ITURRALDE: Nasdaq en máximos y la IA como palanca, el riesgo invisible

ITURRALDE: ¿Hacia un control total? Por qué el Pentágono utiliza la IA para vigilar ciudadanos
Alberto Iturralde desvela en una entrevista la peculiar fortaleza del Nasdaq frente a los índices europeos y alerta sobre la utilización de inteligencia artificial por parte del Pentágono para implementar un sistema de vigilancia total. Además, repasa las tensiones geopolíticas en el Golfo que buscan consolidar el control occidental sobre recursos estratégicos.

La fortaleza del Nasdaq frente a una Europa más plana alimenta el relato de que la tecnología seguirá tirando en 2026, aunque algunos analistas anticipan un ajuste severo en 2027. En paralelo, el Departamento de Defensa de EEUU ha formalizado acuerdos para usar IA en redes clasificadas con OpenAI, Google, Microsoft, Amazon, Nvidia, SpaceX y Reflection, un salto que reabre el debate sobre seguridad, control y vigilancia.

El mercado celebra récords, pero el guion huele a prórroga. Nasdaq y S&P 500 encadenan cierres históricos mientras Europa se mueve con menos convicción y más dependencia. En ese vacío se cuela el argumento de Alberto Iturralde: la IA sostiene la subida… y también puede sostener otra cosa. La conexión entre Big Tech y el Pentágono ya no es un rumor: es contractual.
La pregunta incómoda es si estamos ante innovación, defensa… o arquitectura de control.

Nasdaq contra Europa: el espejo roto

La divergencia no es estética, es estructural. En EEUU, la tecnología vuelve a comportarse como “activo refugio” de crecimiento: resultados sólidos, promesas de productividad y un flujo de capital que prefiere plataformas globales a industrias regionales. En Europa, el DAX y el IBEX alternan rallies cortos con fatiga, atrapados entre energía, tipos y un tejido empresarial más bancarizado y menos digital. La consecuencia es clara: cuando el mercado se polariza, el dinero no busca valor, busca narrativa ganadora.

Ese diferencial, además, alimenta un riesgo de concentración. Con el Nasdaq tirando del conjunto, el inversor compra un mercado cada vez más estrecho. Y en mercados estrechos el giro llega sin avisar: basta una guía de beneficios, un cambio regulatorio o una sacudida geopolítica para que lo que parecía fortaleza se convierta en estampida.

La tesis Iturralde: “fin de fiesta” y riesgo 2027

Iturralde sostiene que 2026 puede ser el tramo final de una fiesta bursátil impulsada por la IA, antes de una corrección seria en 2027. Ese pronóstico bebe de un patrón clásico: cuando una tecnología concentra expectativas, el mercado tiende a descontar demasiado pronto la perfección. No es la primera vez. En los 90 fue internet; en 2006, el crédito barato; en 2020, la liquidez infinita. El diagnóstico es inequívoco: la IA no tiene por qué fallar; lo que suele fallar es el precio que se paga por ella.

“La tecnología seguirá protagonizando las ganancias, pero también puede ser el anzuelo de una caída cuando el mercado descubra que el crecimiento no era lineal ni eterno”, viene a resumir su advertencia. En ese marco, Europa no solo va más lenta: llega más expuesta, porque compra tecnología… pero no la controla.

Pentágono y Big Tech: contratos, cláusulas y zonas grises

La parte más verificable del debate es la relación entre defensa e IA. El Departamento de Defensa ha anunciado acuerdos para desplegar capacidades de IA en redes clasificadas con siete grandes firmas —entre ellas OpenAI y Google— como parte de la ambición de convertir al ejército en una fuerza “AI-first”. No es un matiz: es un salto de escala y de legitimidad.

Y hay un detalle que explica el ruido ético: Anthropic quedó fuera por negarse a aceptar ciertas condiciones, según la cobertura de varios medios. La industria, por tanto, se divide entre quien firma y quien pone límites. Ese hecho revela una tensión central: cuando el cliente es el Estado y el uso es clasificado, la transparencia se reduce… y con ella la capacidad de control ciudadano.

De la defensa a la vigilancia: el salto que preocupa

Iturralde plantea una hipótesis más inquietante: que la IA termine sirviendo para un control interno masivo “antes” que para frenar amenazas externas. Aquí conviene separar planos. Que existan herramientas aplicables a vigilancia es evidente; que se esté ejecutando un plan totalitario, no. Lo relevante es el área gris: una infraestructura creada para defensa puede reutilizarse para seguridad interior si cambian las reglas o la interpretación de “amenaza”.

La polémica no es nueva. Google vivió una crisis interna por Project Maven, un programa del Pentágono para analizar imágenes, tras el cual decidió no renovar el contrato. Hoy el movimiento es el contrario: acuerdos amplios, múltiples proveedores y ambición explícita de integración. Entre ambos momentos hay una conclusión incómoda: la barrera cultural ha bajado, y la tecnológica ya estaba bajada.

Golfo Pérsico: recursos, desgaste y el incentivo del control

Iturralde vincula la carrera tecnológica con una geopolítica de desgaste: la erosión de capacidad productiva en el Golfo como forma de reordenar quién administra recursos críticos. Es una lectura discutible, pero no irrelevante. Cuando Oriente Medio arde, la energía sube y los presupuestos militares crecen; cuando los presupuestos militares crecen, la demanda de IA aplicada a logística, inteligencia y defensa aérea se dispara.

El Pentágono, de hecho, está empujando una aceleración de IA en entornos operativos, según la propia comunicación pública reciente. Además, OpenAI ya ha explorado usos defensivos con socios del sector, como muestra su alianza con Anduril para sistemas contra drones. La consecuencia es circular: crisis geopolítica alimenta gasto en defensa, que alimenta IA, que refuerza la ventaja tecnológica del bloque que más invierte.

Europa entre dos fuegos: regulación, capital y soberanía tecnológica

Europa afronta un dilema que suele esconderse bajo la palabra “valores”. Quiere regular la IA —por privacidad, competencia y derechos—, pero también necesita escala industrial para no quedar subordinada a modelos, nubes y chips ajenos. Y en mercados, esa subordinación se paga. Si el Nasdaq manda y Europa compra, el valor se acumula fuera. Si la defensa se digitaliza y Europa llega tarde, la dependencia ya no será solo energética, será también estratégica.

El contraste con EEUU resulta demoledor: Washington combina capital, tecnología y demanda pública; Bruselas combina normas y fragmentación. En ese contexto, el debate de Iturralde —con sus excesos— sirve como alarma: la IA puede ser progreso, pero también infraestructura de poder. Y cuando una infraestructura de poder se consolida, discutirla después suele ser demasiado tarde.