Darbinyan alerta a Wall Street: "Irán tiene un poderío militar que EEUU no puede parar y Trump lo sabe perfectamente"
Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para provocar una crisis global. Le basta con prolongar el conflicto, desgastar sus defensas y mantener bajo presión el estrecho de Ormuz, por donde circula aproximadamente el 20% del petróleo y el gas comercializados internacionalmente.
Ese es el núcleo de la advertencia lanzada por Mikael Darbinyan en Negocios TV: «Irán tiene un poderío militar que EEUU no puede parar y Trump lo sabe perfectamente».
La afirmación no describe una superioridad convencional iraní. Señala algo más inquietante: la capacidad de Teherán para imponer costes militares, económicos y políticos que Washington difícilmente puede asumir durante meses.
Irán ha construido durante décadas una estrategia basada en misiles balísticos, drones, lanchas rápidas, minas navales y fuerzas aliadas repartidas por Oriente Medio. Su objetivo no es competir avión por avión con Estados Unidos, sino saturar simultáneamente sus sistemas defensivos.
Una oleada suficientemente numerosa obliga a utilizar interceptores Patriot o THAAD cuyo precio y ritmo de producción son muy superiores a los del armamento atacante. El resultado es una ecuación de desgaste: incluso cuando Washington derriba la mayoría de los proyectiles, Teherán puede considerar que ha logrado su propósito si reduce las reservas estadounidenses y mantiene amenazadas sus bases.
Fuentes citadas por The Wall Street Journal estiman que Estados Unidos habría empleado más de 1.500 interceptores Patriot, dejando menos de 1.000 unidades disponibles. Son cálculos externos, no cifras oficiales, pero explican la cautela de la Casa Blanca.
El límite de los arsenales
El problema estadounidense no es la ausencia de potencia de fuego. Es su sostenibilidad. Un análisis del CSIS concluyó que Washington conserva munición suficiente para afrontar escenarios plausibles contra Irán, aunque reconstruir determinados inventarios podría requerir años.
Durante los 39 días analizados tras la anterior campaña, las fuerzas estadounidenses atacaron más de 12.000 objetivos, reduciendo las existencias de Tomahawk, THAAD y Patriot. La consecuencia es clara: cada misil empleado en Oriente Medio deja de estar disponible para disuadir a China en el Pacífico o responder a otra crisis internacional.
Este hecho revela el dilema de Trump. Puede ampliar los ataques, pero una guerra prolongada obligaría a escoger entre proteger las bases del Golfo, sostener a Israel y preservar reservas estratégicas para otros escenarios.
Washington busca una salida
La suspensión temporal de los bombardeos estadounidenses confirma que la Administración Trump está midiendo cuidadosamente el coste de una escalada. El jefe del Mando Central, Brad Cooper, recomendó detener los ataques sobre el entorno de Ormuz al considerar que su eficacia estaba disminuyendo, mientras altos mandos advertían sobre la disponibilidad de interceptores.
Washington llegó a estudiar una campaña aérea de entre 10 y 14 días, pero la ausencia de una estrategia clara para el día después continúa siendo el principal riesgo. Destruir instalaciones militares es relativamente sencillo. Impedir que Irán reconstruya su capacidad, controlar una eventual fragmentación interna y garantizar la navegación comercial resulta mucho más complejo.
Lo más grave es que una ofensiva sin desenlace político podría fortalecer a los sectores más duros del régimen iraní.
El petróleo amenaza a Wall Street
El verdadero campo de batalla puede estar en las pantallas financieras. Un bloqueo prolongado de Ormuz reduciría la oferta disponible, elevaría los costes de transporte y dispararía las primas de los seguros marítimos.
El escenario de un barril en 130 dólares, planteado por los analistas de Negocios TV, tendría consecuencias inmediatas: más inflación, presión sobre los tipos de interés, menor consumo y caída de los márgenes empresariales. Las aerolíneas, la industria química, el transporte y las compañías intensivas en energía serían las primeras perjudicadas.
Wall Street afrontaría así una combinación especialmente tóxica. Las petroleras podrían beneficiarse inicialmente, pero el conjunto del mercado sufriría ante el temor de que la Reserva Federal retrasase cualquier relajación monetaria. Una guerra limitada militarmente puede convertirse en una recesión sin fronteras.
La incógnita Netanyahu
La coordinación entre Donald Trump y Benjamin Netanyahu será determinante. Ambos gobiernos estudian una nueva reunión en Washington, aunque no existe todavía una cita oficialmente cerrada. El primer ministro israelí pretende mantener la presión sobre los programas nuclear y balístico iraníes, mientras la Casa Blanca busca una salida que permita reabrir Ormuz sin proyectar debilidad.
El contraste de intereses resulta evidente. Israel considera que dispone de una oportunidad para reducir durante años las capacidades de Teherán. Estados Unidos, en cambio, debe calcular el impacto global de cada operación.
Trump sabe que una victoria táctica puede convertirse en una derrota política si el combustible se encarece, la inflación repunta y las bolsas comienzan a descontar una crisis duradera.
La autorización estadounidense de un acuerdo nuclear civil de 30 años con Arabia Saudí añade una última capa de incertidumbre. El pacto podría permitir al reino enriquecer uranio en el futuro y no incorpora, según las informaciones disponibles, todas las garantías reforzadas reclamadas por los expertos en no proliferación.
El mensaje para la región es contradictorio: Washington intenta limitar las capacidades iraníes mientras abre una puerta tecnológica a Riad. Turquía, Egipto y Emiratos Árabes Unidos observarán cada concesión. Irán no necesita conquistar territorio estadounidense ni ganar una guerra convencional. Puede golpear infraestructuras, tensionar Ormuz, consumir interceptores y trasladar el coste al petróleo. Esa capacidad para convertir el desgaste militar en inestabilidad financiera explica la prudencia de Trump y la alarma creciente en Wall Street.