Iturralde lo resume: no es una guerra por petróleo, es una guerra por sustituirlo
Por el Estrecho de Ormuz transita cerca del 20% del crudo que se mueve por mar y, con ello, una parte sustancial de la estabilidad de precios global. En ese cuello de botella —y en la capacidad de excluir a sus actores— Alberto Iturralde sitúa la clave de una estrategia estadounidense que no se limita a bombear más petróleo o exportar más gas. Lo más grave, advierte, es la intención de reordenar quién “cuenta” en el tablero energético y quién queda relegado por sanciones, bloqueos financieros y presión diplomática. Europa y Asia aparecen como las regiones más expuestas. Y, en paralelo, las grandes tecnológicas y la inteligencia artificial entrarían como segunda palanca de poder, con el mercado bursátil como altavoz.
La tesis de Iturralde parte de una idea incómoda: Estados Unidos no busca únicamente seguridad energética doméstica, sino capacidad de mando sobre el precio y el acceso a la energía. Para lograrlo, el plan pasaría por una combinación de oferta propia (petróleo y, sobre todo, gas licuado), control de rutas, disciplina sancionadora y construcción de “alternativas” que hagan prescindibles —o menos imprescindibles— a Irán y a varias monarquías del Golfo. Este hecho revela una ambición que va más allá del mercado: si se domina el combustible, se condiciona la industria, el transporte, los alimentos y la inflación.
El diagnóstico es inequívoco: la energía se convierte en herramienta de política exterior. Y cuando el objetivo es desplazar a jugadores que sostienen una parte relevante de la oferta mundial —la región del Golfo concentra en torno al 30% de la producción de crudo—, la consecuencia es clara: cualquier error de cálculo se paga con volatilidad y tensión estratégica.
Ormuz, sanciones y la geometría del bloqueo
La exclusión efectiva de Irán y del Golfo no se ejecuta con un decreto; se construye con fricción. Sanciones más duras, restricciones bancarias, limitaciones a aseguradoras y navieras, y advertencias “técnicas” sobre riesgos de tránsito son mecanismos que, sin disparar un tiro, pueden encarecer y ralentizar flujos. Iturralde lo resume con una frase que pesa: “quien controla la energía, controla el ritmo del mundo”.
El problema es que el mercado no tolera la incertidumbre. Basta con que el riesgo suba para que el precio se dispare. Un repunte de 10 dólares por barril no es un susto menor: se traslada a la logística, a la factura eléctrica y a los costes industriales en cuestión de semanas. La lección del pasado es conocida —1973, 1990, 2022—, pero el matiz actual es más inquietante: la tensión ya no sería un accidente, sino un instrumento.
Europa y Asia ante la factura invisible
El contraste con otras regiones resulta demoledor. Europa, que ha vivido una crisis energética reciente, sigue siendo importadora neta y, por tanto, pagadora de riesgo geopolítico. Asia —China, India, Corea— necesita estabilidad para sostener cadenas de suministro y crecimiento industrial. Si el plan estadounidense prospera, la dependencia no desaparece: se redirige. La vulnerabilidad se transforma en una nueva forma de subordinación, con contratos, primas de riesgo y alineamientos políticos como moneda de cambio.
Aquí el impacto no es abstracto: un aumento sostenido del coste energético puede añadir 0,3 puntos a la inflación anual en economías intensivas en energía y recortar márgenes empresariales en sectores electrointensivos. Sin embargo, lo más delicado es el efecto secundario: cuando la energía se politiza, las decisiones de inversión se paralizan. Y cuando la inversión se frena, llega la desaceleración. El efecto dominó que viene no empieza en un campo petrolífero: empieza en los balances.
El Golfo, de árbitro a actor condicionado
Durante décadas, el Golfo ejerció de amortiguador: aumentaba o recortaba oferta, calmaba precios, modulaba ciclos. Si pierde centralidad, pierde capacidad de arbitraje. Iturralde sugiere que el plan apunta a eso: reducir su margen, obligarlo a elegir bando y convertir su energía en un activo “vigilado”. Irán, por su parte, quedaría aún más encajonado: menos compradores, más intermediarios, más descuentos forzados y menor influencia regional.
La historia económica enseña que cuando un actor pierde acceso directo al mercado, aparece el mercado paralelo. Pero ese mercado es más caro, más opaco y más frágil. “La estrategia no necesita una guerra declarada; le basta con hacer inviable la normalidad comercial, y con eso altera precios, alianzas y expectativas”, desliza el analista en su lectura del momento. La consecuencia es clara: aumenta la probabilidad de incidentes y malentendidos, justo donde el margen de error es mínimo.
Tecnológicas e IA: la palanca que no cotiza en barriles
La jugada, insiste Iturralde, no se entiende sin la otra mitad del tablero: las tecnológicas. Google, Apple y Amazon no solo dominan sectores; concentran infraestructuras digitales, datos y capacidad de influencia. La IA añade acelerante: automatiza decisiones, captura inversión y reconfigura el empleo y la productividad. En ese entorno, las futuras salidas a bolsa de empresas vinculadas a la inteligencia artificial —con figuras como Musk o Altman orbitando el relato— pueden funcionar como motor de euforia y, a la vez, como cortina de humo.
El resultado es una mezcla delicada: energía como poder duro; tecnología como poder blando. Si el capital global se concentra en unos pocos activos, el sistema se vuelve más dependiente de un puñado de narrativas. Y cuando la narrativa manda, la política exterior encuentra terreno abonado para justificar giros bruscos. Nasdaq y geopolítica dejan de ser mundos separados.
La advertencia final de Iturralde apunta al calendario político: tras las elecciones de mitad de mandato, podría crecer el incentivo a endurecer posiciones. No como profecía, sino como mecanismo: cuando el coste económico se difiere, la política tiende a asumir más riesgo. Y en energía, asumir más riesgo implica rozar el conflicto.
Si el plan estadounidense pretende “sacar” a jugadores del mercado, el sistema responderá con resistencia, alianzas alternativas y episodios de presión en rutas críticas. Europa y Asia harían bien en leerlo como lo que es: un cambio estructural en el precio de la seguridad. La consecuencia, de nuevo, es clara: o diversifican suministro y estrategia industrial, o pagarán durante años una prima silenciosa. La energía no solo se compra; se negocia con soberanía.