Daniel Lacalle alerta al Dow Jones de una burbuja en Wall Street y una fuga de capitales que golpea a Europa

Daniel Lacalle alerta de una burbuja en Wall Street y una fuga de capitales que golpea a Europa
Análisis profundo sobre la posibilidad de una burbuja en Wall Street vinculada a la inteligencia artificial, la fuga de capitales en Europa con foco en Alemania, y las complejas decisiones que enfrenta la Reserva Federal de Estados Unidos ante la disyuntiva de inflación y recesión.

Con el Dow Jones en récord y el Ibex recuperando los 18.000, el economista advierte: la grieta no está en Nvidia, sino en Japón, Reino Unido y el gasto público europeo.

La semana arranca con una postal engañosa: índices en verde, petróleo en caída y cierta fe en que Ormuz no se convierta en impuesto permanente.
Pero debajo del titular, el temblor es otro. Bonos soberanos, inflación pegajosa y política monetaria.
Y una frase que resume el clima: “bienvenidos al terremoto del mercado de la deuda”.

Indicios preocupantes: cuando la política también cotiza

Lacalle no se recrea en la espuma, pero sí en el patrón: la imputación de Zapatero, dice, no se reduce a “un rescate mal hecho de una empresa aparentemente irrelevante”. Lo coloca en una secuencia más amplia —Delcygate, Plus Ultra— y, sobre todo, en el deterioro del perímetro institucional cuando se mezclan intereses, influencia y dinero de regímenes externos. La lectura económica es directa: la confianza no es abstracta, se traduce en prima de riesgo reputacional, en incertidumbre regulatoria y en la sensación de que el país discute más su integridad que su productividad.
“Aquí se está hablando de una trama con enormes ramificaciones… y cosas extremadamente preocupantes”, desliza, subrayando que el daño no depende del final judicial, sino del desgaste del proceso. El contraste con otras crisis europeas es conocido: cuando la política se judicializa, el capital se vuelve más selectivo y la inversión se demora.

Los datos que nadie quiere ver: la burbuja es soberana, no tecnológica

En pleno ruido sobre “burbuja IA”, Lacalle invierte el foco: para que exista una burbuja, sostiene, antes debe existir la convicción de que no hay riesgo. Y en tecnología —con informes, críticas y advertencias diarias— ese consenso no existe. En cambio, donde ve complacencia es en los estados: Japón, Reino Unido, Francia… deuda que se vende como segura aunque acumule fragilidad fiscal. Llega a citar el bono británico a 2061 como “un desastre absoluto”, y lo encaja en una idea clave: rentabilidades reales negativas para quien compra duración en un mundo con gobiernos gastando más de lo que pueden sostener.
Su comparación es contundente: incluso si los proyectos de inversión en IA salieran mal, las grandes tecnológicas pasarían de 0,5x deuda/Ebitda a 1,2x, cifras que —en su opinión— no tienen nada que ver con la dinámica de burbuja inmobiliaria o soberana.

Warsh y la Fed: inflación 3,8%, crecimiento 2% y un balance incómodo

Con Kevin Warsh estrenándose en la Reserva Federal, Lacalle rechaza el relato de recesión inminente: “la economía estadounidense está creciendo al 2%”, con empleo privado e inversión directa mejorando productividad. Y coloca la inflación en el centro: Warsh hereda un 3,8% que, en su tesis, no nace del petróleo sino del exceso gubernamental financiado por expansión monetaria.
Aquí su receta es doble y polémica: bajar tipos —porque el coste lo pagan familias y pymes mientras el Estado lo traslada— y acelerar la reducción del balance para retirar bonos del libro de la Fed. “No se pueden tomar decisiones por un shock geopolítico transitorio… hay que mirar subyacente y agregados monetarios”, insiste, atacando la idea de gobernar la economía con titulares.

Dow en máximos: el “colchón energético” que cambia la partida

En este tablero, el Dow Jones en récord funciona como síntoma, no como garantía. Lacalle describe a EE UU como “colchón global” ante el riesgo geopolítico porque se ha convertido en superpotencia energética: produce, exporta y actúa como antídoto frente al chantaje del estrecho de Ormuz. Ese factor explica por qué Wall Street puede digerir shocks que Europa paga antes en inflación y en balanza exterior.
Pero la consecuencia es clara: si la Fed sostiene una política que castiga crédito y pymes, el mercado puede seguir en máximos… mientras se agrieta el tejido productivo. El optimismo de índices, además, convive con un mensaje incómodo: la guerra y los bancos centrales están revalorizando el precio del dinero, y esa revalorización termina llegando a hipotecas, capex y consumo.

Estanflación, no: el freno es político y la tecnología desinfla

Ante la palabra maldita, Lacalle es tajante: no ve estanflación. Argumenta que ese fenómeno se da en economías cerradas y que hoy existe un factor “maravillosamente desinflacionista”: la tecnología. En su lectura, el riesgo real es otro: crecimiento pobre por economías dopadas de gasto público que penalizan al sector privado.
Su comparación histórica es demoledora: si las materias primas fueran la causa dominante de la inflación, tras la normalización de cadenas y la corrección de commodities deberíamos haber visto deflación. Pero la inflación persistió, lo que refuerza su tesis monetaria. La advertencia, en clave de mercado, es evidente: el inversor que solo mira energía puede perderse el motor silencioso del problema.

Alemania, el mayor enfermo: 600.000 millones sin multiplicador

Europa, dice, tiene un epicentro de debilidad: Alemania. El propio Gobierno habría recortado a la mitad su previsión de crecimiento —medio punto— pese a un plan de gasto de más de 600.000 millones. Lacalle niega el “multiplicador” del estímulo y acusa a la política de haber hundido el motor industrial: cero neto, cierre nuclear y una regulación destructiva que empuja deslocalización o cierre.
Remata con una imagen feroz: el “milagro alemán” descansaba en energía barata rusa y potencia industrial; lo que lo rompe no es la gestión empresarial, sino “la decisión consciente” de entregar el futuro del automóvil a China. En un coche eléctrico —“un teléfono con ruedas”— Europa compite peor en costes y cadena de suministro. El contraste con EE UU vuelve a ser demoledor: allí la energía amortigua; aquí la regulación multiplica el daño.