
Este hecho revela por qué cualquier roce allí deja de ser regional. Suben los seguros, se alargan rutas, se encarecen fletes y, en cuestión de días, la energía se convierte en impuesto invisible para empresas y hogares. No hace falta un cierre total: basta con que el tránsito deje de percibirse como “normal”.

Antecedentes que explican la fragilidad actual

José Luis Orella insiste en la lectura histórica, y tiene sentido: Ormuz siempre ha funcionado como termómetro de conflictos mayores, desde la guerra Irán-Irak hasta los ciclos de sanciones y represalias en el Golfo. La lección es repetida y cruel: la escalada no es lineal. Un incidente menor puede desatar una cadena de decisiones con efectos irreversibles.
Hoy el tablero es aún más delicado porque el estrecho no transporta solo crudo. En 2024, aproximadamente el 20% del comercio mundial de GNL transitó por Ormuz, principalmente desde Qatar. Cuando se tensiona ese corredor, el golpe se reparte: electricidad, industria, fertilizantes y alimentos. El contraste con otras regiones resulta demoledor: Europa puede diversificar proveedores, pero no puede diversificar geografías. La ruta sigue siendo la misma.

Trump y la “estrategia del loco” como política exterior

Antonio Alonso Marcos pone nombre a una táctica tan antigua como arriesgada: la “teoría del loco”, un enfoque que busca aparentar irracionalidad para hacer creíbles amenazas que, en frío, no lo serían. En este contexto, la administración Trump convierte la incertidumbre en herramienta: presiona, descoloca y exige reacción.
El problema es el coste colateral. Si el adversario interpreta el gesto como preparativo real de escalada, responde; si los aliados lo leen como carta blanca, tensan; y si el mercado lo compra como riesgo persistente, traslada la prima a precios. “La apariencia de imprevisibilidad puede otorgar ventaja táctica, pero también aumenta el riesgo de error de cálculo y de escaladas no deseadas”.
En un paso marítimo donde cada hora cuenta, el teatro estratégico puede volverse combustible.

Minas, bloqueos y la economía del miedo

La amenaza más eficiente no siempre explota: intimida. Según Associated Press, EEUU asegura estar buscando y limpiando minas en el estrecho, una operación que analistas estiman que podría prolongarse hasta seis meses, incluso con un alto el fuego frágil. Ese dato es devastador para el comercio: seis meses no es un episodio, es una temporada completa de primas de seguro elevadas y rutas alteradas.
Washington y Teherán juegan también con la psicología del tránsito. El simple rumor de minas cambia el comportamiento de navieras, aseguradoras y cargadores. Y ahí aparece la factura: más costes para importadores, más presión sobre precios finales y más margen para que la energía reabra la herida inflacionista. Lo más grave es que el consumidor lo nota cuando ya es tarde: la inflación llega con retraso, pero se queda más tiempo.

El efecto dominó en petróleo, fertilizantes y coste de vida

Cuando Ormuz se tensiona, el crudo no solo sube: se contagia. Un barril caro encarece transporte, plásticos, química y, sobre todo, fertilizantes, intensivos en energía. El resultado es una inflación que se cuela por la puerta de la cadena alimentaria. Los expertos advierten de ese mecanismo porque es el que más erosiona la estabilidad social: no es un titular bursátil, es la compra semanal.
Además, el centro de gravedad del impacto está en Asia. La IEA recuerda que China e India recibieron el 44% del crudo exportado a través del estrecho en 2025. Eso implica que cualquier disrupción golpea al motor industrial global y se filtra al resto del mundo por precios y suministros. La consecuencia es clara: incluso sin guerra abierta, el shock puede ser económico.

La pregunta real: cuánto tiempo puede sostenerse la incertidumbre

La cuestión ya no es si habrá conflicto abierto mañana, sino cuánto dura el “modo alerta” sin romper el sistema. Trump ha llegado a cancelar gestos diplomáticos como la misión a Pakistán, mientras la negociación se atasca precisamente en el control de Ormuz. En paralelo, los mercados se acostumbran a un nuevo suelo de riesgo: más caro asegurar, más caro transportar, más caro producir.
El diagnóstico es inequívoco: cuando el estrecho se convierte en rehén político, la economía global paga por adelantado. Y en ese pago adelantado está el verdadero cambio de reglas del juego: la energía deja de ser un input y vuelve a ser un arma. A partir de ahí, la política monetaria, la competitividad industrial y el coste de vida quedan subordinados a un corredor marítimo de pocos kilómetros.