Irastorza advierte: Taiwán puede caer antes por economía que por invasión

Irastorza desvela el nuevo orden mundial: China y Rusia como piezas clave para la paz global
Eduardo Irastorza analiza para Negocios TV el nuevo orden mundial marcado por la influencia creciente de China y Rusia. Explora el fracaso de Occidente en controlar el petróleo iraní, la situación estratégica del Estrecho de Ormuz, la economía y futuro de Taiwán, y la crisis del sector automotriz europeo frente al reto chino. Asimismo, aborda el preocupante vacío de poder de la OTAN y el futuro energético y nuclear de Europa.

“No habrá paz sin China y Rusia”. La frase, pronunciada por Eduardo Irastorza (OBS Business School) en Negocios TV, suena menos a eslogan que a diagnóstico. En un mundo de sanciones, bloques y rutas marítimas militarizadas, el poder ya no se mide solo en portaaviones: se mide en suministro energético, dependencia industrial y capacidad de estrangular el comercio.
Taiwán, Ormuz y Europa aparecen así como piezas del mismo tablero.
Y lo más grave: el margen de maniobra occidental se estrecha justo cuando el mercado exige estabilidad.

“No habrá paz sin China y Rusia”: la hegemonía ya no decide sola

Irastorza plantea un cambio de época: Occidente puede imponer costes, pero no garantizar desenlaces. El matiz es decisivo. La paz, en adelante, dependería de quienes tienen capacidad real para activar o desactivar palancas críticas: energía, materias primas, logística y veto diplomático. En esa lógica, China y Rusia no son “actores externos”, sino condición de posibilidad.

La propia narrativa de Negocios TV ha insistido en ese giro al analizar la guerra en Irán: mientras Occidente paga energía cara y tensión financiera, Moscú y Pekín convierten la crisis en influencia.
Aquí no hay romanticismo geopolítico: hay contabilidad. Si una crisis eleva el precio del crudo, erosiona el consumo y endurece los tipos, el daño se internaliza en Europa y EE UU; el beneficio, en cambio, se capitaliza donde se controla demanda y rutas alternativas.

Ormuz como seguro de vida de Asia: el día que Pekín “entra” en la seguridad

El Estrecho de Ormuz es el lugar donde la geopolítica se vuelve factura. Por allí transitaron en 2025 casi 15 millones de barriles diarios, cerca del 34% del comercio mundial de crudo; y China e India recibieron el 44% de esas exportaciones. La consecuencia es evidente: para Pekín, Ormuz no es un titular; es un riesgo existencial.

Europa mira Ormuz con preocupación, pero Asia lo mira con urgencia. De hecho, el cierre o disrupción del estrecho ha demostrado capacidad para disparar precios en cuestión de días: un informe vinculado a Naciones Unidas recogía subidas de hasta el 27% en crudo y 74% en LNG en el tramo inicial de las disrupciones de 2026.
Este hecho revela por qué Irastorza habla de China como “garante” indirecto: si la energía asiática depende del paso, Pekín acabará exigiendo voz —y presencia— en la arquitectura de seguridad de la zona.

Taiwán se decide en la economía: la dependencia que acorta las resistencias

El análisis de Irastorza sobre Taiwán se aleja del ruido militar y se centra en un arma menos televisiva: la interdependencia económica. En 2024, las exportaciones taiwanesas a China continental y Hong Kong representaron el 31,7% del total, según el Ministerio de Finanzas de Taiwán. Es una cifra que ha bajado desde máximos, sí, pero sigue siendo lo bastante grande como para condicionar decisiones empresariales y estabilidad social.

Además, la tensión no se limita al comercio: Taiwán es una economía extraordinariamente orientada a exportaciones (en torno al 70% del PIB, según series macro habituales), lo que convierte cualquier “presión” en impacto directo sobre empleo y salarios.
“Taiwán no cae por tanques: cae por crédito, pedidos y logística”, viene a sugerir el enfoque. Y ahí Pekín juega con ventaja: puede modular permisos, turismo, componentes, rutas y financiación sin necesidad de un choque frontal que active reacciones irreversibles.

El petróleo iraní: el fracaso occidental que se paga con inflación

Irastorza habla de un fracaso occidental en la gestión del petróleo iraní, no tanto por falta de medios, sino por límites estructurales: controlar el flujo energético exige controlar rutas, seguros, terceros países y demanda final. En cuanto China se convierte en principal destino de muchos flujos energéticos, el control deja de ser unilateral.

El mercado ya ha enseñado cómo se transmite ese fracaso: disrupción energética → inflación → tipos más altos → crédito más caro. La cadena es automática. Y cuando se instala, convierte cada crisis regional en crisis de poder adquisitivo. Ormuz, de nuevo, actúa como amplificador: en 2024 y primer trimestre de 2025, el estrecho concentró más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del consumo global de crudo y derivados.
Lo más grave es que este mecanismo castiga a las economías que importan energía y premia a quienes pueden redirigir flujos o utilizar la escasez como palanca de negociación.

Europa entre dumping y defensa: el coche como víctima colateral

Mientras el tablero se endurece, Europa se enfrenta a una guerra económica doméstica: el automóvil. La competencia china ya no es marginal. Según ACEA, los coches fabricados en China representaron el 6% de las ventas en la UE (dato de 2025). Y la presión por importaciones se ha acelerado: en 2025, las entradas desde China superaron el millón de unidades (1.006.188), un +30,7% interanual, según cifras atribuidas a ACEA en informes sectoriales.

El contraste con otras crisis industriales resulta demoledor: aquí no se trata solo de precio, sino de cadena completa —batería, software, financiación, logística—. En paralelo, el resurgimiento de la defensa europea empuja recursos hacia capacidades estratégicas y reindustrialización, pero también encarece capital y compite por talento y presupuesto. Europa aparece atrapada entre dos urgencias: proteger su base industrial y financiar su seguridad, justo cuando la energía y los tipos penalizan a su clase media.

Irastorza desliza una idea que hace pocos años era impensable en prime time económico: una Europa que reabre el debate nuclear —no tanto por voluntad, como por necesidad. La lectura es fría: si el paraguas de seguridad se percibe incierto, los Estados buscan disuasión propia o fórmulas compartidas. No es una apuesta ideológica; es un seguro.

El problema es el coste político y presupuestario. Una Europa más militarizada y más autónoma requiere inversión sostenida, consenso social y tiempo. Y el tiempo es precisamente lo que escasea cuando el tablero se acelera: Taiwán tensiona el Indo-Pacífico, Ormuz tensiona la energía, y Rusia sigue siendo un actor imprescindible para cualquier arquitectura de estabilidad. La consecuencia es clara: Europa paga el precio de depender mientras decide si puede permitirse dejar de depender. Y, entre medias, el mercado solo pide una cosa: que el sistema no se rompa.