ITURRALDE: "Trump necesita destruir todas las infraestructuras petroleras de los países del Golfo"

ITURRALDE: "Trump necesita destruir todas las infraestructuras petroleras de los países del Golfo"
Alberto Iturralde aborda la compleja estrategia de la administración Trump destinada a neutralizar a competidores energéticos en Oriente Medio mediante la destrucción de infraestructuras petroleras. Además, analiza el papel creciente de China y Rusia en la diplomacia mundial y el desplazamiento hacia un nuevo orden multipolar.

Por el estrecho de Ormuz transita alrededor del 20% del petróleo del planeta y hasta un tercio del gas natural licuado.
Esa arteria vuelve a ser el centro del miedo… y del cálculo.
Alberto Iturralde sostiene que Washington juega a la “tierra quemada”: destruir infraestructuras del Golfo para eliminar competidores. No sería diplomacia, sino dependencia inducida: energía, agua y supervivencia. En paralelo, Pekín y Moscú mueven piezas con Irán como ficha nuclear y comercial.
El mercado escucha y, como siempre, traduce geopolítica en precio.

La escalada en Oriente Medio suele explicarse con frases cortas: choque de bloques, rivalidades históricas, religión, petróleo. Sin embargo, Iturralde propone una lectura más cruda y estructural: no estaríamos ante una cadena de accidentes, sino ante un diseño para arrasar capacidad energética rival y consolidar a Estados Unidos como proveedor dominante. La idea es inquietante porque no necesita una victoria total; le basta con degradar infraestructuras críticas —refinerías, terminales, oleoductos— hasta convertir la región en un problema técnico permanente.

Conviene subrayarlo: es una tesis, no un hecho probado. Pero es útil porque obliga a mirar el mapa por debajo del titular. “No se busca un acuerdo, se busca dejar la zona sin capacidad de competir”, sugiere el analista. Si ese fuese el objetivo, el conflicto ya no sería episódico: pasaría a ser una guerra de capacidad y resiliencia, donde la reconstrucción cuenta tanto como el ataque.

Ormuz: un cuello de botella demasiado rentable

Ormuz no es solo una línea azul en un gráfico: es un punto único de fallo. Un bloqueo parcial, una amenaza creíble o la simple posibilidad de interrupción bastan para disparar primas de seguro, alterar rutas y encarecer cada barril antes de que falte uno solo. En ese contexto, la “tierra quemada” tendría un efecto multiplicador: menos producción regional implica más poder de fijación de precios para quien pueda suministrar con continuidad.

La consecuencia es clara: el riesgo geopolítico se convierte en instrumento comercial. Y eso explica por qué la región vive bajo una tensión casi matemática: cuanto más se concentra el flujo energético en una ruta, más tentación existe de usarla como palanca. El precedente de 2019, cuando ataques a instalaciones saudíes recortaron temporalmente en torno a 5 millones de barriles diarios, sigue siendo el recordatorio más pedagógico de lo rápido que se contagia el pánico.

Monarquías del Golfo: estabilidad a cambio de dependencia

Las monarquías del Golfo han construido su contrato social sobre energía abundante, subsidios y control. Pero ese equilibrio es frágil si la infraestructura se vuelve vulnerable de forma sostenida. Iturralde plantea un escenario extremo: daños cruzados entre Irán y los vecinos árabes que provoquen una dependencia crítica de apoyo externo, no solo militar, sino logístico: agua desalinizada, electricidad, piezas, seguridad de puertos. Lo que suena abstracto es, en realidad, supervivencia diaria en países donde el calor y la escasez no perdonan.

Aquí aparece el concepto más incómodo: un “colonialismo indirecto” basado en necesidades básicas. No haría falta ocupar; bastaría con condicionar. Y en ese marco, proyectos ideológicos como el llamado “Gran Israel” se utilizan más como relato movilizador que como plan cerrado: sirven para endurecer posiciones y justificar hechos consumados. En política regional, la narrativa no acompaña al conflicto: lo dirige.

Trump, gasolina y el incentivo doméstico

La geopolítica también se vota. En Estados Unidos, el precio de la gasolina funciona como indicador emocional y económico a la vez. Un repunte sostenido del crudo erosiona consumo, expectativas y apoyo político. De ahí que cualquier estrategia exterior que impacte en energía necesite, paradójicamente, válvulas de control: liberaciones de reservas, presión diplomática, mensajes coordinados, o incluso pausas tácticas que enfríen el mercado sin resolver el fondo.

Iturralde introduce otra capa: el calendario financiero. Operaciones corporativas de alto perfil —como hipotéticas salidas a bolsa de gigantes tecnológicos— requieren ventanas de estabilidad y apetito por riesgo. No es que determinen una guerra, pero sí condicionan el margen de maniobra. Lo más grave es el incentivo a gestionar el conflicto como un termostato: subir tensión para obtener ventaja, bajarla para evitar que el precio se vuelva enemigo interno.

China y Rusia: el otro tablero se activa

Mientras Occidente mira al Golfo, Pekín y Moscú buscan convertir la crisis en arquitectura. La mención a conversaciones sobre la gestión del uranio iraní en territorio ruso —en el marco de una coordinación Xi-Putin— encaja en un patrón más amplio: un orden multipolar donde Irán no es solo un actor regional, sino un nexo entre energía, rutas y poder nuclear. La idea no es nueva, pero su velocidad sí.

El contraste con Europa resulta demoledor: Bruselas tiende a reaccionar cuando la cadena de suministro ya duele. China, en cambio, planifica por décadas: infraestructuras, contratos, monedas, puertos. Rusia aporta el músculo estratégico y la disposición al riesgo. El resultado es un triángulo que reduce la capacidad occidental de aislar a Teherán y, al mismo tiempo, convierte cada sanción en un incentivo para construir circuitos alternativos.

En un mundo así, la diplomacia se mide en dos pantallas: comunicados y cotizaciones. Cada escalada añade volatilidad, y cada rumor de alto el fuego la retira… temporalmente. Pero el problema de fondo permanece: la concentración de infraestructuras energéticas críticas en una región de tensión estructural. Un shock puede añadir un 10%-15% al precio del petróleo en días; después llega la segunda ola: inflación importada, tipos más altos, crédito más caro, crecimiento más débil.

La consecuencia es clara: incluso si el conflicto no se desborda, la mera posibilidad reordena carteras, multiplica coberturas y encarece el comercio global. Por eso la tesis de Iturralde, sea o no correcta, funciona como advertencia: la batalla real no es por el relato, sino por la capacidad de suministrar. Y esa capacidad —cuando se destruye— tarda años en volver, pero segundos en reflejarse en el precio.